12 de abril de 2015 - 00:00

Cerebro humano

El estrés de crecer en situación de pobreza puede afectar el desarrollo del cerebro de un niño desde antes del nacimiento, sugiere una investigación, e incluso diferencias muy pequeñas en el ingreso familiar pueden tener efectos importantes sobre el cerebro.

Los investigadores han sospechado desde hace mucho que el comportamiento y habilidades cognitivas de los niños se relacionan con su status socioeconómico, particularmente entre los que son muy pobres. Las causas nunca han sido claras, aunque ambientes caseros estresantes, mala nutrición, exposición a químicos industriales como plomo y falta de acceso a buena educación a menudo se citan como factores posibles.

En el estudio más amplio de su tipo, publicado en la revista Nature Neuroscience, un equipo encabezado por las neurocientíficas Kimberly Noble, de la Universidad de Columbia, en la Ciudad de Nueva York, y Elizabeth Sowell, del Hospital Infantil de Los Ángeles, analizó los apuntalamientos biológicos de estos efectos.

Fotografiaron el cerebro de 1.099 niños, adolescentes y jóvenes adultos de varias ciudades de Estados Unidos. Dado que en Estados Unidos la gente con menor ingreso tiene mayor probabilidad de venir de grupos étnicos minoritarios, el equipo mapeó la ascendencia genética de cada niño y después ajustó los cálculos para que los efectos de la pobreza no fueran sesgados por pequeñas diferencias en la estructura cerebral entre grupos étnicos.

El cerebro de los niños del grupo de ingresos más bajo (menos de 25.000 dólares anuales) tuvo hasta 6 por ciento menos área superficial que el de los niños de familias que ganan más de 150.000 dólares, encontraron las investigadoras.

En los niños de las familias más pobres, disparidades en el ingreso de apenas unos miles de dólares se asociaron con mayores diferencias en la estructura cerebral, particularmente en áreas asociadas con habilidades del lenguaje y toma de decisiones. La puntuación de los niños en pruebas que miden habilidades cognitivas, como lectura y memoria, también cayó con el ingreso familiar.

Martha Farah, una neurocientífica cognitiva de la Universidad de Pensilvania, en Filadelfia, considera que la investigación es “increíblemente 'cool'”. Tener una muestra de niños tan grande permitió que las investigadoras mostraran el gran impacto de la pobreza en los cerebros en desarrollo, aunque el estudio no puede medir cómo cambian con el tiempo cerebros particulares.

Naturaleza versus nutrición
Los descubrimientos coinciden con una investigación no publicada, realizada por Farah y sus colegas, que escaneó el cerebro de 44 niñas afroestadounidenses, cada una de aproximadamente un mes de edad, de varios grupos socioeconómicos de Filadelfia.

Los investigadores descubrieron que, incluso en esta edad tan temprana, infantes de los grupos socieconómicos más bajos tenían cerebros más pequeños que sus contrapartes más adineradas. Los científicos presentaron su investigación en la reunión de la Sociedad para la Investigación de Desarrollo Infantil, celebrada en Filadelfia.

Jamie Hanson, psicólogo de la Universidad de Duke, en Durham, Carolina del Norte, dice que ambos documentos de investigación subrayan el impacto de la adversidad en el desarrollo infantil.

“Estas circunstancias del principio de la vida hacen las cosas difíciles para muchos niños y depende de muchos de nosotros, como sociedad, asegurarnos que los niños tengan iguales posibilidades”, afirma. Aunque elogia los estudios de sección cruzada, señala que es importante seguir a los niños en el tiempo para ver cómo resultan afectados los cerebros por el status socioeconómico.

Farah y sus colegas tienen planeado seguir observando a estos infantes durante dos años para ver cómo cambia con el tiempo el área de superficie cerebral. También tienen planeado visitar la casa de los infantes con la esperanza de identificar factores que pudieran contribuir a las diferencias, como cuántos juguetes de estimulación tienen y cuánta atención reciben de sus padres.

Ninguno de los dos estudios explica la causa de las diferencias cognitivas. Aunque los autores de ambos estudios admiten que factores genéticos podrían estar involucrados, sospechan que exposiciones ambientales como estrés y nutrición son más importantes y empiezan antes de que nazcan los bebés.

“Nos hace pensar que el foco debería redireccionarse a la gestación y estrés, como nutrición y exposición a toxinas”, dice Hallam Hurt, un neonatólogo del Hospital Infantil de Filadelfia que encabezó el estudio de investigación de infantes.

Niños de más edad podrían resultar afectados en distintas formas. Por ejemplo, los padres más pobres que tienen varios trabajos para llegar a fin de mes tienen menos tiempo para pasar con sus hijos y menos dinero para comprar juguetes que estimulen la mente de los niños conforme crecen, dice Laura Betancourt, una pediatra del Hospital Infantil de Filadelfia que escribió el estudio de niños.

Y Hanson sugiere que la epigenética (modificaciones en el ADN causadas por factores ambientales como estrés) también podría estar jugando un papel importante, y que puede pasarse por generaciones.

No obstante, los investigadores esperan que los impactos puedan ser reversibles a través de intervenciones, como proveer mejor atención y nutrición infantil. Investigaciones con humanos y otros animales sugieren que éste es el caso: un estudio realizado en México, por ejemplo, demostró que suplementar el ingreso de las familias pobres mejoró las habilidades cognitivas y de lenguaje de sus niños en 18 meses.

“Es importante que el mensaje no sea que si alguien es pobre, su cerebro es más chico y será más chico para siempre”, afirma Sowell.

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