Y eso que estamos hablando del dirigente que en 2015 formó una de las alianzas políticas más importantes (al menos cuantitativamente) que se recuerde para llegar a la gobernación en Mendoza. Aunque luego sus socios se le fueron yendo, uno a uno, todos.
No obstante, nadie puede negar que Cornejo es, desde siempre un aliancista experto. Aunque sus alianzas, en general, no terminen bien (no necesariamente por culpa suya en todos los casos), sabe mejor que nadie cómo gestarlas e imponerlas.
Si bien fue Ernesto Sanz el líder del acuerdo del radicalismo con Macri en 2015, Cornejo luego lo continuó, hasta con ambiciones nacionales propias (soñó con ser presidente) que a la postre no le resultaron.
Luego. con Patricia Bullrich, bajó un cambio, pero sus ambiciones nacionales prosiguieron: más de una vez se imaginó ser su vicepresidente cuando todo indicaba que ella ganaría en 2023. No obstante, algo, quizá en su instinto político más profundo, le hizo optar por volver a la provincia, como que presintiera que era peligroso apostar a lo nacional porque su olfato político le indicaba la aparición de algo nuevo y sorprendente.
Su primer antecedente aliancista viene de mucho más atrás, y resulta clave para entender su personalidad política: fue el gran armador del pacto ”transversal” de Julio Cobos con Néstor Kirchner cuando aún la palabra liberalismo era mala palabra para los radicales y Cornejo ni siquiera se imaginaba que alguna vez la defendería con ardor. El ex gobernador Roberto Iglesias siempre lo odió a Cornejo porque creyó, y seguramente sigue creyendo que, en la alianza con los Kirchner, puso la cara Cobos, pero el verdadero arquitecto, ideólogo y constructor fue Cornejo. Así lo dijo en esos tiempos en que decidió guerrear contra el acuerdo y prefirió ayudarle a ganar al peronismo en Mendoza antes que se impusiera el candidato local de Cobos y Cornejo.
Como vemos, es una personalidad política especial la de Alfredo Cornejo: se trata de un gran constructor de alianzas, pero lo que le queda al final es una suma de leales subordinadísimos por un lado (en vez de pares) y por el otro una suma de ex aliados que lo odian con un énfasis excesivo, difícil de comprender. Eso fue estrictamente Cambia Mendoza, del cual hoy solo queda el nombre, aunque Cornejo busque la sobrevivencia imposible de un ex frente que hoy está compuesto solamente por radicales.
Por todo lo expuesto, es factible deducir que el gobernador mendocino es una especie de caudillo suigéneris, un caudillo en tierra de no caudillos. Un gran acumulador de poder centrado en su persona. Será quizá por eso que, a pesar de no poseer un carácter agresivo y de aparecer como bastante moderado en sus declaraciones políticas, genera reacciones extremas: lealtades u odios excesivos.
Milei
En fin, estamos frente a una alianza muy táctica, cero estratégica, movida -como dijimos al principio- por la necesidad inmediata de Milei de que le respeten el veto a las leyes que le afectan la estabilidad económica y por la necesidad imperiosa de Cornejo de no perder en Mendoza a mitad de gestión. Poco más los une. Mucho menos el futuro: Milei quiere un 2027 con su propia gente en todo el país y difícilmente Cornejo sea alguna vez enteramente suyo. Como tampoco lo será Macri. Ni lo será ninguno que tenga alguna entidad política propia. Por ende, saben Macri o Cornejo que si se fusionan con Milei le tirarán esa entidad política propia a los perros. El presidente libertario no cree en las alianzas ni en los consensos ni en los acuerdos. Ni por definición ideológica ni por temperamento personal.
Además, ya son por demás suficientes las pruebas para saber que el Milei “bueno”, el racional, el calmo, el que acuerda como acaba de acordar en Mendoza, solo lo es por necesidad, jamás por convicción. Él vino a poner a todos contra todos, cree que esa es su misión profética, para que todo termine siendo solamente de él. Pensar lo contrario del presidente, a esta altura, es una necedad en la que suelen caer muchas “almas bellas” que se empeñan en autoengañarse profetizando que Milei, después de romper todo lo necesario para remover los obstáculos con que la casta y las corporaciones lo frenan para poder transformar en su totalidad el país, reconstruirá una nueva institucionalidad. Se niegan a ver lo evidente: que Milei sabe remover obstáculos, pero no construir edificios. Y cree en el conflicto permanente como arma político por excelencia (en eso es igual al kirchnerismo), excepto cuando no le alcanzan las fuerzas y entonces debe hacerse el conciliador hasta que recupere aliento y vuelva a ser lo único que es y que jamás dejará de ser, porque, además de no poder dejar de serlo, él cree que eso es lo que lo hizo triunfar y lo que lo llevará a la gloria y lo colocará en la historia grande (en la que, por otra parte, ya supone estar definitivamente instalado).
Recordemos las escasísimas veces en las que Milei se volvió “bueno”: 1) Cuando en la campaña electoral vio como cantidades incontables de probables votantes suyos de religión católica se indignaban por los insultos demoníacos que le dedicaba al Papa Francisco, entonces pidió perdón, aunque siguiera pensando (como su principal héroe intelectual, Alberto Benegas Lynch hijo) que Francisco es comunista. 2) Cuando en la segunda vuelta electoral necesitó a Macri para ganarle a Massa, entonces aceptó el pacto de Acassuso que lo llevó a hacer una campaña final sin insultos. 3) Cuando la ley bases fracasó por sus gritos e intolerancias contra los que necesitaba para que se la votaran y entonces a fin de obtener el favor de los insultados, volvió a simular bondad. 4) Ahora, para que no le paren el veto a la ley de jubilaciones también requiere del apoyo de algunos gobernadores, a pesar de que los llamó a todos (lo que, por lo tanto, también incluye a Cornejo) desestabilizadores de su gobierno y perversos. Acaba de retornar, entonces, el Milei bueno, que. entre otras cosas, permite la Alianza en Mendoza en condiciones más o menos razonables.
No obstante, su práctica es siempre la misma, casi como una ley física: primero insulta a todos hasta el hartazgo (siempre con mayor énfasis a sus posibles aliados). Luego, cuando los necesita, se hace el bueno. Pero apenas logra su objetivo, se vuelve nuevamente el lobo feroz y sigue insultando a medio mundo, a los mismos y a nuevos otros.
Él es así, además cree que está bien ser así. No puede, ni mucho menos quiere, cambiar. Es la fórmula de su éxito presente, pero ¡ojo! casi seguramente también es el límite de lo que puede hacer. Un límite que podría franquear si apostara a la racionalidad, o si al menos escuchara a los más racionales (siempre, no sólo cuando está desesperado).
Milei y el sentido de la historia
El resultado final de lo que se propone Milei dependerá de los imponderables de la historia: de cuánto de lo que Milei busca destruir es necesario remover para poder cambiar una sociedad que rechaza el más mínimo cambio. Pero también de cuánto se le deberá impedir que destruya para que no arroje al bebé con el agua sucia. Milei por sí solo difícilmente sea capaz de comprender la diferencia entre una cosa y otra. Con lo cual sus dos grandes riesgos son que fracase estrepitosamente como todos sus antecesores por repetir lo mismo con nuevos disfraces, o que lo absorban los de la vieja casta que (a falta de idoneidad y experiencia de los mileistas puros) se le van pegando para ver si lo pueden entornar a fin de que siga gritando palabrotas, pero no cambie nada de fondo. Claro que hay una tercera opción más optimista: que una nueva oleada de reformadores en serio aproveche la innegable puerta al futuro que Milei, por buenas o por malas razones, ha abierto para que se pueda construir un nuevo país. Esa es la esperanza que, aunque él no lo sepa o la menosprecie, viene con Milei. La única positiva. Aunque hoy por hoy, es la más difícil de concretar porque no coincide ni con la personalidad del presidente ni con nuestra personalidad nacional arquetípica. Sin embargo, casi todos los países fracasados del mundo -hayan pasado años o siglos- alguna vez supieron cambiar para bien e ingresar en el desarrollo. Y hoy la mayoría de los argentinos vuelve a creer, por enésima vez, que es nuestra oportunidad.
Milei tiene enfrente a todo el pasado esperando ansiosamente volver con sus mismas ideas y prejuicios de siempre si él fracasa, pero también aporta una luz de futuro que apenas se deja entrever, entre otras cosas porque el presidente, cada vez que suma un logro para prender esa luz, luego le agrega un montón de tonterías para apagarla. Por eso se necesita mucho más que a Milei para el cambio. Se necesita algo mucho más importante que ese Milei karinista que se quiere quedar él solo con todo. Porque, si lo lograra -algo por demás improbable- no sabría qué hacer él solo, junto su hermanita, con el país entero en sus manos.
Cornejo y Macri
Cornejo y Macri, entre los aliados de Milei que aún conservan criterio propio, creen efectivamente que existe una salida liberal racional. Saben que con Milei no alcanza pero que sin Milei hoy por hoy esa salida -frente al permanente acoso kirchnerista- sería mucho más difícil, si no imposible. Eso los diferencia de los de "la vereda del medio", que ya han perdido toda fe en la salida libertaria. Pero, a pesar de que en lo conceptual son sus aliados más sensatos, Milei, tarde o temprano, tratará de sacárselos de encima a ambos y a todos los que quieren aliarse sin entregarse a la condición de obsecuentes. A él solo le interesan las peleas celestiales entre ángeles y demonios, pero los extremos se tocan y casi siempre terminan coincidiendo en lo fundamental. Ya mismo se podría escribir un libro sobre todas las cosas que unifican a mileistas y kirchneristas, en la tendencia de ambos hacia el populismo político.
La Argentina metafísica
A veces pareciera que la Argentina fue inventada como nación independiente para demostrarle al mundo (como los teoremas por el absurdo en matemáticas) todo lo que no se debería hacer, o todo lo que se debe hacer para fracasar aun teniendo todas las condiciones para triunfar.
La Argentina es un país que está decayendo de un apogeo que nunca tuvo, que sólo fue promesa pero que jamás se concretó. El debate de Milei con la historiadora Camila Perochena refleja esa cuestión fundamental: Milei dice que hace poco más de un siglo fuimos la primera potencia mundial (o una de las primeras), o sea que alguna vez fuimos EEUU (algo a lo que Sarmiento aspiró, pero que jamás creyó que hubiéramos llegado a ser ni mucho menos) y por eso hay que volver a ese pasado luminoso del cuál él se siente su plena y superadora reencarnación. Perochena, en cambio, dice que alguna vez tuvimos un crecimiento económico impresionante, pero que eso jamás se concretó en desarrollo permanente, porque las causas profundas del fracaso nacional no se eliminaron nunca del todo. Y desde la segunda mitad del siglo XX se convirtieron en una constante irreversible y permanente. Programa o política que se adoptara, estaba destinada al fracaso. Y si algo andaba bien provisoriamente, no podía sostenerse en el tiempo.
Por lo tanto, somos, hasta ahora, el país que le muestra al mundo todo lo que no se debe hacer si uno quiere triunfar. Esa es la triste excepcionalidad argentina. Y lo es en todas las ideologías. El mal no es peronista, es argentino. Es un mal casi metafísico. Hoy si Milei quiere revertirlo, deberá cambiar en sus actitudes mucho más de lo que él supone, aunque hoy no quiera cambiar nada porque cree, erróneamente, que sería estúpido cambiar algo de todo lo que lo llevó a triunfar. Sin embargo, de triunfadores esporádicos está lleno el largo y hasta ahora imparable camino de los fracasos argentinos. No obstante, sería una enorme pena que la oportunidad única que hoy le ofrece la Argentina y la historia a Milei de cambiar para mejor todo lo que hay que cambiar (entre otras cosas porque pocas veces estuvo tan quebrada y debilitada toda la oposición) no la aproveche por sus vacuas excentricidades y por creer que él, en soledad, lo puede lograr.
Según el presidente libertario el de la Argentina es, a diferencia del refrán, un mal que duró cien años. Bueno, pues, sea verdad o no, los cien años ya se cumplieron. Quizá sea entonces el momento de volver a empezar. De él depende que en el jardín de los senderos que se bifurcan elija el camino correcto. Pero, insistimos hasta la reiteración, en soledad, como seudo emperador, no existe la menor posibilidad de que lo pueda lograr. Y con su armada brancaleone de improvisados (por decir poco) tampoco. Para no repetir las experiencias fallidas le urge escuchar a los que, aun habiendo participado en el pasado de esas malas experiencias, supieron aprender mejor de tantos errores.
En síntesis
Habemus Alianza en Mendoza, pero muy acotada: Mendoza probará la construcción de un acuerdo superficial construido por intereses meramente coyunturales de ambas partes, sin ambición estratégica ninguna. Pero eso no impide pensar que, más allá de los hombres e intereses concretos, la historia siempre fabrica sus propias estrategias para que el mundo siga evolucionando. Por lo tanto, nada está del todo dicho. Con esa esperanza han sido escritas estas reflexiones que van más allá de la fumata blanca.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]