En la última campaña de ajo en la región de Cuyo recrudeció un problema que afecta exclusivamente a los ajos asiáticos, mal llamados “chinos” (morados y blancos muy tempranos).
En la última campaña de ajo en la región de Cuyo recrudeció un problema que afecta exclusivamente a los ajos asiáticos, mal llamados “chinos” (morados y blancos muy tempranos).
Localmente comenzó a llamárselo “acualina”, empleando el mismo nombre con el que comúnmente se denomina en España a un trastorno semejante, que también se presenta sólo en ajos asiáticos.
Una denominación más adecuada sería la de “parálisis acuosa”, ya que la evolución del trastorno fisiológico lleva a que el diente afectado tome un aspecto similar al de la “parálisis cerosa” pero con la diferencia que, en este caso, la apariencia es húmeda.
Esta enfermedad, que causa irremediablemente la pérdida de calidad de los bulbos para consumo en fresco, y afecta también la calidad de los ajos asiáticos destinados a semilla en la próxima campaña, se manifiesta por un deficiente “llenado” de los dientes durante el crecimiento del bulbo, principalmente en los de mayor tamaño.
Las lesiones típicas de este problema se observan en la parte superior de los dientes y se manifiestan como “abolladuras” sobre la superficie externa del bulbo. Es común que se presente sólo en uno de los dientes de un bulbo y, en casos más severos, se muestra en dos o más.
Muchas veces aparecen lesiones en los sectores deformados, que luego se muestran asociadas con la proliferación de algún hongo, razón por la cual se tiende a pensar que se trata de un problema patológico (generado por algún microorganismo). Sin embargo, la forma en que se produce esta enfermedad y su creciente incidencia a medida que aumenta el tamaño de los bulbos, dan a entender que no se trata de un patógeno.
Debe destacarse que no depende del sistema de conservación utilizado y que aún en ajos conservados en óptimas condiciones, en cámaras a temperatura y humedad controlada, también puede presentarse esta sintomatología.
No se trata de un problema nuevo. Ya en 1999 el Proyecto Ajo/INTA publicó una nota destacando la aparición de este trastorno en esos ajos, y se ha continuado encontrando, desde entonces, con diferente gravedad entre años y cultivos. No están claros aún los procesos que dan lugar a la aparición de esta enfermedad; su aparición esporádica dificulta su estudio.
Por la deficiente formación de los dientes, el bulbo se “abolla” y adquiere un aspecto desagradable, a lo que pueden agregarse luego focos internos de pudrición que terminan comprometiendo totalmente el producto.
Evidentemente, el trastorno no sólo afecta el tamaño final del diente sino también la integridad de sus tejidos, volviéndolo más susceptible al ataque de patógenos. Cuando los dientes se deshidratan luego de varios meses desde la cosecha, es como si los mismos estuvieran “vacíos” o “a medio llenar”, por lo que en esta etapa también lo llaman “diente hueco”.
No comercializables
Los ajos afectados, aunque externamente disimulen su situación, no deben ser comercializados, ya que aunque las condiciones de conservación sean óptimas, el problema no se resuelve.
Tampoco se pueden destinar a la industria de elaboración de pastas, ya que imprimen a éstas gustos desagradables.
Por otro lado, cada diente afectado será también una semilla menos para plantar, y en un cultivo como el ajo, en el que la cantidad de semillas producidas por cada planta es muy baja, este defecto tendrá sin duda un impacto muy fuerte sobre los costos de producción de la próxima campaña.
El defecto en la formación de los dientes tendría que ver con una incapacidad de la planta para completar el crecimiento de un bulbo que, en un ambiente en particular, le demanda más de lo que ella le puede dar.
Por lo tanto, la mejor recomendación sería intentar restringir el crecimiento del bulbo sin afectar al resto de la planta y esto podría lograrse ajustando algunas pocas prácticas de manejo del cultivo:
1º. Aumentar la densidad de plantación. En cultivos en líneas distanciadas a 50 centímetros entre sí, asegurarse de tener al menos 300.000 plantas por hectárea.
2º. Plantar un poco más tarde. Plantar recién cuando la semilla esté despierta; esto es, cuando el brote interno esté ya cerca de salir por el otro extremo del diente.
3º. Regar cuando comienza el crecimiento del bulbo. Regar con suficiente frecuencia y cantidad de agua a partir de fines de agosto, asegurando que el suelo se halle siempre en capacidad de campo; es decir, que no haya períodos de sequía y anegamiento. Esto puede implicar tener que regar cada 4 ó 5 días según el tipo de suelo.
4º. Evitar cosechas muy tempranas con plantas muy verdes y bulbos inmaduros. Comenzar la cosecha cuando las plantas tengan no más de seis hojas verdes.
Restringir el crecimiento del bulbo no significa hacer que la planta “pase hambre”, por lo que toda práctica que tienda a mantener raíces y hojas sanas y fuertes será también una práctica adecuada.
Estos ajos asiáticos fueron seleccionados en su país de origen para el consumo rápido. Por ello tienen poco tiempo de reposo y mala conservación en condiciones naturales.
Cuando ingresaron a nuestro país lo hicieron de manera clandestina utilizando el viejo recurso del “desvío de uso”, lo que significa que se declararon como ajos para consumo pero se destinaron luego a semilla. Así, al menos una virosis grave y posiblemente también el “pulgón negro del ajo”, hayan ingresado por esa vía, comprometiendo el status sanitario de la Argentina.
Desafortunadamente, el cultivo de este tipo de ajos en Mendoza y San Juan se ha incrementado en los últimos años, impulsado por su gran productividad, precocidad y rusticidad.
No obstante, considerando los riesgos que este tipo de ajos presenta para la producción nacional, debería analizarse la conveniencia de seguir cultivándolos en la región de Cuyo.
En efecto, la “parálisis acuosa” se suma a otras tantas desventajas que el Proyecto Ajo/INTA ha venido señalando desde que estos ajos comenzaran a cultivarse en el país.
(*) Estación Experimental Agropecuaria La Consulta INTA