- “Señora, acá dice ‘Flematyl Forte’ y ése es un medicamento para adultos porque tiene antihistamínico y no puede ser que se lo hayan dado para el niño, así que tiene que pedirle de nuevo la receta al médico...”.
- “Señora, acá dice ‘Flematyl Forte’ y ése es un medicamento para adultos porque tiene antihistamínico y no puede ser que se lo hayan dado para el niño, así que tiene que pedirle de nuevo la receta al médico...”.
- “Pero es que vengo de Lavalle, y el nene tiene mucha tos y fiebre...”.
- “¡Mire, yo no se lo puedo vender! ¡O está mal hecha la receta o acá dice otra cosa! ¡Así que váyase al centro de salud a ver si la pueden ayudar...!”.
Diálogos como éste se producen todo el tiempo en los mostradores de las farmacias. Cuando uno es sólo un testigo, se compadece con la víctima y desea de corazón que su achaque no sea grave. Pero si la maldición de la letra del médico te cae a vos, ahí te quiero ver. Con perdón de mis amigos y parientes “tordos”, da ganas de acogotar al “profesional” que escribió como si fuera un manco con un lápiz entre los dientes “100 mgr” en lugar de “10 mgr”. O “Flatiprazol” en vez de “Flatiprazul”. O que te indicó una marca de medicamento que vale ¡tres veces más que el genérico!
Uno se pregunta: “¿Cómo puede ser que en la era de internet y los teléfonos que te reconocen por la mirada te hagan perder tanto tiempo por un papelito mal hecho?”. Para los que tienen nervios de acero y recursos, ese inconveniente no es de vida o muerte, pero para muchos que “andan a pata” o carecen de dinero puede ser trágico. Un día de deambular por consultorios para conseguir la indicación puede agravar una enfermedad. No es pavada.
Frente al problema, por suerte, uno de los representantes del pueblo mendocino, la senadora radical María José Sanz, elaboró y le fue aprobado en la Legislatura un proyecto para modificar el artículo 34 de la ley 2636, que regula el ejercicio de la medicina, odontología, bioquímica, y profesiones afines.
“Las recetas deberán instrumentarse en formularios en idioma castellano...”, comienza el texto, aportando una reglamentación que evita la necesidad de un traductor diplomado ante una prescripción escrita (en una distracción, claro) en chino. Pero sigue con un diagnóstico más alentador: “Los errores relacionados a las recetas indescifrables... imposibilitan lograr el tratamiento buscado, generan un perjuicio para el paciente, lo que constituye un problema social...”.
Hasta que da en el clavo, o más bien en el Enter, al notar: “En este escenario, advertimos que las tecnologías de la información y comunicación (TIC), proveen una serie de herramientas que agilizan la vida diaria, por lo que la emisión de una prescripción médica puede verse facilitada con la utilización de esas herramientas informáticas”.
¡Aleluya! ¡Bravo! ¡Al fin! ¡Habrá paz en los mostradores!
En este punto hay que reconocer que OSEP implementó este sistema hace un año y está funcionando. Pero pronto, si el gobernador Alfredo Cornejo firma la ley que tiene en su escritorio, a todos los médicos no les quedará más remedio que escribir lo correcto y mandar la información por internet a la farmacia. O algo así. Y las recetas pasarán como por un tubo, decía mi abuelo.