21 de mayo de 2025 - 00:05

Los tics verbales o soportes lingüísticos

Cuando, metafóricamente hablando, duele la lengua por falta de palabras, se acude a las muletas que no dicen nada, pero ayudan a salir del paso, ya que, a modo de bastón, sostienen nuestros tropezones orales. En general, algunas muletillas comunican la inseguridad del que dialoga; con otras, se subestima al interlocutor y hasta se lo humilla; las menos revelan soberbia y superioridad.

En esta sociedad del a ver, del ¿viste?, del ¿sabés?, del ¿me explico?, del digamos, del casi, del ni, del tal vez, del más vale, del dale y del ponele, las muletillas, latiguillos, coletillas o bordoncillos (‘bastoncitos’) nunca desaparecen de la boca de los hablantes. Son como esos caramelos que nunca terminan de disolverse porque son necesarios para refrescar el un poco y la nada. Se han convertido en un hábito o, como decía don Miguel de Unamuno, en una herejía. Quien usa muletillas padece el síndrome de abstinencia verbal, pues no hay oración que no las contenga en la oralidad y se reiteran hasta el cansancio. Están enquistadas en el discurso. Generalmente, desconciertan porque, detrás de ellas, solo encontramos un hueco, un espacio en blanco que, en la escritura, salvan livianamente los puntos suspensivos, porque la carencia de vocabulario no puede llenarlos. En fin, son un decir sin decir. El silencio es el mejor antídoto, ya que es preferible no hablar a padecer estos tics verbales. En eso reside, la sabiduría del silencio.

Sin querer, armamos este seudopoema irónico mediante la esquelética realidad verbal de algunos niños, jóvenes y adultos. No hay rima posible porque son textos deshilachados, sin vigor, sin convicción, sin argumento; tampoco conforman un poema de verso extremadamente libre, ya que están amarrados a estereotipos y —dicho con ironía— carecen de ritmo:

Hola, ¿todo bien? / A ver… digamos… / Eh… este… tipo… la realidad es que… nada… tipo… / ¿Qué onda? / ¿Qué onda, vos? / ¿Vas a venir, o qué onda? / La verdad que nada… ¿viste?... que nada… la verdad… quiero tener todo prolijo, por las dudas, ¿viste? / ¡Obvio! / Y bueno… que nada… / Más vale… / ¡Qué loco! / ¿Le parece…? / Ciertamente… / No sé si está claro… o sea…, ¿sabés…? / Ponele… / ¿Está bien…? / ¿Me entendés…? / ¿Me comprendés…? / ¿Me explico…? / ¿Me captás? / ¿Sí? / ¿No? / ¿O no? / ¿Verdad? / Tal cual… / Es decir…, esto…, que no sé explicarlo…, esto… que ayudame… / ¿Está? / ¡Genial! / ¿Dale? / ¡Dale! / ¡Épico!

Esta última se usa, a veces, sin signos de exclamación, para no dar una respuesta que puede comprometer. Así lo corrobora el historietista argentino Tute en Tutelandia (La Nación):

-¿Me querés?

-Dale.

Una muletilla de nueva generación es ponele por su uso como tal:

-El estadio está remodelado, ponele (‘supongamos que está’).

- ¿Es eso lo que dicen?

-Ponele…(‘supongamos que es algo semejante’).

-Julia. -Tu hijo, ¿no entiende porque el maestro no le explica bien?

Ignacio. -Ponele.

- ¿Qué le quiso decir Ignacio a Julia con esa respuesta seca, estricta, despojada de compromiso y hasta vaciada de su voseante valor imperativo («ponele vos»)? Según la quinta acepción del Diccionario académico, el verbo poner denota también ‘suponer’. Los significados podrían ser varios: por ejemplo; puede ser; tal vez, sea eso; suponete que sea eso; supongamos que sea así. Por lo tanto, no hay respuesta, o puede quedar implícita otra afirmación: Mi hijo no entiende porque, en realidad, no es capaz.

Otros ejemplos con esta sugestiva palabra que permite al hablante no decir mucho, pero sí salir airoso de una respuesta que le molesta o que no sabe dar:

Margarita. -Lamentablemente, llueve donde no tiene que llover.

Aurelio. -Ponele…

Esta respuesta brilla por lo opaca, por lo no comprometida. Parece que al hablante no le interesa lo que le ha dicho su interlocutora, y esa palabra lo salva. Francisco. - Habló Ernesto, y se rieron de él.

Vicente. — ¡No da! ¡Qué loco!

Francisco. - ¡Ponele…!

En la última respuesta, se ha vaciado de contenido y hasta guarda cierta irónica irreverencia que, sin duda, denota la entonación. Eulalia. — ¿Te gustó la torta, Marianita?

Marianita. — Sí…, ponele.

En este minidiálogo, parece denotar ‘puede ser’; desde nuestro punto de vista, no le gustó mucho.

Carolina.—¿Eso dicen de mí?

Valentín.-Ponele.

En esta respuesta, indica ‘o algo parecido’.

Falta que alguien diga ¿Me querés?, y otra persona conteste Ponele.

Si hablamos de muletillas, se lleva las palmas el versátil dale, que continúa vigoroso y se entremete en cualquier discurso:

El novio. -Me gustaría pasar el resto de mi vida con vos.

La novia. -Dale, lo tengo en cuenta.

Pero la novia no dijo «a mí también». Aquí la fría muletilla intranquiliza al novio y engendra incertidumbre. Sin duda, es una respuesta que puede significar ‘vamos a ver’, ‘tengo que pensarlo’, o bien que tiene tantos pretendientes que, tal vez, algún día tenga una oportunidad. Sin duda, hay muletillas que pueden ser muy crueles. Olga. - Josefina tiene 25 años.

Dionisio. - ¡Daaaleee!

Como el hablante considera que Josefina muestra el aspecto de una mujer mayor, no de 25 años, usa el dale con una entonación irónica y con alargamiento de las vocales a y e para enfatizar que no es verdad, que no lo cree.

Lo mismo puede suceder en los mensajes electrónicos:

Mensaje del paciente. -Doctora, ya tengo el resultado del estudio que me pidió.

Mensaje de la doctora. -Dale besos.

La doctora no solo usa la muletilla en su correo, sino también omite el punto después de «dale» para cerrar su saludo y escribe la palabra «besos» con minúscula: «Dale besos», en lugar de «Dale. Besos». Por supuesto, ha cambiado el significado del texto. Escrito así, le dice al desconcertado paciente que bese el papel que contiene los resultados del estudio. Puede ser que este, tan acostumbrado a ignorar la puntuación —no se les da paz a los errores—, no lo advierta, pero también es posible que considere que la doctora se burla de él para restarle importancia a su aviso y a su estudio, o para que no la moleste en ese momento.

Otro ejemplo:

Ariel.- Hay que seguir apoyando a estos vecinos.

Catalina. - ¿Vos decís?

No es la muletilla más deslumbrante, pero hay personas que la estimulan para que viva y ocupe su lugar entre las de mayor envergadura. Es un calco del inglés: ¿Do you say? En este caso, significa ‘¿te parece?’, como si la persona no participara enteramente de la misma idea.

Taxista. -Mi provincia está en el coso.

Pasajero: - ¡Ah!

Taxista. -No sé si me entiende; o sea… ¿me entiende?, ¿se ubica?

Este último diálogo ejemplifica uno de los tantos casos de precariedad lingüística. Al oír «coso» —el taxista se refería a la organización de un festival en el que estaba presente su provincia—, el pasajero, que conocía la denotación de «coso» (‘plaza de toros’), abrió los ojos cuanto pudo para manifestarse resignado y se limitó a usar solamente una interjección, pues su asombro lo superaba. No satisfecho aún, el taxista comenzó a usar ofensivas muletillas yuxtapuestas que ponían en duda la capacidad de comprensión del pasajero.

Otra de las más empleadas es okey, un anglicismo que se suponía proveniente de la expresión 0 killed (‘cero muertos’), originado en la Guerra Civil estadounidense, pero no es así. Data de la jerga juvenil inglesa de la primera mitad del siglo XIX: OK significaba con humor por los errores ortográficos oll korrect (‘todo correcto’). También «Martin Van Buren, presidente en busca de la reelección de 1840, lo usó como estrategia de campaña en el partido demócrata». Su apodo, "Old Kinderhook", referido al lugar en el que había nacido, convirtió en eslogan la expresión OK con doble sentido.

En general, algunas muletillas comunican la inseguridad del que dialoga; con otras, se subestima al interlocutor y hasta se lo humilla; las menos revelan soberbia y superioridad.

Cuando, metafóricamente hablando, duele la lengua por falta de palabras, se acude a las muletas que no dicen nada, pero ayudan a salir del paso, ya que, a modo de bastón, sostienen nuestros tropezones orales.

* Expresidenta de la Academia Argentina de Letras (AAL).

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