Vecinos Domingo, 22 de marzo de 2015 | Edición impresa

La enfermera de Alvear que curó en Malvinas

Con apenas 18 años asistió a los soldados en la guerra de 1982. Ha tenido una vida marcada por el dolor del conflicto bélico. Hoy trabaja en Canadá, pero siempre sueña con volver.

Por Corresponsalía Sur

"Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”, fue la nefasta frase del general Leopoldo Fortunato Galtieri que daba inicio a una guerra sin sentido contra Gran Bretaña. Corría el año 1982 y la dictadura militar intentaba dar un manotazo de ahogado para sostenerse. La guerra de las Malvinas fue su última locura, una insensatez que costó la vida de cientos de argentinos y que dejo una herida abierta para siempre.

La noche del 2 de  abril de 1982, Marisa Alejandra Peiró, joven alvearense aspirante de enfermería naval, formaba parte de la guardia en el hospital naval Puerto Belgrano en Bahía Blanca (Buenos Aires). En eso llegó Ernesto Urbina, el primer herido de la guerra, y Marisa fue la encargada de atenderlo dando inicio a la mayor experiencia de su profesión.

“Todo empezó cuando terminé el secundario. Quería estudiar Medicina pero por cosas de la vida no se pudo, entonces mi hermana Andrea que volvía de su viaje de egresados me trajo la noticia de una carrera de enfermería en la Marina. Éramos 1.500 chicas de todo el país y solo ingresamos 45. Un día, oficiales de la Marina golpearon las puertas de mi casa para informarme que había entrado con el primer promedio; no lo podía creer”. Así recuerda Marisa sus inicios en la enfermería naval.

En el primer año de cursado de su carrera comenzó la guerra y entonces Marisa tuvo que acelerar su aprendizaje sobre la marcha, viviendo el dolor de la contienda, tratando de aliviar el sufrimiento de los soldados heridos. “Fue un desastre. Recibíamos heridos, quemados y mutilados. Jamás se irán de mi mente y mi corazón; todavía los lloro”, cuenta emocionada hasta las lágrimas.

Las enfermeras de la guerra de Malvinas, pese a la escasez de recursos y la inexperiencia, desarrollaron un trabajo invalorable que hasta el día de hoy no ha sido reconocido por la sociedad ni por los gobiernos de turno. “Demostramos nuestras agallas, nuestro amor por la patria. Fue muy duro para mí siendo una jovencita hacerme cargo de todo. Lloré mucho, quise abandonar pero dije ‘no, mi país me necesita y más mi Alvear”, cuenta Marisa con orgullo.

El país no estaba preparado para una guerra de semejante dimensión. Así, muchos de los compañeros de Marisa murieron en el campo de batalla, otros en el hundimiento del Crucero Belgrano. Hasta el buque hospital fue bombardeado por los ingleses.
Pasaron 32 años para que Marisa volviera a reencontrarse con sus compañeras de la Marina. El lugar  fue Mendoza, en un café céntrico de

General Alvear. La idea fue planear una juntada anual en la cual estas heroínas de Malvinas pudieran charlar de sus vidas y los rumbos tan dispares que habían tomado. De aquel grupo inicial algunas fallecieron, otras abandonaron la carrera y finalmente solo 12 se recibieron. 
En 2014 el Congreso de la Nación nombró a Marisa Peiró “Orgullo Argentino”. Hoy, emocionada, casi quebrada, rememora aquel momento: “Había soldados allí que gritaban ‘hermana, vos nos salvaste la vida’”. 

Quienes estuvieron en una guerra saben que las esquirlas más dolorosas son las que perduran en el tiempo, que las cicatrices del cuerpo pueden desaparecer pero difícilmente ocurra lo mismo con las del alma. Sin embargo, Marisa supo sanar sus propias heridas, como buena enfermera que es. Pudo mirar al futuro con mucho valor y luchar por sus derechos y el de sus compañeras. “Este año esperamos nuestra veteranía; el gobierno se olvidó de estas jóvenes guerreras que defendieron la patria hasta con los dientes”, afirma con énfasis.

El reloj avanza; Marisa se tiene que ir a cumplir con su labor en Montreal, Canadá. Allí transcurre su vida desde hace 20 años. Mucho antes de partir al país del norte se casó en Alvear, formó una familia y hoy tiene 3 hijos: una mujer de 27 años y gemelos de 26 años.

Actualmente está separada y todos los años vuelve al terruño que la vio nacer: “Cada vez que vengo me quedo cuatro meses con mi hermana discapacitada, jamás me acostumbré a Canadá. Mi gente, mis amigos, están todos en Alvear, pronto voy a volver, a mi pueblo no lo cambio por nada del mundo”.

Así concluye la charla con Marisa Peiró, una heroína que lleva tatuada en el alma esa célebre frase que reza “Mujer bonita es la que lucha”.