Los Andes publicó hace un tiempo una nota muy atractiva en la que caracteriza a nuestras montañas como verdaderas “torres de agua”.
La actividad tectónica, el clima, la geohidrología en Mendoza y la importancia de las aguas subterráneas, son aspectos analizados en esta nota.
Los Andes publicó hace un tiempo una nota muy atractiva en la que caracteriza a nuestras montañas como verdaderas “torres de agua”.
Acertado el concepto, ya que efectivamente las montañas se encargan de elevar los vientos provenientes del Pacífico, que al enfriarse producen nubes que se depositan como lluvia o nieve en las altas cumbres y valles intermontanos. En una infinidad de sitios, las nieves que se acumulan se compactan formando grandes bloques de hielo, que por su magnitud, presentan una plasticidad tal que les permite lentamente desplazarse aguas abajo. Son los glaciares. Su deshielo aporta a los ríos que nutren las cuencas aguas abajo. Desafortunadamente, como dijo un hidrogeólogo sanjuanino ante el cambio climático, “los glaciares son viejos amigos que se van”.
Nuestras montañas no estuvieron siempre allí, se han formado merced a la actividad tectónica que modela la evolución de la corteza terrestre. Ésta se ha formado como una muy fina capa de roca sólida que flota sobre el magma líquido. En ella nos interesa distinguir la corteza oceánica, que es el magma enfriado y solidificado, y la corteza continental, compuesta por grandes bloques de rocas cristalinas de menor densidad que el magma.
La corteza oceánica del Pacífico, al chocar con la corteza sudamericana se subduce por debajo de la misma produciendo una fosa marina y la elevación de la corteza continental. Las consecuencias de esta actividad tectónica se manifiestan en diversos fenómenos orogénicos, volcánicos y sísmicos, que producen modificaciones en la configuración de las cadenas montañosas y el continente. La porción más activa en el Hemisferio Sur resulta ser la franja que va desde Mendoza hasta Salta y Tucumán. Es importante destacar que todos los residuos arrastrados por la corteza oceánica, que contienen materia orgánica, son los que generan la actividad volcánica al entrar en contacto con más altas temperaturas.
Muchas de las nieves que se acumulan en los lugares más fríos y altos se compactan formando glaciares, que por su naturaleza constituyen grandes depósitos de agua congelada. Pero, como dijo un hidrogeólogo sanjuanino ante el cambio climático, “los glaciares son viejos amigos que se van”.
En nuestras montañas se producen los más variados accidentes climáticos, fuertes tormentas, aludes, aluviones, gran cantidad de material de arrastre, que en su desplazamiento modifican los cauces, afectan el relieve, etc. En este contexto, mientras mayor sea la pendiente del lugar, mayor será el grado de erosión, el tamaño del material de arrastre y de la cantidad de las deposiciones en el lecho de los cauces.
Si observamos el paisaje desde la boca del río Mendoza, a la altura del dique Cipolletti, veremos que el material de arrastre depositado es de máximo tamaño, que irá reduciendo mientras se avance en el río. Podremos observar, a su vez, que la entrada a la llanura es el vértice de un gran “cono de deyección” que se extiende hacia el este como un gran abanico, donde el material depositado reduce su tamaño con la distancia.
Al paso de los milenios, los sucesivos avances del agua y su arrastre han ido formando estratos de material rocoso que contienen agua. La primer porción del gran cono de deyección, que cubre un radio de unos 40 km. de extensión partiendo de su vértice, constituye un gran acuífero libre. A partir de de tal distancia, nacen tres niveles acuíferos. El primero es el nivel freático, libre, de estructura arcillosa y salinizado, con un espesor de unos 80 m. El segundo nivel es confinado, conteniendo agua de buena calidad, cuya profundidad llega a los 200 m. Finalmente, el tercer nivel supera los 300 m. de profundidad. Para considerar la importancia de los acuíferos en la provincia de Mendoza, es relevante destacar que ocupan casi 50% de la superficie de Provincia.
Ahora bien, ¿Qué pasaría si las torres de agua desaparecieran, perdiendo toda su altura? Pues simplemente no podrían cumplir con el ciclo de elevación y descenso del aire que les permita producir agua y descargarla en forma de líquido o nieve. Chile sería totalmente desértico, como lo sería Argentina, surcada por ríos secos. Los vientos dominantes simplemente correrían prioritariamente hacia el este en un ambiente desértico, sin producir precipitaciones significativas.
El sistema hídrico de la cuenca Norte está formado por los ríos Mendoza, Tunuyán Inferior, y el agua subterránea que abarca toda su extensión, integrando una única cuenca hidrogeológica. Para dar una rápida semblanza de esta cuenca, puede mencionarse que de sus aproximadamente 160.000 ha bajo riego, 42% tiene uso conjunto (esto es, usuarios que tienen derecho de agua superficial y lo complementan con agua subterránea), un 28% tiene al agua subterránea como fuente exclusiva, y 30% de las ha restantes son las que riegan con agua superficial de manera exclusiva. Esto es, 70% del área cultivada depende o está complementada con agua subterránea.
De alrededor de 19.000 pozos registrados en la provincia, 11.000 actualmente en uso, 75% se encuentran en esta cuenca.
El 27% del agua potable en esta cuenca es de origen subterráneo. El agua subterránea es la única fuente de agua potable al este del río Mendoza y es la principal fuente de agua para uso industrial.
Desde un punto de vista hidrogeológico, corresponde mencionar los siguientes aspectos:
Se estima que el volumen total de agua almacenada en la cuenca norte del río Mendoza, supera los 600.000 hm3 de los cuales unos 22.000 hm3 resultan económicamente explotables. Para comparar, la capacidad de embalse de la provincia (El Carrizal, El Nihuil, Valle Grande, Agua del Toro y los Reyunos) suma 1.380 hm3. Si le agregamos el dique Potrerillos, este guarismo asciende a 1.830 hm3. La extensión de la cuenca subterránea es de unos 22.000 km2.
(*) Armando Llop fue director del Centro de Economía, Legislación y Administración del Agua (CELA) del Instituto Nacional del Agua (INA), y director de la “Maestría en Gestión Integral del Agua”, universidades nacionales de Cuyo, de Córdoba y del Litoral.
Producción y edición: Miguel Títiro - [email protected]