14 de junio de 2025 - 00:05

Juan Fernando Segovia: el oficio del maestro

El autor rinde homenaje al recientemente fallecido profesor y escritor Juan Fernando Segovia, contando la historia de la relación entre ambos a lo largo de sus vidas académicas, sus encuentros y sus desencuentros. Dice Ghiretti de Segovia que "su propia formación jurídica, su cultivo de la filosofía y la historia le permitían tener una visión muy por encima de las delimitaciones propias del especialista".

Conocí a Juan Fernando Segovia a mediados de la década del 80. Él impartía Derecho Constitucional en el Ciclo Básico de la Facultad de Filosofía y Letras. Yo cursaba primer año de Historia. Eran unos cursos enormes a los que asistíamos todos: también los de Letras, Inglés y Francés. Tal era la euforia democrática de aquellos años. Recuerdo haber esperado todo el día para rendir el examen final. Recuerdo salir con la convicción de haber dado un buen examen, aunque la nota que obtuve fue tirando a discreta.

Tres años después fue mi profesor de Historia de las Ideas Políticas Modernas. Eran tiempos de mucha conflictividad sindical en las universidades. Yo lamentaba que los paros no me dejaran tomar las clases de una de las materias que más me interesaban.

El profesor Segovia se destacaba. Se notaba que pensaba mientras impartía su clase, rectificaba sobre la marcha, leía todo el tiempo. No era particularmente simpático ni elocuente, pero uno podía ver una mente trabajando en vivo. Tampoco conseguí en esa ocasión una calificación muy lucida.

Elegir director de mi tesis de licenciatura no me planteó ningún problema, a pesar de que había dejado de ser profesor de mi facultad. Era consciente de que se trataba de una elección riesgosa. El profesor Segovia tenía pocas pulgas y ningún empacho en hacerte saber su descontento o desacuerdo. El trabajo de la tesis, no obstante, fue muy grato, al menos para mí. Leía cuidadosamente las sucesivas entregas y las devolvía repletas de observaciones, preguntas, correcciones de estilo y de tipeo, siempre en su caligrafía elegante, propia de colegio privado.

Las recomendaciones bibliográficas merecen una mención aparte. Parecía haberlo leído todo. En las consultas sobre la tesis aparecían autores de los que yo no tenía noticias o me resultaban remotos: Schmitt, Voegelin, Gadamer, Koselleck, Skinner, Sánchez Agesta, d’Ors, Strauss, Pereira-Menaut, Dunn, Elías de Tejada y muy particularmente Hannah Arendt, a quien por esos años consideraba su maestra. Muchos de ellos siguen siendo mis autores de referencia, después de varias décadas de profesión. La misma versatilidad mostraba en literatura o en música contemporánea. Era fascinante recorrer sus gustos eclécticos en estos campos. Las revisiones de tesis eran un verdadero placer, una gozada.

Segovia tenía un perfil decididamente atractivo para quien pudiera apreciarlo. Su juventud y su curiosidad intelectual se combinaban con un saber y un aplomo propios de un académico entrado en años. Su disposición permanente a confrontar ideas hacía juego con su pasión por la verdad. Amicus Plato sed magis amica veritas. Con el Nano se podía arrancar una discusión, con la prevención de que nunca se sabía adónde ni cómo podía terminar, al menos en términos discursivos.

Segovia era un tipo de intelectual católico del que hasta entonces yo no había tenido experiencia. No rehuía la lectura, el estudio o el diálogo con ningún autor o tradición, no importaba cuán alejado u hostil resultara respecto de su fe o sus convicciones. Si tenía la suficiente estatura intelectual, se podía aprender de él o valía la pena confrontarlo, el profesor Segovia no temía ni dudaba. Estaba dispuesto a aprender de todos, y también a enseñar y escribir para todos.

Su capacidad de comprensión, crítica y explicación tanto se aplicaba al elevado planeo por las capas superiores de la filosofía y la teoría política como al vuelo rasante, accidentado y caprichoso de las ideas políticas en nuestro país. No había en su pensamiento ni aplicación servil de los grandes conceptos y tradiciones, ni pretensiones cerriles y provincianas de originalismo.

Tenía otro atractivo particular, que lo hacía prácticamente único. Por esos años aceptó la invitación a postularse como concejal en el municipio de Luján de Cuyo. Nunca habló mucho de esa experiencia. Decía que había sido un favor que le había pedido un amigo. Para mí era una cosa fascinante, parecida a Platón yendo a Siracusa a enseñar a Dionisio el tirano a comportarse como un rey bondadoso y sabio.

Aprendí de él un conjunto de hábitos que me han sido utilísimos a lo largo de mi carrera, más allá de que su ejecución fuera menos satisfactoria que yo hubiera querido.

El rigor intelectual, la coherencia lógica, el análisis preciso y sin vueltas, la claridad conceptual. La contextualización de la crítica, algo cuyo exceso es el vicio de los historiadores y cuyo déficit es el de los filósofos. La facilidad para trasponer los campos de las ciencias sociales con el objeto de obtener el marco teórico o la tradición intelectual más adecuados para comprender el objeto de estudio. Su propia formación jurídica, su cultivo de la filosofía y la historia le permitían tener una visión muy por encima de las delimitaciones propias del especialista. La generosidad en materia de tiempo, diálogo y material bibliográfico. La disposición para pensar “en contra”, en tensión con autores, conceptos, escuelas, cosmovisiones diferentes.

Dialogar con el Nano sobre temas de filosofía, política o derecho usualmente tenía las características de una justa, de pugna. El oficio del maestro es extensión o proyección de la paternidad. El padre protege, enseña, provee. Pero también pone a prueba, ejercita, examina, exige, es el rival de la palestra. Nuestras madres nos cuidan del mundo. Nuestros padres nos lo abren, nos enseñan a caminar en él. Segovia asumía ese perfil de maestro, aunque cada vez que yo le mencionaba que era el mío, decía que era mi amigo y no maestro de nadie.

Durante esos años fui leyendo buena parte de su obra, siempre con provecho. Su tesis sobre Irazusta, su libro sobre Carlos Pellegrini, su notable estudio sobre el peronismo, uno de los mejores en la temática. Sus análisis sobre las tradiciones intelectuales y los métodos de la Historia de las Ideas Políticas. Sus investigaciones sobre Historia y Derecho Constitucionales. Recuerdo la quirúrgica e implacable stroncatura de «El vacilar de las cosas», el ensayo de Juan José Sebreli sobre el pensamiento moderno.

Los títulos de su extensa y valiosa obra pueden encontrarse en el apéndice bibliográfico que Gonzalo, su hermano, recopiló para «Experiencia, doctrinas políticas y derecho público», el libro en su homenaje editado por Miguel Ayuso.

Después de concluir la tesis de licenciatura, continué bajo su dirección en la tesis doctoral. Por entonces apareció un proyecto académico alternativo, por lo que la tesis en Historia tuvo que ser postergada. Sin embargo la relación prosiguió, no obstante la distancia y lo espaciado de los contactos. Fue para mí una enorme ayuda contar con su acompañamiento y su acostumbrada precisión crítica durante mis estudios de doctorado en Filosofía.

Poco antes de que regresara al país, la afabilidad y la intensidad de la relación se fueron apagando. Fue quizá por una discusión que mantuvimos vía epistolar sobre uno de los autores que él más apreciaba desde su juventud. Tal vez fue el hecho de que tuviéramos diferencias importantes en lo que respecta a la reconstrucción de la tradición clásica y medieval en un contexto contemporáneo. O quizá su profunda conversión espiritual, que arrasó con al menos parte de sus antiguas relaciones. Desde que me enteré de esta novedad temí que los días de nuestra amistad estuvieran contados, no sólo por la naturaleza del cenáculo al que ingresaba, sino también -o más bien particularmente- por su propia personalidad. No me equivocaba.

Por esos años sus líneas de investigación se abismaron, empezaron a ajustarse a un círculo de intereses muy específicos, más bien minoritarios. La relación se rompió definitivamente, tiempo después. Nunca me comunicó formalmente el motivo de su disgusto, yo nunca se lo pregunté. A todos nos cuesta vencer el orgullo, a los intelectuales más. Su repentina muerte evitó la reconciliación, algo que lamento mucho. A menudo he reflexionado sobre cuánta afinidad espiritual, moral o de carácter demanda la amistad entre intelectuales. No es fácil decirlo. Tiendo a pensar que es mucho mayor que lo que estamos dispuestos a aceptar.

Más allá del desenlace, quedan intactos mi admiración y mi agradecimiento a Juan Fernando Segovia, querido maestro.

* El autor es profesor de filosofía política.

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