En el humilde pueblito donde nací había una sola sala de cine, la del Club Atlético Zavalla, que los fines de semana proyectaba las películas en una sala con butacas y piso de madera. Las funciones de los domingos eran tres: matiné, vermouth y noche. Pasé horas muy felices dentro de esa sala admirando a los grandes actores de la época, alentando para que el “muchachito” cumpliera con sus intenciones, y cantándome de miedo cuando alguna película de terror nos acercaba a un mundo de piel de gallina y tiritillos.
Un sábado daban una película de terror y como mi padre era el secretario del club y esa noche tenían reunión, me animé a ir: total, a la vuelta me volvería con él. La película se llamaba “El enigma de otro mundo” y versaba sobre un cuerpo que era descubierto en la Antártida, totalmente helado.
Lo dejaban en un galpón y mientras se realizaban los preparativos, el cuerpo se derretía y aparecía un monstruo monumental que hacía estragos.
Mi susto también adquirió características monumentales, así que quedé temblando en la sala contigua al cine esperando que mi padre terminara con la reunión. De pronto apareció mi padre para decirme que la reunión iba para largo, así que iba a tener que volver a casa solo. Fue una de las noticias más terribles que recibí en mi vida.
Del cine a casa debía pasar por la estación de ferrocarril y después por un enorme descampado, en cuyo final estaba la vivienda paterna. Era ese un territorio absolutamente dominado por la oscuridad. La estación tenía una tranquera que la separaba del descampado, con un molinete de madera a un costado para que pudieran pasar los que atravesaban el lugar. Mi miedo, el miedo que había heredado de la película se agrandaba a medida que me acercaba a ese lugar de sombra.
Cuando estaba en la mitad del terreno que ocupaba la estación sentí un ruido de cadenas, un nítido ruido de cadenas. No sé por qué consistente anulación de esfínteres no me hice encima. Lo que hice fue iniciar una carrera desesperada, crucé por la tranquera sin tocar el molinete y atravesé el campo a una velocidad que ya quisiera Usain Bolt, y solo me apacigüé cuando me metí dentro de la cama vestido y todo y me tapé con las sábanas hasta la mollerita. Al otro día lo supe: era la vaca del jefe de la estación la que producía el ruido de cadenas, pero ya la noche estaba sufrida.
Es el maravilloso mundo del cine el que provoca miedo, placer, emociones, risas, sorpresas, que encierra tantas historia que no habrían sido trascendentes de no existir ese maravilloso artefacto ideado por los hermanos Lumière.
Aún tengo en mi memoria los ruidos que hacían los pies de los presentes pateando el piso de madera cuando la película se cortaba, o cuando el “muchachito” se lanzaba a la carga. Aún recuerdo aquellas proyecciones clandestinas de escenas de amor, sutilmente eróticas, que nos pasaba Tito (el operador de la sala), reunidas en cortes realizados a propósito de aquellas cintas que llegaban transportadas en celuloide, así como lo hizo Alfredo con Salvatore en la fantástica película “Cinema Paradiso”.
El cine forma parte de nuestra cultura y todo lo que nos transmite es, muchas veces intrascendente, pero muchas veces nos conmueve hasta los nervios, hasta el terror, o hasta las lágrimas.
Cada uno tiene su película de preferencia, esa que quedó grabada para siempre en la memoria y a la que volvemos apenas la descubrimos en un canal de la tele. El cine, un arte maravilloso, sin el cual la vida sería distinta, muy distinta, y más si afuera llueve y si uno tiene entre sus manos un bolso lleno de pororó.