José Joaquín Rivadavia, el hijo de Bernardino que combatió para unitarios y federales

La vida de José Joaquín Rivadavia estuvo marcada por el paso de soldado unitario a defensor del federalismo de Rosas.

Heredero de una de las familias más influyentes del Río de la Plata, José Joaquín Rivadavia nació en Buenos Aires el 31 de agosto de 1810 y fue bautizado al día siguiente en la Basílica de Nuestra Señora de la Merced. Sus padrinos fueron sus abuelos, Benito González Rivadavia y Rafaela Vera del Pino.

Por línea materna llevaba una marca de peso histórico: era nieto de Joaquín del Pino, último virrey del Río de la Plata antes de la Revolución de Mayo.

Su padre, Bernardino Rivadavia, fue el primer presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, un hombre culto y ambicioso que intentó modernizar la joven nación con reformas ilustradas: fomentó la educación, impulsó el crédito público, apoyó la creación de instituciones científicas y artísticas, pero también enfrentó resistencias que lo llevaron al exilio. Ese legado contradictorio marcaría también la vida de su hijo.

Desde niño, José Joaquín recibió una esmerada formación. Acompañó a su padre en su misión diplomática en Europa, donde completó estudios en colegios de España y Francia. Allí conoció el refinamiento cultural del Viejo Mundo, antes de regresar a Buenos Aires en 1825, justo cuando Bernardino asumía la presidencia. Pero al año siguiente, cuando el mandatario renunció y partió al destierro, su hijo decidió quedarse.

Las primeras luchas de José Joaquín Rivadavia

En 1829 se alistó como voluntario en la caballería del general Juan Lavalle. Peleó en duros combates contra las fuerzas federales, donde resultó herido, y al caer el gobierno unitario debió emigrar a Montevideo. Desde entonces, su vida se convirtió en una sucesión de exilios, estancias en la Banda Oriental y campañas militares.

Fue parte de la Legión Libertadora en 1839, luchó en Yeruá, Don Cristóbal, Sauce Grande y Quebracho Herrado, donde se forjó como soldado. También fue uno de los valientes que acompañó los restos de Lavalle hasta Potosí, cumpliendo la dolorosa misión de escoltar el cuerpo de su jefe para que no cayera en manos de Juan Manuel de Rosas. Gravemente herido en una mano y sin recursos, atravesó a pie el Mato Grosso hasta llegar a Brasil, una muestra de resistencia física y coraje que parecía sacada de una epopeya.

En Montevideo defendió la ciudad del sitio de Manuel Oribe en 1843, y luego marchó con el general Paz a la campaña de Corrientes en 1846. Estuvo también en la expedición a Santa Fe, en la que se tomó la ciudad y se libró el combate de Mal Abrigo.

El giro hacia el federalismo

De regreso en Buenos Aires en 1848, su vida cambió de rumbo. Al año siguiente se casó con Melchora Ximeno, hija del coronel Pedro Ximeno, y se incorporó al ejército de Rosas tras el pronunciamiento de Urquiza. Para los liberales, ese viraje fue una traición; para otros, la consecuencia lógica de tantos fracasos unitarios. En 1849 llegó incluso a escribirle a Rosas una carta en la que renegaba de su pasado y elogiaba al “Restaurador”.

Tras Caseros, se sumó a la revolución del 11 de septiembre de 1852 en defensa de Buenos Aires, fue encarcelado en 1854 y en 1857 pidió reincorporarse al ejército para no quedar al margen cuando se repatriaron los restos de su padre. Obtuvo el grado de sargento mayor y volvió a vestir el uniforme, aunque quedó fuera de servicio tras Cepeda.

La última campaña: Paraguay

Ya maduro, volvió a las armas durante la Guerra de la Triple Alianza. Combatió en Yatay, Uruguayana, Tuyutí, Estero Bellaco y la sangrienta Curupaytí, condecorado por su desempeño. Enfermo, regresó en 1867 y fue dado de baja definitiva en 1880.

El final de un hombre marcado por la historia

Sus últimos años transcurrieron en Buenos Aires, dedicado a su familia y a la educación de su hijo Joaquín, que se graduó de abogado. Murió el 7 de mayo de 1887, a los 76 años, y descansa en el Cementerio de la Recoleta.

Hijo del primer presidente argentino y nieto de un virrey, José Joaquín Rivadavia encarnó las paradojas de su tiempo: combatió como unitario y federal, atravesó exilios y cárceles, escribió cartas de sumisión y mostró gestos de valentía sobrehumana. Su vida, oscilante entre la gloria y la derrota, refleja las contradicciones de una generación que vivió en carne propia la violencia y la pasión de la construcción de la Argentina.

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