8 de noviembre de 2025 - 00:10

Enrique Gaviola, a 125 años del nacimiento del padre de la física y la astronomía modernas en el país

Recordamos a este genial mendocino, Enrique Gaviola, nacido en Rivadavia, formado con los mejores físicos del mundo hace 100 años, pionero de la Ciencia argentina.

Enrique Gaviola fue el padre de la Física y la Astronomía modernas en la Argentina. Nacido en Rivadavia en 1900, a los 17 años comenzó la carrera de ingeniería en La Plata. Allí, en los cursos del jefe del Departamento de Física, el alemán Richard Gans, descubrió algo que le encantó: además de la ingeniería, existía la física. “Si Ud. quiere estudiar física, tiene que irse a Alemania”, le dijo Gans. Gaviola se graduó de agrimensor, trabajó un año en Mendoza, y con sus ahorros se fue a la Universidad de Göttingen.

Llegó en un momento único: allí se estaba forjando la mecánica cuántica. Se presentó con una carta de recomendación de Gans para Richard Pohl, el director del Instituto de Física. Lo admitieron sin revisar más credenciales. Pohl y sus amigos Max Reich, Max Born y James Franck eran los peces gordos, pero estaban también los jovencitos: Pauli, Heisenberg, Jordan, Oppenheimer, todos los que en esos años revolucionaron la Física. Y los que venían de visita: Dirac de Inglaterra, Bohr de Dinamarca, Schroedinger de Zurich, Fermi de Pisa, Gamow de Leningrado. Todos ellos fundadores de la nueva ciencia, muchos galardonados con premios Nobel en esos años.

En el Archivo Histórico de la Biblioteca Leo Falicov, del Instituto Balseiro, tenemos sus libretas universitarias. En su primer semestre, mientras aprendía alemán, tuvo como docentes a Emmy Noether (autora de uno de los resultados más profundos de la Física) y a James Franck (premio Nobel 1926). Después vendrían Max Born (Nobel 1954), David Hilbert (el más destacado e influyente matemático del momento) y más.

Atraído por la gran ciudad, después de tres semestres se trasladó a Berlín. Allí sigue el desfile de profesores geniales: Max Planck (Nobel 1918), Max von Laue (Nobel 1914), Walther Nernst (Nobel 1920), Lisa Meitner (no se lo dieron, pero se lo merecía) y Albert Einstein (Nobel 1921), entre tantos otros. Siendo todavía estudiante, Peter Pringsheim lo reclutó para hacer trabajo de investigación en su laboratorio.

Enrique Gaviola, a 125 años de su nacimiento
Descubrimiento. La rara nebulosa que rodea la estrella Eta Carinae (derecha) se llama Homunculus, nombre que le dio Gaviola en sus estudios del sistema en la década de 1940. Es una de las estrellas más masivas de la Vía Láctea, que en el siglo XIX sufrió una explosión similar a una supernova, pero sobrevivió. El Homúnculo es el residuo de aquella explosión.

Descubrimiento. La rara nebulosa que rodea la estrella Eta Carinae (derecha) se llama Homunculus, nombre que le dio Gaviola en sus estudios del sistema en la década de 1940. Es una de las estrellas más masivas de la Vía Láctea, que en el siglo XIX sufrió una explosión similar a una supernova, pero sobrevivió. El Homúnculo es el residuo de aquella explosión.

El 31 de octubre de 1925, hace exactamente 100 años, presentó su trabajo sobre tiempos de extinción de la fluorescencia en la Sociedad Física Alemana. Poco después lo publicó en la legendaria revista “Annalen der Physik”, rindió los exámenes finales de Física, Matemática y Filosofía y recibió el título de doctor magna cum laude (honor académico que significa con gran distinción). También tenemos su diploma, ¡todo escrito en latín!

Amistad con Einstein

La experiencia alemana marcó su carrera y su carácter. Entabló amistad con Einstein, quien lo alentó a postularse a una beca Rockefeller. Rechazado en un primer intento por ser sudamericano, Einstein protestó enérgicamente y Gaviola se convirtió en el primer latinoamericano en obtenerla.

Gaviola tuvo profesores descollantes, como Emmy Noether (autora de uno de los resultados más profundos de la Física), James Franck (premio Nobel 1926). Después vendrían Max Born (Nobel 1954), David Hilbert, Max Planck (Nobel 1918), Max von Laue (Nobel 1914), Walther Nernst (Nobel 1920), Lisa Meitner se lo merecía) y Albert Einstein (Nobel 1921).

Ya en Argentina, le ofrecieron la dirección del Observatorio Astronómico de Córdoba, que enfrentaba la paralización de la construcción del “gran espejo” para un nuevo telescopio, proyecto iniciado treinta años antes. En lugar de hacerse cargo inmediatamente, se fue al Instituto Tecnológico de California (Caltech) y el Observatorio del Monte Wilson. Allí desarrolló una técnica revolucionaria para aluminizar y conformar grandes espejos, que cambió la historia de la construcción de grandes telescopios. Finalmente se pudo terminar el espejo para el nuevo telescopio de Córdoba, que modernizó enormemente la Astronomía argentina. Durante sus años al frente del Observatorio, Gaviola se forjó un nuevo renombre internacional, esta vez como astrofísico, principalmente con el estudio de la rara estrella Eta Carinae, cuya nebulosa lleva el nombre universal de “el Homúnculo de Gaviola”.

Enrique Gaviola, a 125 años de su nacimiento
Mentes brillantes. Semestre de invierno 1924-1925, en la Universidad Friedrich Wilhelm de Berlin. El tercer curso es el de Einstein, y podemos ver su firma en la columna de la derecha. Hay tres premios Nobel en esta sola página, más una que debió ganarlo (Lisa Meitner, sexto curso).

Mentes brillantes. Semestre de invierno 1924-1925, en la Universidad Friedrich Wilhelm de Berlin. El tercer curso es el de Einstein, y podemos ver su firma en la columna de la derecha. Hay tres premios Nobel en esta sola página, más una que debió ganarlo (Lisa Meitner, sexto curso).

Rescate de científicos

Durante los años del nazismo, algunos de sus antiguos maestros lo contactaron para ayudar a los científicos perseguidos. Gaviola logró rescatar algunos, entre ellos Guido Beck, genial físico teórico austríaco. Su llegada a Córdoba en 1943 revolucionó la ciencia local: allí se formaron Mario Bunge, Ernesto Sábato y José Balseiro, entre otros. Gaviola y Beck fundaron la Asociación Física Argentina (AFA), semilla de la comunidad científica nacional.

En 1953, durante una reunión de la AFA, Gaviola y Balseiro empezaron a imaginar un nuevo instituto de física. Llevaron su proyecto a la Comisión Nacional de Energía Atómica, pero las gestiones no fueron fáciles: Gaviola terminó peleado con las autoridades navales de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y se alejó del proyecto. Balseiro, más conciliador, lo llevó adelante y en 1955 nació el Instituto de Física de Bariloche, hoy Instituto Antonio Balseiro. En un homenaje, Gaviola describió a Balseiro con admiración: “Fue el conquistador intrépido que, en el año 1955, en el desierto cultural de Bariloche, en siete años creó, organizó y orientó la mejor escuela de Física de Latinoamérica. Desde el físico alemán Emil Hermann Bose (1874-1911) no se había visto un milagro semejante”.

Enrique Gaviola, a 125 años de su nacimiento
Aprobado. Diploma del doctorado de Gaviola en la Universidad de Berlin.

Aprobado. Diploma del doctorado de Gaviola en la Universidad de Berlin.

Tras la temprana muerte de Balseiro en 1962, Gaviola fue convocado como profesor. Tenía 63 años y, pese a viejas diferencias con la CNEA, aceptó con generosidad. Varias generaciones de estudiantes pudieron disfrutarlo y quedaron marcadas por su estilo riguroso y apasionado. En un discurso, al recibir un premio de la colectividad judía, dijo con orgullo: “En el semi exilio de Bariloche estoy efectuando la labor más fecunda de mi vida; estoy ayudando a formar una decena de físicos por año”. El Instituto Balseiro cumple este año setenta fructíferos años en la formación de físicos e ingenieros de primer nivel, y en la investigación básica y aplicada en todas las áreas de la Física y la Ingeniería. Su vida en el Centro Atómico Bariloche, que en aquel entonces era un descampado, también tuvo un costado singular. Gaviola consiguió 3.000 retoños de árboles y los plantó con sus propias manos, transformando el lugar en el encantador campus que gozamos hoy en día.

Su legado científico y humano, poco conocido por la sociedad, es inmenso. Recordarlo es una tarea necesaria, para que nuevas generaciones sepan de aquel mendocino que fue protagonista de la revolución cuántica y sembró, literalmente, el bosque y la ciencia en Bariloche.

*El autor pertenece al Centro Atómico Bariloche, Instituto Balseiro y Conicet. Además Guillermo Abramson es doctor en Física, investigador principal del Conicet y profesor del Instituto Balseiro. También es activo divulgador científico. Es autor del blog En el Cielo las Estrellas.

Producción y edición: Miguel Títiro - [email protected]

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