Espías, aventureros, Guerra Fría y una maraña de intereses oscuros conectan en la imaginación apenas se menciona la península de Crimea, en el mar Negro. Pero no vaya a creerse que se trata de puras fantasías.
Ahí hay hoy un caos de destino imprevisible con aquellos complementos e inducido por Rusia como reacción a la crisis que arrasó con el gobierno de su aliado ucraniano Victor Yanukovich. La caída de ese régimen corrupto y autoritario tuvo mucho de épica.
Fue una victoria menos de la oposición política que se apropió del resultado que de la gente que enfrentó con palos a las balas durante tres meses. Para Moscú implicó la consumación frente a sus narices del precedente de que un pueblo hastiado puede producir esas mutaciones.
Y, especialmente, significó un golpe terminal al proyecto expansivo que modela el presidente Vladimir Putin. Hace más de tres lustros, Zbigniew Brzezinski escribió, en su célebre The Grand Chessboard, que sin Ucrania cualquier intento de Moscú de reconstruir su influencia en los territorios de la ex URSS estaba destinado al fracaso. Esa observación contiene la idea de que si se pretende limitar a la nueva versión capitalista arrolladora del oso ruso, el factor ucraniano es la llave.
Este litigio con visos del antiguo cruce Este-Oeste se desarrolla sobre un arenero cruzado por un tejido colosal de gasoductos multimillonarios que son clave para que Europa no se congele. En Crimea, que es una región pro rusa ucraniana autónoma, Moscú tiene la base de su flota de guerra en Sebastopol con más de 13.000 soldados acantonados.
Es posible, aunque no totalmente probable, que frente a lo sucedido Moscú intente crear allí una república independiente asociada como hizo con los territorios georgianos de Osetia del Sur y Abjasia, que arrebató en la breve guerra de agosto de 2008. Por eso hay temor de que el enorme despliegue militar del Kremlin en la frontera ucraniana derive en una invasión que en cuotas menores ya se está verificando en Crimea.
Para muchos analistas, el baño de realismo que generó Ucrania convirtió en papel mojado el mito de una Rusia poderosa con derecho a incidir en las políticas globales. La noción de un liderazgo creciente de Moscú de la mano de Putin se alimentó, en verdad, de las enormes ganancias que produjo el alza incesante del precio del gas y el petróleo desde fines de los 90. Esos rubros explican el 75% de las exportaciones totales de Rusia.
Sin embargo, el tamaño real en términos económicos, y luego políticos del país se advierte mejor al observar otros indicadores como el intercambio comercial que mantiene con EEUU, que alcanza a sólo US$ 28 mil millones, o con China, que no llega a los 90 mil millones. Si se quiere saber por dónde andan los verdaderos jugadores, Washington y Pekín, comparaba hace poco The Economist, comercian nada menos que 555 mil millones de dólares.
La pelea por Ucrania forma parte de una agenda que disfrutarían los amantes de las tramas de aventuras. Es estratégica porque esta ahí la puerta hacia Europa y el puente para el transporte de la energía. Rusia es el mayor proveedor de gas del continente y su capacidad de producción del fluido es de tamaño tal que complica cualquier alternativa que busque matar esa dependencia.
Justo por debajo de la península de Crimea, en la plataforma submarina territorial de Ucrania en el mar Negro, pasa el gasoducto South Stream, que comenzará a operar el año próximo.
Esta joya del ambicioso programa de la estatal rusa Gazprom, asociada entre otras con la Eni italiana, tiene una capacidad final de transporte hacia el centro de Europa de 63 mil millones de metros cúbicos al año.
Sólo adviértase que el gasoducto transadriático TAP, el "cordón sur" que nace en Turquía y pasa por Grecia, Albania y el lecho del mar Adriático también hasta Italia, competencia de la tubería rusa, tendrá capacidad de 10 mil millones de metros cúbicos en su etapa inicial a partir de 2018. Más adelante podrá duplicar ese volumen, pero a un costo dos veces superior al del South Stream.
La situación actual de Ucrania, que en mayo votará seguramente un gobierno pro occidental, debe leerse a la luz de este escenario. De ahí la visible incomodidad de Putin. Como entreveía Brzezinski, el cambio de poder en Kiev quitó espesor al ambicioso proyecto de una Unión Euroasiática bajo mando moscovita armada con las piezas sueltas de la URSS desaparecida.
Este giro se produce, además, después del fracaso de diversos intentos fallidos para disminuir la dependencia europea de la energía rusa. La alternativa de Irán, con importantes reservas de gas, está excluida por las sanciones aún vigentes contra ese país. Los guiños entre Teherán y Washington por encima del diferendo nuclear, también tienen este prisma en el trasfondo pero es un sendero muy extenso que recién comienza.
Turkmenistán, junto al mar Caspio donde nacía el archivado proyecto del gasoducto occidental Nabucco, experimenta una situación muy compleja. Azerbaiján, en fin, que tiene gas y es un aliado carnal de Turquía, no cuenta con suficiente fluido para garantizar una alta demanda. De modo que sólo queda Rusia. Se entiende entonces el enorme interés occidental en la crisis ucraniana, que fue cualquier cosa menos únicamente una cuestión doméstica.
Pero sería un error suponer que ese conflicto ha terminado. Hay un punto poco recorrido por los analistas. En Ucrania triunfó una rebelión popular. Los dirigentes pro europeos, como la ex premier Julia Timoshenko, sacada de la cárcel por las nuevas autoridades y que se puso al frente de la protesta para postularse a la presidencia, posiblemente descubran más temprano de lo que suponen que ese ímpetu victorioso será un muro también para ellos.
Este liderazgo conservador avanza a una unión con Europa al costo de un severo ajuste que se negocia con el FMI, que incluirá alzas de tarifas y recortes de beneficios sociales en un país que fue saqueado. Gran parte de quienes se muestran ahora en la otra vereda del cambio son el medio centenar de magnates cuya fortuna sumada equivale a dos tercios del PBI nacional.
Según datos colectados por Alemania, el valor de la hora de trabajo en Ucrania es hoy menor aún que en China y 14 veces más bajo que lo que cobran los propios alemanes. Es por lo menos aventurado suponer que la gente que no admitió la bota rusa y tiró por la ventana a una administración corrupta y autoritaria, aceptará ahora condiciones de capitulación como las que pretenden presentarles como inevitables.
