14 de abril de 2018 - 00:00

¡Al diablo con todo! - Por Jorge Sosa

Si el infierno no existe puede llevarnos a portarnos mal todas las veces que podamos, total no habrá castigo allá adelante.

Unas declaraciones del Papa concedidas a un periodista han sacudido la modorra religiosa. Dijo Francisco, o dejó deslizar en sus dichos, que el infierno no existe. Su declaración abre una discusión que va a abarcar miles de años, desde que el concepto del infierno entró en las mentes de los habitantes de este cascotito cósmico llamado Tierra.

Si el infierno no existe, no tiene un lugar escriturado, entonces no cabría el título de propiedad para nadie. Ergo: el diablo tampoco existe o en todo caso sería un ser maligno y trashumante sin domicilio fijo. Un paria.

Esto nos da vuelta toda la teología, la filosofía, y la disparatería que nos ha andado rondando por siglos. Porque desde que nacemos el concepto de diablo y de infierno han estado firmemente arraigados en nosotros y todos los creyentes daban por sentada su existencia. Era cosa no discutible.

Pero las declaraciones vienen del propio Papa y entonces tenemos que darle la importancia que revisten, aunque en su aceptación se nos vayan años de llamaradas en donde se quemaría La Divina Comedia de Dante Alighieri.

Si el infierno no existe, entonces ¿todos tenemos como destino final el paraíso, ah? Es embromado el concepto porque puede llevarnos a portarnos mal todas las veces que podamos, total no habrá castigo allá adelante. A lo mejor muchos de los notables de la Argentina, sobre todo en el plano político-económico tienen la certeza de la inexistencia del infierno, por eso se portan decididamente peor.

Muchos de nosotros tienen al diablo como una cosa cierta. Es más, una de las más nombradas: Lucifer, Satanás, Belial, Satán, Samael, Belcebú, la Bestia y otros apelativos nada benignos. Inclusive el diablo nos sirvió también para discriminar, porque uno de sus nombres en esta zona del planeta es Mandinga. Mandinga es el nombre de un grupo étnico del África occidental que está desparramado por varios países actuales: Gambia, Guinea, Mali, Liberia, Sierra Leona y Burquina Faso, entre otros.

Los españoles ligaron todo lo que sea malo a los negros que ellos explotaban y entonces surgió el nombre mandinga para llamar al diablo. Los nativos del altiplano, en cambio, lo llaman Zupay, jefe de la Salamanca (lo que Salamanca non da Google te lo presta).

Me preocupa: si el infierno y el diablo no existen, ¿qué hacemos con tantos refranes que lo nombran? “Tiene el diablo en el cuerpo”, “¡Al diablo con todo!”, “Donde el diablo perdió el poncho”, “¡Vade retro!”. “El diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo”. “Si Dios no te da hijos, el diablo te da sobrinos”. “A las armas las carga el diablo”. Más la dirección gaucha: “Donde el diablo perdió el poncho”.

Me preocupa el diablo porque de no haber infierno él no tendría un lugar para residir, ni un mísero terrenito lleno de brasas, ni siquiera una parcela dentro de los volcanes. Tendría que gestionar un crédito pro vivienda (oficial a tasa reducida) para poder albergarse y tener lo que se llama un dominio.

Me preocupa, tanto a mí como a la Diablada de Oruro, porque entonces carecería de sentido el castigo y aquellos que merecen ser castigados en este mundo tampoco lo serían en el otro y entonces esto puede transformarse en un "viva la Pepa" más grande que el que existe en la actualidad. 
Por las dudas no le voy a jugar más a la quiniela al 666.

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