21 de septiembre de 2026 - 20:26

Despedida a un amigo entrañable

Pupi Agüero, gestora cultural y amiga de Carlos Alonso, traza un emotivo e íntimo perfil del pintor, a quien conoció y visitó muchas veces.

Gestora cultural

Hoy amanecimos con la triste noticia del fallecimiento del maestro Carlos Alonso. Despedirlo no es solo despedir a quien fuera un referente enorme de las artes visuales a nivel nacional, para quienes tuvimos el enorme privilegio de habitar sus silencios, de compartir largas tardes de café y conversaciones profundas, es también perder un faro ético y estético indispensable.

Carlos no pintaba para “decorar” el mundo; pintaba para transformarlo, para denunciarlo, para intentar sanarlo. Su pincel era un bisturí capaz de calar hondo en la condición humana, en los dolores más desgarradores de nuestra historia colectiva y en las bellezas más sutiles de la cotidianidad. Conocerlo de cerca era entender que esa misma fuerza arrolladora que estallaba en sus cuadros convivía con una sensibilidad desbordante y una mirada limpia que nunca dejó de conmoverse ante la injusticia y la crueldad. Pagó con el exilio y con el dolor más desgarrador de su vida el precio de su coherencia, pero jamás negoció su verdad ni apagó su indignación creadora ante el sufrimiento del prójimo.

En lo personal, tengo que agradecer que me honrara con su amistad. Nuestra complicidad se alimentaba de rituales sencillos. Cuando yo lo visitaba en su taller de Unquillo, nunca faltaban el recuerdo de sus queridos amigos, Armando Tejada Gómez, Mariano Pagés, Hugo Acevedo, Juan Scalco, Dardo Cúneo y, en particular, Fernando Lorenzo. Y cuando él venía a Mendoza visitábamos su querido Tunuyán o hacíamos una escapada a la inmensidad de la montaña cargando el libro Piedra infinita, de Jorge Enrique Ramponi. Allí, leía en voz alta esos párrafos del poema que siempre lograban conmoverlo hasta las lágrimas. Eran momentos en los que el paisaje, la poesía y la memoria parecían confundirse, como si esas palabras hubieran encontrado en la montaña el lugar exacto donde debían ser pronunciadas.

Durante años, la distancia se acortaba en llamadas telefónicas casi cotidianas en las que manteníamos la cercanía. Hasta sus últimos días se mantuvo aferrado a los pinceles; su hijo Pablo captaba esos momentos en videos que me enviaba con ternura para hacerme parte de su día a día. Saberlo todavía frente a una tela, sosteniendo el pincel, era una manera de sentir que esa voluntad creadora que lo acompañó durante toda su vida seguía intacta, incluso cuando el cuerpo comenzaba a imponer sus propios límites.

En una de nuestras últimas charlas sobre Mendoza, con mezcla de nostalgia y orgullo, traía a la memoria el recuerdo de que siendo muy joven había tenido que dejar Mendoza, convocado por el maestro Spilimbergo para trabajar juntos en Tucumán. Pero también manifestaba su alegría por haber regresado a su provincia, más de 40 años después, convocado en 1991, para exponer en el Museo Emiliano Guiñazú, Casa de Fader. O cuando aceptó que el museo que funcionaría en la Mansión Stoppel llevara su nombre.

Se va un amigo entrañable, alguien que nos enseñó a mirar más allá de lo evidente, el que transformaba el horror en memoria viva y el amor en una línea eterna. Se va también una voz que, desde la pintura, supo interpelar a varias generaciones sin necesidad de concesiones ni de artificios. Nos queda su obra monumental, ese territorio de imágenes al que volveremos una y otra vez para encontrar aquello que solo él supo decir de esa manera. Hasta siempre, querido maestro. Tu trazo ya es inmortal.

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