Escuché hablar italiano a mi padre desde que tengo memoria. No era un uso de la lengua de manual, sino un eco que su bisabuelo había traído en la valija cuando desembarcó en América. Un italiano teñido de español, deformado por los años y la distancia, pero aún vivo, respirando en nuestras sobremesas. “Porca Madonna” decía él, y yo entendía perfectamente, aunque en la escuela nadie me enseñara ese idioma.
Con el tiempo, fui notando que en mi forma de hablar quedaban restos de ese origen. “Ma no”, digo a veces sin notar que esa expresión no es del todo mía. Mi esposa, siempre atenta, me lo hace notar: “Te salió el tano”, me dice entre risas. Y yo pienso que tal vez no son modismos, sino rastros de algo más profundo, de un vínculo que traspasa el océano, la burocracia y las partidas de nacimiento.
Mi tatarabuelo, Antonio Ferraris, llegó a Argentina con 12 años sin nada. A los 20 volvió a Italia para cumplir con el servicio militar y, cuando regresó, el Estado le cedió un pedazo de tierra en Santa Fe, una de las más fértiles del país. Fue gratuita o por un precio simbólico, como parte de aquella política que buscaba poblar la pampa con manos dispuestas a trabajarla. Cien años después, yo, su descendiente, me metí en la maraña kafkiana de trámites para obtener la ciudadanía en Santa Fe.
El camino no fue fácil. Durante años lidié con instituciones que parecían existir solo para obstaculizar el proceso, con intermediarios que prometían soluciones rápidas a cambio de una buena cifra en euros y con un sistema que, en lugar de reconocer el derecho, lo volvía un privilegio reservado para quienes podían y querían pagar el acceso. Ni el arzobispado ni otras instituciones parecían dispuestas a facilitar las cosas. Nunca pude hacerla en Argentina: hace más de 15 años que tengo un turno y aún no me ha llegado el momento.
Me fui a Italia. En Ravenna, -una ciudad en la región de Emilia Romagna- en tan solo tres meses obtuve lo que en Argentina había sido imposible durante más de una década. Mientras caminaba por sus calles de mosaicos bizantinos y escuchaba el sonido del idioma que, de algún modo, había habitado mi casa desde siempre, entendí que mi búsqueda había sido más que un trámite. Mientras completaba pasos administrativos en un país donde no hablaba del todo la lengua, no podía dejar de pensar en mis ancestros y en los miles de inmigrantes que llegaron a Argentina hace un centenar de años. Si para mí, en pleno siglo XXI y con todas las herramientas tecnológicas, el proceso era difícil, ¿cómo habrá sido para ellos, en un mundo con muchas menos igualdades y oportunidades?
Nunca supe bien por qué quería tener la ciudadanía italiana. Había podido viajar a Europa, estudiar allí y en Latinoamérica, conocer varios países del resto del mundo sin necesidad de tenerla. Después de toda esa travesía comprendí que obtenerla me permitió entender la inmigración desde una perspectiva más amplia, más humana. Ahora tengo una visión ecuménica de la vida, el mundo se hizo pequeño, entiendo que las fronteras se desdibujan y reconozco fácilmente que, en esencia, somos todos de todos lados. Quizás ese fue el sentido de mi búsqueda.
Ahora Italia endurece aún más los requisitos, estableciendo nuevas barreras para quienes buscan su ciudadanía. Detrás de esta decisión hay un síntoma de época. La lógica excluyente de los nacionalismos reaparece en formas más sofisticadas, menos evidentes, pero igual de nefastas. Se defiende una identidad “pura” y se limita el acceso a la comunidad a aquellos que cumplen requisitos cada vez más arbitrarios. Se olvida que Italia misma es un país de emigrantes, que su historia no se entiende sin los millones que cruzaron el océano con la esperanza de un futuro mejor. Con las nuevas disposiciones, Italia le niega a la mayoría de los argentinos certificar su sangre.
En estos 15 años desde que saqué mi turno, viví en distintos lugares, me recibí de abogado, crecí, cambié. Pero Italia seguía ahí, en mi apellido, en mis palabras, en mi sangre, en la historia de mi familia. Y si después de tanto tiempo pude obtener un papel que dice que también soy italiano es porque, en realidad, siempre lo fui.
Siamo tutti migranti, solo che alcuni lo hanno dimenticato.
* El autor es a bogado penalista. [email protected]