19 de febrero de 2013 - 00:13

Apocalipsis: aquellos y estos

Primera parte de una nota (mañana se publicará el final) sobre las visiones acerca del futuro y el fin de los tiempos en diversos pueblos y culturas a lo largo de la historia.

Ansiosa de futuro, la humanidad festejó anticipadamente el comienzo del milenio. Casi como si ya no supiéramos contar de 1 a10. Así, no es de extrañar que busquemos datos sobre el fin del mundo en una inscripción maya, en el mismo año en el que, al mejor estilo de la épica hollywoodense, con la así llamada "máquina de Dios", los científicos intentan reproducir en el laboratorio la chispa inicial del universo.

Otra paradoja: aunque admitido de manera sesgada se trabaja en el proyecto de ir a Marte a buscar un poco de agua salvadora aunque implique gastar toda el agua de nuestro planeta, perfectamente dotado para la vida. Vida que nos empeñamos en destruir en una loca carrera consumista al tiempo que anhelamos encontrarla en las estrellas.

Pasó el 21D y nos olvidamos del fin del mundo, en tanto los desastres ecológicos producen Apocalipsis cotidianos en diversos lugares de la Tierra. Algo que los propios mayas vivieron y que pudo ser la causa del eclipse de su cultura. Podemos desechar la idea de un gran cataclismo final pero algo hay que hacer en el día a día.

Hay otra muy posible fórmula apocalíptica: la del impacto de un asteroide de una magnitud semejante a la que -dicen- hizo desaparecer a los dinosaurios. De hecho ya se han hecho ejercicios de tiro para evitar un choque de esa naturaleza.

Mientras la mayoría desdeña asumir responsablemente el tema, algunos acumulan alimentos y se pertrechan en sus bunkers. La imagen de una hermosa familia preper con impresionantes rifles en sus manos, para defenderse -¿de qué o de quién?- me provocó un sentimiento raro, en esos días en que 27 personas, entre ellos 20 pequeños, fueron asesinadas por un experto tirador de apenas 20 años. Que por lo visto, también estaba preparado para morir, pero no para vivir. El suceso me hizo entender como nunca antes aquellas palabras evangélicas acerca de temer a los que matan el alma porque sin el alma el cuerpo ya no vale nada.

Cuando el reinado de la confusión parece ser el negocio, la claridad y la coherencia tienen pocos seguidores. Nos fugamos de la realidad de muchas maneras, no pocas de gran nivel científico y político, oscilando entre la celebración y la agresión y es así como somos cada vez más frágiles en nuestra loca búsqueda de seguridad.

Mundos que acaban

La historia humana muestra que es la confrontación con lo diferente lo que inquieta y descalabra porque destruye andamiajes intelectuales, creencias y rituales. La conquista de América acabó con el antiguo mundo indígena pero a la vez la irrupción del Nuevo Mundo se constituyó para el Viejo como un desafío que todavía perdura. Choque y encuentro de dos mundos que continúan enfrentándose y encontrándose.

Los aborígenes americanos, tal como europeos y asiáticos, conocían el hacerse y deshacerse de sus mundos. El imperio azteca fue el último gran dominio construido en México; su historia en el valle tenía apenas 300 años a la llegada de Cortés. Situación histórica casi paralela a la de los Incas en el Perú.

Los aztecas o mexicas no tenían idea acerca de quiénes habían desarrollado, mil años antes, la gran ciudad que ellos llamaron Teotihuacán: la ciudad de los dioses. El eclipse del mundo maya clásico se ha atribuido a causas diversas: desastres naturales, crisis ecológica y, asociadamente, hambruna y guerras entre ciudades, que fueron muriendo una a una y sus monumentos tapados por la selva.
También acaba Tula, la capital de los toltecas, pueblo de guerreros que emigran hacia oriente, al Yucatán, llevando a su dios tutelar, Quetzalcoatl o Kukulcán en maya, "la serpiente emplumada". El florecimiento maya-tolteca que dio frutos bellísimos en, por ejemplo, Chichén-Itzá, resiste a las guerras tribales durante tres siglos, pero, a la llegada de los españoles la declinación ya era un hecho. Es el momento que refleja el film de Mel Gibson, Apocalypto.

A esa fecha el imperio azteca está en su esplendor, pero herido de muerte. En el momento que afirman su señorío sobre los pueblos locales los aztecas van darse un relato histórico a su medida. El jefe Tlacaélel "ordenó …   quemar los antiguos códices, disponiendo se pintara otros con las nuevas ideas". (Miguel León-Portilla).

Esta sustitución y una construcción teocrática que los define como "pueblo del sol" y convierte a los aztecas en sostenedores y guardianes de la vida del sol, siempre amenazada, será finalmente una carga angustiosa e intolerable. La idea de "soles" que acaban en cataclismos, o sea, eras o ciclos de inevitable consunción, se da aquí y no en el antiguo mundo maya. Los interminables sacrificios humanos que el sostén del sol exigía y el temor por el regreso de Quetzalcoatl preparó a la casta imperial de la peor manera frente a esos desconocidos venidos de Oriente. Esta suerte de "mala conciencia" que establecía un antagonismo con la filosofía espiritualista local fue la perdición de Moctezuma.

Un mundo nuevo y su Apocalipsis

La irrupción del Nuevo Mundo americano fue y es todavía fuente de tensiones. El presunto Apocalipsis maya nos lleva inevitablemente a considerar la actualidad de muchos mitos surgidos al calor de aquel tremendo acontecimiento. Desde la ubicación del Paraíso en esta tierra, hasta la reedición de la Edad de Oro griega, el Buen Salvaje, El Dorado, la Ciudad de los Césares, Utopía, Jauja, la naturaleza americana inmensamente rica es propicia para estos espejismos.

Ellos han coloreado de algún modo el concepto de América que se hace el resto del mundo. Entre nosotros las creencias más perdurables y movilizadoras, con el Buen Salvaje un tanto desacreditado, son Utopía y Jauja.

Utopía, el libro de Tomás Moro, situaba en América la concreción de antiguos ideales de perfección, con una sociedad sin codicia puesto que todas sus necesidades estarían satisfechas.

El país de Jauja es un lugar fabuloso, de abundancia sin esfuerzo, del cual ha desaparecido la bíblica maldición del trabajo. Encuentra, creo, su mejor descripción en la extraordinaria y celebérrima pintura de Hyeronimus Bosch "El jardín de las delicias". En él todo es placentero, no hay culpa, prohibiciones ni esfuerzo. El hombre se ha liberado de la conciencia del Bien y del Mal. La fantástica imaginación del artista se despliega en infinidad de objetos y seres: personajes volcados a placeres carnales delirantes, animales fabulosos, flores monstruosas, un universo de esferas y tubos cristalinos como un moderno laboratorio. Ese "mundo feliz" se revela, sin embargo, como el reino de la estupidez.

La creencia en la inagotable abundancia americana tiñó también la mentalidad del inmigrante moderno. Utopía y Jauja están siempre a la mano de nuestras fantasías, pero con sus espejismos de felicidad nos encierran y condenan a la frustración, el fracaso, la irresponsabilidad y la consecuente violencia.

Búsqueda absurda de Utopía -lugar que no existe- no es ideal sino Quimera, ese monstruo. Junto con Jauja, promesa de eterna fiesta, ¿no son hoy las promotoras de nuestros tristes Apocalipsis?
Apocalipsis es palabra griega: significa revelación. Es el último libro de la Biblia, escrito, según la tradición, por el Evangelista Juan en su destierro en la isla de Patmos. Como el texto se refiere a los tiempos finales de la Humanidad la palabra Apocalipsis pasó a designar esos eventos y más concretamente el Juicio. Se trata en rigor de dos "Apocalipsis". Un primer juicio dará paso al reinado de Cristo en la tierra durante mil años. Concluirá con nuevas turbulencias y luchas para derrotar definitivamente al Mal. Sobreviene entonces el Juicio con el que "pasará la figura de este mundo y la humanidad entrará en su descanso", y que instaura el triunfo de los justos en su dimensión sobrenatural.

En los primeros años de la conquista la esperanza de ver el reinado milenario de Cristo en esta tierra considerada limpia e inocente dotó de una fuerza extraordinaria a la evangelización.

En Europa, baste recordar la inagotable creación artística medieval y renacentista, que tiene su apoteosis en el Juicio Final de Miguel Ángel en el muro de la Capilla Sixtina.

Hoy, la desorientación en que vivimos hace que sea vista -casi con fruición- como plausible la premonición del final-final, sin más, presuntamente escrito en una piedra. En tanto, la convocatoria de la trompeta de Miguel al valle de Josafat parece menos atractiva y concita temor.
El presagio del fin del mundo nos encuentra menos preparados que las hormigas ante la tormenta inminente.

Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.

LAS MAS LEIDAS