8 de abril de 2026 - 11:47

El Zonda como protagonista: Julian Pischetz explora el horror y la metafísica en su nuevo libro

Una narrativa fragmentada que utiliza el paisaje cuyano para desenterrar verdades ocultas, fusionando la tradición regional con tintes de intertextualidad cinematográfica en una experiencia sensorial que desafía los géneros literarios.

La literatura de la región de Cuyo suma una nueva pieza literaria con la llegada de Zonda: Epitafios para la redención, el nuevo libro de Julian Pischetz. A medio camino entre el libro de relatos y la novela experimental, la obra se presenta como un rompecabezas de historias donde la aridez del entorno y el viento seco de la montaña dejan de ser mero decorado para convertirse en el eje motor de la trama.

Pischetz, historiador sanjuanino radicado en Mendoza, construye una atmósfera donde "el aire se vuelve irrespirable". La premisa es tan inquietante como poética: cuando el Zonda baja de la cordillera, arrastra consigo las miserias y secretos que la tierra pretendía sepultar. Con una prosa que remite al horror cósmico y a una profunda precisión metafísica, el autor busca que cada ráfaga de viento funcione como un susurro de un pasado que se niega a desaparecer.

Lo que distingue a esta obra es su arquitectura narrativa. El autor propone un “espejo ensamblado” por fragmentos que juegan con la mente y los sentidos del lector.

Además, los relatos están atravesados por una intertextualidad constante con el cine, la pintura y la música, reflejando el bagaje cultural de Pischetz, quien ha colaborado previamente en medios como la revista Equis y la antología Fisuras de lo real.

El libro invita a un descenso hacia lo inquietante, donde la redención siempre parece esquiva y el lenguaje funciona, a la vez, como herida y refugio.

Para los interesados en explorar esta geografía del espanto y la memoria, la obra ya se encuentra disponible en la plataforma Amazon, tanto en papel como en formato digital.

Uno de los relatos del libro Zonda: epitafios para la redención

Fantasma

Por Julián Pischetz

En un remoto lugar de Lavalle vivían un padre y su hija. Él se llamaba Pedro Aballay, hombre de carácter aparentemente apacible, con la mirada siempre perdida en una inmensidad que parecía a punto de aplastarle el pecho. Mientras su hija pasaba todas las mañanas moliendo el maíz y amasando, y en las tardes se perdía en la inmensidad de la nada para mendigarle al reseco salitre por unas lágrimas dulces, Pedro cavilaba eternamente, sumergido en algún lugar inextricable, con la mirada perdida.

—¿Por qué esa mujer? —murmuraba a veces—. Tendría que haber hecho un pozo y terminar con su miserable existencia antes del primer sollozo. Esas luces resecaron mi sesera demasiado pronto. El perfume fue mi perdición, el perfume y esos números que no puedo sacar de mi maldita cabeza.

A las diez de la noche, cuando María volvió a la tapera, Pedro estaba, como siempre, en el mismo sitio. Desde el primer instante algo le había llamado la atención, pero no reparó en ello y continuó realizando sus labores rutinarias: doce años estrangulando una gallina, pelándola, cociéndola con un poco de maíz, mientras se sacaba los mocos resecos y, de uno en uno, los hacía una bolita para matar el tiempo. Algo era diferente. Alzó la mirada y percibió que la mecedora ya no se movía. Se acercó lentamente, tocó a su padre en el pecho con el cabo de la cuchara de madera; la cabeza de Pedro cayó mansamente sobre su hombro. Las moscas se espantaron por un momento hasta que reconocieron que no existía peligro, y volvieron a asentarse en la comisura rasgada de los labios. Intentó apartarlas, pero las asquerosas, muy testarudas, se resistieron.

Algo había cambiado para siempre.

Al despertarse, antes de que saliese el sol y comenzase a corroer los segundos con su lacerante inquina, María inició la misma rutina de todas las mañanas. Hoy pensaba recorrer el camino del algarrobo en busca de agua, y si tenía suerte, tal vez encontrase una rana o una lagartija. Su padre la esperaría, como siempre, sentado en su vieja reposera; tal vez hoy quisiese comer. Hacía varios días que no probaba alimento y que no le dirigía, ni siquiera, una mirada de reproche.

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