En caída libre, Arturo fue kiosquero, mozo de bar, artesano en ferias populares, vendedor de enciclopedias ilustradas y hacía el final, ya hombre grande, cuidaba autos en los tribunales de San Martín. Ahí lo conocí, una mañana de junio de hace cuatro años, muy parecida a ésta de hoy, con el mismo frío.
“Buen día doctor”, me saludó a través de la bufanda que le cubría el rostro; abrió la puerta del remís en la explanada de tribunales y mientras yo bajaba insistió: !Buen día, doctor”.
Prejuzgué mal y en esa primera impresión lo creí loco, algún trastornado suelto y a la pasada, rumbo a las escaleras del edificio le aclaré que no era abogado. Entré por una de las puertas vidriadas sobre la que una mano disconforme había escrito con fibra: “Esta es una Corte de leyes, no de justicia”.
Caminé al ascensor pensando en el anónimo sobre el vidrio, en el trazado prolijo de la letra y en cuánto duraría antes de que un ordenanza lo descubriera; subí también con la idea de que iba tarde, que la audiencia por el crimen que debía cubrir ya habría comenzado.
A media mañana salí en busca del cafetero y me senté en uno de los canteros. Enseguida se arrimó Arturo, aunque todavía yo no sabía su nombre, ni que vivía al otro lado de la ruta 7, ni que cada mañana la cruzaba en bicicleta para cuidar autos en los tribunales.
Le pregunté por el cafetero, me contestó que no lo había visto: “Calculo doctor, que a esta hora ya se fue”; lo mire extrañado. Después supe que para él, cualquiera que bajase de un auto cerca de tribunales o que saliese del edificio era un doctor y que de esa manera recibía y despedía: “Buen día, doctor; gracias, doctor; hasta luego, doctor…”. También entendí que así evitaba memorizar y confundir nombres y de paso, quedaba bien con todos:
“A nadie le molesta que lo traten de doctor”, me dijo más tarde. Arturo era gran hablador y a mí me gusta escuchar historias; el juicio duró toda la semana y pasé un rato con él cada mañana. El hombre cuidaba vehículos sin tarifa y a voluntad, por lo que la ganancia nunca era segura ni pareja.
“Dígame la verdad, nadie se imagina en su cabeza vivir así ¿Ah? Digo, así como vivo yo, de cuidar autos a la intemperie. Usted que es periodista haga encuesta y verá que es cierto”, me pidió al segundo día.
Dejaba la bicicleta atada a un árbol y cargaba una mochila con un sánguche del mediodía y un termo de mate cocido. “Pero puede pasar, ¿eh? Míreme a mí, durante 20 años trabajé en una fábrica de muebles, me casé, tuve un hijo y casita de barrio. Normal, ¿no? Pero justo entonces se vino la mala y toda junta”. Ahí me contó que la fábrica cerró en los ‘90, que con la plata del despido puso un kiosco que no funcionó, que luego fue mozo de bar, que su mujer lo dejó y que cree que vive en Rosario, que probó vender artículos en las peñas o libros por las casas y que tuvo que criar a su hijo.
“¿Usted tiene hijos, doctor? El mío estudia, no puedo aflojar”.
No sé qué llamó más mi atención, si su caída interminable o el buen humor a prueba de todo.
Para bien o para mal las historias se completan, solo que a veces no conocemos el desenlace y las olvidamos irresueltas. A don Arturo lo vi un par de años después, en la terminal de colectivos. “Buen día doctor”, me saludó sin perder la costumbre. Me contó que iba a Córdoba, que su hijo rendía la última materia y que sería abogado: “Pude jubilarme”, se despidió con la sonrisa de siempre. Me quedé feliz por Arturo, pensando que por fin habría un doctor al que con gusto, él llamaría por su nombre.