Las Memorias de los desmemoriados

Que desde el mileismo se haga recordar la parte de la historia que el kirchnerismo negó u ocultó, es algo que está bien. Lo que no corresponde es cambiar una Memoria parcial por otra igual de parcial.

El uso y abuso de la palabra Memoria por parte de ciertos sectores políticos e intelectuales de la sociedad argentina referida a los hechos de violencia acontecidos durante la dramática década del 70 del siglo XX, trae al recuerdo el famoso dicho: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”.

Al legítimo e indispensable derecho de recordar y castigar “todos” los crímenes cometidos por “todos” los bandos en pugna en aquel entonces. se le antepuso desde el kirchnerismo la apropiación para su proyecto de poder del tema de los derechos humanos en nombre de la consigna de “Memoria, verdad y justicia”, centrada únicamente en contra del genocidio militar iniciado en 1976. Y ahora, el mileismo, un gobierno en sus antípodas ideológicas, cambia la consigna K por la de “Memoria sí, pero memoria completa”, que. sin embargo, se posiciona únicamente en defensa de los asesinados por la subversión guerrillera. Apenas dejan, una y otra versión, para los crímenes de la facción que en los hechos defienden, algunas leves críticas: jóvenes idealistas quizá equivocados en el uso de la violencia en democracia, dicen los kirchneristas. Militares que por causa de la agresión terrorista, en algunos casos cometieron “abusos”, dicen los mileistas, considerando como apenas abusos a las desapariciones, las torturas, los vuelos de la muerte y el Estado entero puesto al servicio del genocidio.

O sea, los dos sectores tienen clarísimo partido tomado, sólo que en vez de defender a viva voz a los que en el fondo consideran héroes, atacan a viva voz a los de la otra vereda. Pero el ataque contra el enemigo es a la vez una defensa para con el amigo. Porque nadie, o casi nadie, en ambos lados, se atreve a decir lo que verdaderamente piensa. Excepciones son, por el lado kirchnerista, personas como Hebe de Bonafini, quien siempre sostuvo que la guerrilla estuvo formada por jóvenes puros e idealistas que libraron una guerra justa y que por eso los mataron, por su gesta patriótica cuya muerte los transformó en héroes. O, al revés ideológicamente pero igual metodológicamente, por gente como Nicolás Márquez (autor de una biografía autorizada de Javier Milei y coautor con Agustín Laje de un libro sobre el terrorismo de izquierda) que cumple con Milei el papel que Hebe de Bonafini cumplió con Cristina Kirchner. Márquez emitió un insólito mensaje -este 24 de marzo- que es toda una definición de principios: “En el día de la Liberación de la Patria de la repugnancia kirchnerista y la guerrilla terrorista, comparto brillante video oficial dirigido por Santiago Oria y conducido por Agustín Laje, el cual refleja mucho de la verdad histórica negada por la chusma marxista y los centristas de la corrección política”. Para este ideólogo procesista que además defiende al gobierno de Milei, así como el presidente anarcolibertario nos liberó de la repugnancia kirchnerista, Jorge Rafael Videla y compañía nos liberaron de la guerrilla terrorista. Por eso define al 24 de marzo de 1976 como día de la liberación de la patria. Una historia también de héroes y de villanos como la de Bonafini, pero con los protagonistas dados vuelta en su evaluación final.

En consecuencia, por la decisión mileista en disputarle de igual a igual al kirchnerismo la lucha por la Memoria con un relato opuesto en nombre de la batalla cultural, nos encontramos este 24 de marzo otra vez con la Argentina de las dos Memorias, o las dos Argentinas, una la de la Memoria kirchnerista y otra la de la Memoria mileista. Ambas parciales, que ocultan o minimizan partes de la verdad real o exageran otras. Algo demodé, históricamente innecesario, puesto que esta nueva contradicción irreconciliable (entre tantas que tuvo la Argentina desde su origen como Nación) es un invento forzado, porque la misma ya había encontrado su culminación en la inmensa mayoría de la sociedad argentina. Esto es, porque el gran triunfo ético político de la democracia nacida en 1983 fue el juicio imparcial a todos los responsables principales de la violencia de los años 70. A todos. Tanto que Raúl Alfonsín deja su gobierno en 1989 con Videla y las juntas militares presas, con Firmenich preso y con López Rega preso (fallecido el jefe de la triple A en junio de 1989). La república democrática naciente pero todavía sitiada por el pasado (representado por el acoso militar a través de las asonadas golpistas de Rico y Seineldín y por el asalto a un cuartel que gestaron los sobrevivientes de la guerrilla del ERP) condenó con prisión efectiva a todos los líderes de las distintas bandas violentas, por sus crímenes. Y en este caso la sociedad no se dividió en dos, la mitad a favor y la otra mitad en contra, sino que, cercana a la unanimidad, aceptó el castigo para todos.

Por lo tanto, eso de las dos Memorias es un invento para uso político de determinados gobiernos que quieren inventarse un relato tras la búsqueda del poder lo más absoluto posible. Aunque también hay relatos que no buscan el poder absoluto sino el encuentro entre los argentinos sin por ello obviar el castigo a los criminales de todos los bandos. La década del 80, hegemonizada por radicales y peronistas renovadores intentó ese encuentro. También lo intentó Macri en su fugaz gestión (y a su modo Menem, en democracia sí, pero con escasa vocación republicana, y sintetizando lo peor, no lo mejor de liberales y peronistas). Sin embargo, no tuvieron mucho éxito porque los argentinos suelen ser implacables con los moderados y por demás apasionados con los extremistas. A los últimos se les perdona lo que no se les perdona a los primeros y por eso la historia se repite siempre igual, aunque bajo ideologías en apariencia absolutamente contrapuestas. Es que los extremos suelen tocarse. Ese es uno de los grandes males argentinos.

Lo que hicieron los kirchneristas con los años 70 fue una barbaridad porque ocultaron lo ocurrido antes de marzo de 1976 y además evaluaron como héroes (o en el menor de los casos jóvenes idealistas un tanto equivocados) a los miembros de la guerrilla de izquierda, considerando únicos responsables de los crímenes a los militares golpistas. Mientras que hoy, lo que están haciendo los mileistas es recordar que también hubo muertos y desaparecidos antes de la intervención militar y que el kirchnerismo intentó borrar de la historia. En eso tienen razón, aunque no son los primeros que lo dicen. Pero en lo que no tienen razón es en encontrar la causa principal del genocidio procesista de Estado en la defensa contra el terrorismo, que de no haber sido por los militares, hubieran ganado la “guerra”, como dicen Laje, Márquez y la vicepresidenta Villarruel.

Aún repetido una y otra vez por sectores interesados, es mentira que en la Argentina de los 70 hubo una guerra, excepto en la mente afiebrada de los guerrilleros que tomaron las armas (llegando al extremo cuando durante el gobierno de Isabel Perón, se alejaron de las bases peronistas, se militarizaron e intentaron crear un ejército alternativo). Y excepto también en la conveniencia política de los militares que para justificar el golpe y actuar como lo hicieron, necesitaban convencer al país de que de lo que se trató es de dos ejércitos en pugna. Los guerrilleros, en su delirio ideológico, quizá se hayan creído que eran un ejército capaz de combatir contra las fuerzas armadas nacionales de igual a igual, pero los militares, cuando mucho, a un par de meses de asumir, supieron a ciencia cierta que aunque el terrorismo pudiera producir aún algunos actos de violencia por un tiempo más, ya no representaba peligro ninguno, en cuanto a la toma del poder. Peligro que en realidad jamás representaron (aunque ellos así lo hayan creído y por eso cometieron tantos asesinatos contra sindicalistas, militares y empresarios, en particular durante el gobierno democrático). Lo que se demuestra porque la triple A, que contaba con indudable apoyo estatal del gobierno peronista pero que estaba formado por bandas de marginales parapoliciales, ya antes de la caída de Isabel, en los hechos había casi derrotado, a base de brutalidad despiadada, al poder de fuego real de la guerrilla de izquierda. Cuando llegaron los militares, lo que hicieron es ordenar esa masacre previa, ocultarla en las catacumbas y ejecutar un proceso sistemático de exterminio. Dijeron que estaban en guerra durante todo su gobierno, porque eso les convenía para justificar aún más su poder absoluto, pero ellos sabían que ya habían ganado la supuesta guerra prácticamente cuando asumieron el poder con el golpe de Estado del 76. O sea que la “guerra” solo lo fue para la guerrilla que creyó poder lograr lo de Cuba (algo que luego de Fidel Castro, no se logró jamás en ningún otro lugar de América Latina) y para los militares que fingiendo creer que podríamos transformarnos en Cuba, construyeron un gobierno totalitario con disposición de vida y de muerte sobre todos los habitantes de la Argentina. Unos inventaron una guerra irreal por delirio místico ideológico y los otros definieron como guerra a un genocidio para apoderarse enteramente del país. Los primeros se lo creyeron en serio y por ende los exterminaron a todos (menos, claro está, a los jefes que se fugaron al exterior y que incluso más de una vez negociaron con los militares), mientras que los segundos jamás se lo creyeron pero se cubrieron bajo la coartada bélica para que luego de haber efectuado la masacre (porque por la forma en que mataron, sin juicio alguno y con total discrecionalidad además del secretismo total, no mataron ni a guerrilleros asesinos ni a héroes derrotados, sino simplemente a víctimas del poder del estado totalitario), el país fuera por siempre suyo. No obstante, las paradojas de la historia los condujeron, cuando se les agotaron los beneficios políticos de la inventada guerra antisubversiva, a gestar otra guerra, esta vez contra Inglaterra. Pero esta fue una guerra de verdad, aunque destinada al fracaso porque la desproporción de fuerzas que tenía Argentina con respecto a la Inglaterra aliada a los Estados Unidos, era equivalente a la que tenían los guerrilleros con respecto a los militares argentinos. Sin embargo, el que a hierro mata, a hierro muere.

Volvamos al presente, donde la Memoria sesgada del kirchnerismo se enfrenta con la Memoria sesgada del mileismo en un enfrentamiento de relatos del todo innecesario, porque es algo que ya se había superado en la década del 80 pero que luego los aprendices de brujo, primero por izquierda y ahora por derecha, quieren hacer revivir.

Es que, en el fondo, los supuestos defensores de una u otra Memoria que quieren utilizar el pasado en su provecho, son unos enormes desmemoriados porque los argentinos de a pie ya no se están enfrentando por estas cuestiones. Sólo se trata de un debate entre elites o entre minorías intensas. El éxito masivo en 2022 de la película "Argentina,1985", que reivindica el juicio a las juntas como gran hecho fundacional de la democracia (sin ni siquiera ser alfonsinista. ni el film ni su director), demuestra que, al menos en el tema de los años 70, ya desde los años 80 los argentinos no nos queremos seguir peleando. Porque ya en ese entonces, todos los responsables de la violencia (por derecha o por izquierda, apoyados o no por el Estado) fueron condenados, hecho casi inédito en el mundo. Por más que desde los relatos sesgados del poder, se intente hacer aparecer como Memoria lo que es desmemoria, olvido o tergiversación de nuestra verdadera historia.

En síntesis, que desde el mileismo se busque recordar la parte de la historia que el kirchnerismo pretendió negar o borrar, es algo que está bien. Lo que no corresponde es desvestir a un santo para vestir otro, vale decir cambiar una Memoria parcial por otra igual de parcial. La verdadera Memoria completa se impuso, ya tempranamente, en los inicios democráticos y si bien los gobiernos posteriores intentaron hacerla olvidar mediante la impunidad (menemismo) o tergiversarla (kirchnerismo), de lo que se trata es de recuperar el espíritu de esos años 80 donde se juzgaron y condenaron todas las violencias políticas criminales, para -además de hacer justicia- evitar seguir librando más batallas culturales en nombre de una guerra que nunca existió.

* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]

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