6 de noviembre de 2026 - 11:38

Lucrecia Martel en Mendoza: otra lectura sobre el paso de una santa

El columnista brinda una mirada crítica sobre la charla que dio la cineasta en el FLAT, poniendo el acento en que a veces se pierden oportunidades como esta para reflexiones originales y todo queda en el esnobismo cuasi devocional.

En el santuario Mendoza, ubicado en San Juan 1427, se celebró hace pocos días lo que se denomina técnicamente una entronización. Los fieles se agolparon frente al lugar mucho antes de que comenzara el asunto y si bien ninguno se caracterizaba por ser lerdo o perezoso, decenas, tal vez cientos, quedaron fuera del recinto por algo tan obvio que se denomina cupo limitado.

Casi todos los devotos eran jóvenes, posibles integrantes del colectivo al que el Papa (anterior, no actual) alentó a hacer lío. Colmadas las butacas del templo, hizo su aparición un peculiar orador, presuntamente el anfitrión/presentador. Ataviado con un ropaje negro y cómodo, mascando vaya a saber uno qué y sin dejar de manosearse la nariz, animó a los concurrentes tirando data variada y volviendo, una y otra vez, hacia el nombre de ¡¡¡Lucrecia!!!, ante el que todos estallaban de un modo divinamente orgiástico.

Tras un sermón que amenazaba con ser eterno, el man in black cedió la palabra a dos chicas que ensayaron unos pocos datos más, que ya nadie estaba dispuesto a escuchar (y así ocurrió). Toda la fe y la atención estaban concentradas en la llegada de una santa a la que es fácil imaginar minimizando su condición: “¡¡¡Nooooo!!! ¿Santa yo? Nada más lejos…” Aunque nada más cerca para esa legión de chavales y de unos pocos pergaminos vueltos chavales por el simple roce con los primeros durante la transitoria experiencia.

Llegó el momento y para todos fue como estar en el cielo, literal y lógicamente. Tenerla ahí, a santa Lucrecia, tan santa como su niña, para que nos tire tips de… bueno, de algo, es más que lo que se puede pedir. Aunque es cierto que no llovió maná. Tampoco era conveniente entrar en disputa con el Niño. De allí que tal vez ella optó por pronunciar generalidades, apuntes sociales, una que otra ironía política; frases comprometidas contra el capitalismo, el empacho tecnológico y los sinvergüenzas de siempre; anécdotas domésticas y picardías de santa. Porque todos sabemos que no hay que hacerle el caldo gordo a Netflix, pero tampoco morder esas manos de plataforma que bien pueden posicionar tu plúmbeo documental.

Lucrecia Martel en un momento de su charla en el Teatro Mendoza para el FLAT (Festival Latinoamericano de Arte y Tecnología).

Lucrecia Martel en un momento de su charla en el Teatro Mendoza para el FLAT (Festival Latinoamericano de Arte y Tecnología).

Es lindo escucharla porque habla fácil y lo hace como una amiga. Del interior, modo campechano. Es difícil estar en desacuerdo, tiene el sentido común afilado. Quizás por los mismos motivos es fácil acordar con sus intrigantes ficciones (son misteriosas, pero a la mano). De charla, ella apela a argumentos sencillos, a lo cotidiano. Nos hace sentir cerca. Minimiza las “cosas importantes”. No va con la pompa y circunstancia que tanto le gustan a Elgar. Es (o parece, tampoco hay que jugarse tanto) más como de entrecasa. Más metida para adentro, aunque a la hora de aconsejar a los jóvenes fue taxativa: “¡¡¡A callejear!!!”, les mandó más de una vez. Qué tanto celular, era el subtexto. Vayan y vean, que así se hace un cineasta. Y —no lo dijo en esta ocasión, pero se supo y viene al caso— opina que con seis meses de formación universitaria alcanza para hacerse el Kubrick. Lo demás es baldosa, tierra, baldosa, tierra. Patear. Favio y Tarantino irían más allá. Dirían que esos seis meses también sobran, lo que probaría que a veces los extremos sí son buenos.

El tema es que cuando la santa arribó al escenario, hubo gente que no lo podía creer. Sin exagerar, su aparición fue para muchos una revelación, devenida segundos después epifanía (que es prácticamente lo mismo, pero para una clase más culta). Los/as más osados/as no reprimieron un "¡¡¡te amo!!!" o un "¡¡¡sos lo más!!!". Algunas/os pudieron hacerle preguntas, henchidos/as de emoción y orgullo, mientras otros doscientos, furiosos de envidia, minimizaban la valía del interrogante. Es normal, sucede en los mejores colectivos.

Su llegada se produjo escoltada de una filósofa. Tal vez, algún curador ecuménico pensó que una periodista mujer hubiese hecho preguntas demasiado ramplonas. Pensó que hacía falta estar a la altura de semejante librepensadora y que sería bueno una buena dosis de intelectualidad. Cosa que el tiempo demostró que era absolutamente innecesaria, salvo… salvo para sostener a toda la situación bajo el control de un discurso políticamente correcto y previsible: el que todos querían escuchar. Ser fiel, en este tipo de ceremonias, se trata de eso. De no salirse del cauce, tanto como orador, como entrevistador y hasta en calidad de oyente. Así que se entiende el evitar a la periodista de posibles preguntas ramplonas. Era un riesgo. Podría haberse salido del cauce (y de su ramplonería) y haber preguntado algo inconveniente. Mejor alguien del palo.

Lucrecia jugó con su bastón, seleccionó ideas de su cuaderno, metió varios chistes, aunque en cuestiones de cine abundó poco y nada. Que navegando en su barquito leyó Zama y quedó impresionada, que nunca pensó que iba a ser cineasta, que… cositas amenas para pasarla bien, qué tanto. Si en definitiva de eso se trata este tipo de rituales. De compartir un momento agradable, santo. Hasta puro.

Sí, cómo no, se refirió a ser inclusivo, tolerante. Instó a escuchar al otro, aunque éste tenga sus propias ideas, esas con las que no acordamos. Como las de Ariana Harwicz, por ejemplo. Ah, quizás esas no. Bueno. No todo ejemplo es atinado. Lo cierto es que importa tener empatía. Con empatía, toda ceremonia llega a buen puerto. Las entronizaciones también.

El ritual deslumbró. Eso es lo positivo. Nadie se fue insatisfecho, todos llenos de gracia. Pensar que gran parte del periodismo vernáculo no entendió de qué iba esto y ensayó textos al estilo: “La prestigiosa cineasta Lucrecia Martel pasó por Mendoza en el marco del FLAT y ofreció una concurrida charla en el Teatro Mendoza”. Gente sin fe, sin lugar a dudas.

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