Caminito que el tiempo ha borrado es el último poemario publicado por María Banura Badui de Zogbi (1941), poeta y profesora universitaria, especializada en literatura española del Siglo de Oro y también en literatura argentina, de destacada trayectoria en los diversos ámbitos en los que desarrolló su actividad.
En los años 60, mientras cursaba sus estudios universitarios, fue de los fundadores y animadores del grupo literario ICTHIOS, agrupación reconocida principalmente durante las décadas de 1970 y 1980 por su labor de promoción de la poesía y la literatura local. El grupo organizaba concursos literarios y otorgaba premios, y fueron destacados los certámenes de Poemas Ilustrados y el Premio Nacional Vendimia. El grupo tuvo gran relevancia cultural en su momento, ya que fue un espacio de reunión y difusión para artistas y poetas mendocinos.
En ese marco, María Banura desarrolló una labor creativa que comprende los siguientes títulos: Cántico (1968, poesía); Mendoza, invitación al asombro (1996); La paz y la simiente (1996) y Caminito que el tiempo ha borrado (2021). Trabajos suyos figuran además en Antología Poética I de Oscar Abel Ligaluppi (La Plata, 1981); en Prosa y verso 1983, SADE Mendoza. Ha publicado además artículos, notas y reseñas en distintas publicaciones académicas. Es autora de libretos vendimiales. En 1993 obtuvo el Primer Premio en poesía del Concurso Vendimia de la Región Cuyana, y el Primer Premio en el Concurso del FNA, el mismo año.
El escenario es la niñez
En su último libro, la poeta retorna al escenario entrañable de su niñez y emprende la escritura como un modo de dejar testimonio, como lo manifiesta en la introducción: "Después de ver nacer a mis diez nietos, y de comenzar a comprender la distancia abismal que separaría su modo de estar en el mundo de los días en que transcurrió mi infancia, me dispuse a escribir (…)" (2021, p. 3). A continuación, apunta: "Nací en Palmira, por esos años un pueblo atravesado por las vías del tren, y destacado provincialmente por su importan ferroviaria" (2021, p. 3). Por ello, dice: "Mi pueblo fue de trenes / Las vías presidieron las vidas de las gentes" (2021, p. 9). Esta postal de una Mendoza ya prácticamente desaparecida, de "álamos, plátanos, paraísos / [que] bordeaban las acequias rumorosas" (2021, p. 11) permite instalar en todo el volumen el tradicional motivo del fugit irreparabile tempus, el viaje sin retorno en que todos —los hombres y las cosas— estamos irremediablemente embarcados.
Van desfilando así por el poemario múltiples presencias queridas y añoradas: en primer lugar, el hogar familiar, al que "cercaban los jazmines" (2021, p. 15), con su "patio de las macetas" (2021, p. 19) y su parral cuya sombra "era un encaje fino / ribeteado de soles / en la hora de la siesta" (2021, p. 21); los diversos tiempos que iban punteando una existencia sencilla y feliz: la siesta, los domingos de misa, las noches serenas y los juegos en las calles, momentos todos vividos junto con los hermanos, "tres abrazos sumados" (2021, p. 17); la familia "grande", integrada por tíos y primos; los vecinos, "gente sincera, trabajadora, honesta. / Humildes habitantes de la calma de un pueblo / que gozó todavía del sol de las veredas" (2021, p. 49). Y, por supuesto, la madre que "se recorta en perfiles / en todos los relatos / que evocan nuestra infancia" (2021, p. 16).
El tono sencillo de estos poemas refuerza su sugerencia de ingenuidad infantil, acorde a los temas tratados, gracias a los dibujos que ilustran los poemas, obra de los pequeños nietos de la autora.