En el marco de la convocatoria de Los Andes a artistas de la provincia y Cuyo, compartimos dos relatos compartidos por la escritora Juliana Ledesma.
En estos dos cuentos, la escritora, mendocina por adopción, construye historias en las que el terror irrumpe para quebrar la aparente normalidad de lo cotidiano.
En el marco de la convocatoria de Los Andes a artistas de la provincia y Cuyo, compartimos dos relatos compartidos por la escritora Juliana Ledesma.
Sería el aburrimiento, sería ese poco de amargura cuando salía de la aseguradora que me llevaba a creer que sentía un llamado cada vez que pasaba por la vereda del restaurant del delfín.
Estuve un tiempo mirándolo desde afuera, sin atreverme a entrar, poca gente lo hacía. Por fin conseguí que me acompañara una amiga. Nos acomodamos cerca de la pared del fondo, donde el enorme mural del delfín da la bienvenida a los comensales.
La chica que nos atendió, atenta y cálida, nos dejó la carta con comidas caseras y precios accesibles. Hasta los manteles a cuadros colaboraban con un ambiente familiar. El otro mozo era un muchacho, también simpático. No había más personal a la vista.
En algún momento volví a mirar al delfín; algo me quería decir ese brillo extraño en los ojos. Algo quería que viera; me pareció que era el rojo difuso que lo rodeaba.
Observé que después de atendernos, la moza pasaba al lado del muchacho diciéndole algo; él se dio vuelta para mirarnos.
—¿No te parece raro que todo quiera hacernos creer que es un ambiente ideal para relajarnos? —le pregunté a mi amiga—. Lo que buscan es que bajemos las defensas.
Ella me miró con asombro y se rio a las carcajadas.
—¿Te sentís perseguida o estás viendo fantasmas?
Después miró el entorno y se puso seria, una sombra pasó por su cara y aferró el cuchillo que estaba a su derecha.
La moza se acercó: —¿Todo bien?—. Seguro había sospechado algo, porque ahora su mirada era oscura y fría. Y fue a hablarle al mozo, su cómplice.
Una pareja ya se retiraba, quedaba poca gente. El delfín me dirigió su mirada perversa. Sin darnos cuenta, la conversación generalmente boba con mi amiga adquirió tonos insólitos.
—¿Vos pensás que hay que ponerse en lugar de la víctima? Una mente lúcida no se deja molestar por razonamientos éticos.
—La mano que mata responde a un impulso sagrado. Purifica la mente. Una mente reprimida nunca está limpia.
Me dijo que iba al baño y se llevó el cuchillo en la mano. Miré a la moza y descubrí lo que me estaba molestando. Era joven y vital. Su sangre debía tener el mismo color que rodeaba al delfín; tan roja, tan brillante. En el mural esas manchas serían una belleza. De pronto me urgía la idea de ver correr ese líquido precioso, pero para eso necesitaba otro tipo de cuchillo.
Miré por última vez al delfín y me dirigí a la cocina con una energía desconocida puesta en mi próximo acto. Ya había pasado el mostrador sin que nadie me viera y cruzaba un pasillo vacío y oscuro cuando una mano violenta sujetó mi hombro. De un salto respondí dispuesta a todo. Quedamos frente a frente, acechándonos de cerca. La ferocidad de las miradas liberó la batalla. Mientras girábamos buscando el momento de matar, detrás de esa cara desencajada que gruñía descubrí a mi amiga. Vi que el brillo asesino de sus ojos enflaquecía y depusimos las armas. Absurdas, por otra parte.
—¿Adónde vas? —dijo con voz temblorosa una vez recobrada su apariencia normal.
No supe qué decir porque no entendía la situación, y ella empezó a gritar que hay que salir de aquí.
Fuimos a pagar, yo la empujé hacia donde estaba el muchacho para evitar la extraña sensación que me provocaba la chica.
Nos alejamos lo más rápido posible. En la esquina ella se dio cuenta de que su mano seguía aferrando el cuchillo.
—¿Qué hace esto aquí? ¡No sé por qué me lo traje!
—¡Tiralo! ¡Tiralo rápido!
Lo tiró como si quemara y nos fuimos casi corriendo.
Desde entonces no la volví a ver; dicen que sale poco, de noche, no sé adónde. Yo, en cambio, estoy entusiasmada con mi trabajo. Pasé al sector Siniestros y disfruto los detalles de los accidentes; cuando son fatales hasta me emociono. Haciendo un esfuerzo por guardar la compostura, dejo volar la imaginación. La gente piensa que es vocación de servicio, hasta salí elegida empleada del mes. No saben que ahora tengo otros planes.
Yo lo tenía bien claro. Era una novia del momento. De esas que no le gustaban a mi madre. Para ella la apariencia era lo más importante; el origen, le decía. Pero a mí me gustaba leer en la transparencia de sus ojos oscuros. Todo aparecía.
El día que terminé el romance me estaba mirando con un brillo de alegría, y vi cómo se apagaba. El lugar fue ocupado por sorpresa, incredulidad; y después por otro brillo, húmedo de tristeza. Hasta que los ojos se nublaron me entretuve mirando asomarse a los distintos sentimientos. Después me fui.
Pronto fue suplantada por la novia angelical. Claros los ojos, la piel, el pelo. Es cierto que no tiene muchas curvas ni es tan divertida, pero me hace quedar bien, aunque tenga piernas flacas y hable como niña.
Paso tiempo con ella porque no me discute ni me cansa. Solo extraño no leer nada en sus ojos, me dan la sensación de persianas cerradas pintadas de celeste. Por más que provoque algo, nada aparece en su mirada.
Aunque no sé mucho de ella, esta vez sí se la presenté a mi familia. Fue un buen encuentro. Incluso mi hermana la llevó a la pieza de arriba para mostrarle su guitarra eléctrica y la dejó sola. “Ya viene”, nos dijo con sonrisa divertida, “se entusiasmó con la música”. Se demoraba bastante, seguro sería por eso. Fuimos por el mate y al rato apareció. Se paró en la puerta de la cocina con una risita cortante y aguda. La miramos los tres y nos reímos con ella. De simpatía con la novia angelical.
Mi madre proyectó una comida el fin de semana. Iba a hacer algo rico, decía. Lástima que al otro día se cayó de la escalera. Tuvo que quedar internada. Justo el escalón más alto descubrimos después que estaba suelto, y nunca nos habíamos dado cuenta.
A veces mi novia me acompañaba a la clínica. Un día, a la salida, ocurrió algo curioso. Pasábamos por la plaza y nos quedamos a mirar las placas del monumento. Entre las piedras enormes y las vueltas en un momento desapareció. Miraba a uno y otro lado cuando la vi. Con los codos y las rodillas levantadas, como una araña gigantesca, caía sobre mí. Con mi atención en el colmillo que creía descubrir en su risa y un brillo extraño en los ojos apenas me percaté de otro brillo, que por un momento refulgió en su mano antes de ocultarse.
Alcancé a esquivarla y pude sostener su brazo para aminorar el golpe. Pero ella ya había puesto las manos en los bolsillos y se paraba frente a mí con esa risa de niña, de ruidito agudo y parejo. Raro el chiste; ella no practicaba el humor. Traté de leer en sus ojos, pero ya habían recuperado la lisura celeste. Impenetrables. Solo la risita.
Por varios días no la contacté. Hasta que el otro día, de regreso a casa, mi hermana la recibía y me cuestionó mi falta de cumplimiento. Ella, dijo, solo quería preguntar. Otra vez quise entrar en sus ojos, otra vez me bajaron las persianas.
Le expliqué que mi madre seguía internada y que iba a cuidarla después de trabajar; terminaba cansado. Me dirigió una mirada con una sonrisa, ambas extrañas. Brillaban los ojos, con un brillo metálico. Se fue enseguida y no quiso que la acompañe. “Pobrecita”, me largó mi hermana con cara acusadora.
Ayer salí más temprano de mi trabajo. Faltaban medicamentos y pasé por la farmacia. En la clínica, cuando subía la escalera, noté que había poca gente, sería por la hora. En el pasillo me detuve. Pálida y delgada, con el pelo cayéndole como un manto, mi novia angelical se reía frente a mí. Leve y cortante, la risita.
Entonces por fin pude leer en sus ojos. El espanto me hizo correr a la habitación. Lo primero que vi fue la almohada en el piso; mi madre ya estaba muerta.
Mendocina por adopción, nació en Puerto San Julián, provincia de Santa Cruz, en 1955. Después vivió en Neuquén, Salta, Buenos Aires hasta llegar a Mendoza. Aquí se retiró dando clases en escuelas de montaña . En la actualidad participa del taller de escritura El Punto ciego.