Hace poco me preguntaron si estaba de acuerdo con un argumento de T. S. Elliot que señala que la función de la educación consiste en ayudarnos a escapar “de las limitaciones emocionales e intelectuales de nuestro tiempo”.
Hace poco me preguntaron si estaba de acuerdo con un argumento de T. S. Elliot que señala que la función de la educación consiste en ayudarnos a escapar “de las limitaciones emocionales e intelectuales de nuestro tiempo”.
El sentido del texto de Elliot pudiere estar descontextualizado, por lo que me remito a la interpretación de la frase referida.
“Escapar” siempre es una palabra de la que deberíamos “sospechar”. Pensaría, por el contrario, que la educación nos ayuda a “hacernos cargo” de aquello que nos limita en cualquier sentido: espiritual, intelectual y en cualquier faceta de cada uno de estos dominios. Es un salir al paso a las falacias argumentales, a los caprichos de la gestión, a los autoritarismos sustentados en la emocionalidad o en la mentira pública, al mismo tiempo que a lo más predilecto de lo que la historia de la humanidad ha generado.
“Escapar” es una manera de “esconderse”, de perder el coraje para asumir que siempre la vida es algo complejo, pleno de sinsabores e instantes de alegría, pero también pleno de esfuerzos no necesariamente reconocidos; es un camino en el que acechan visible o invisiblemente las agresiones, las más de las veces no merecidas.
Mal haría un sistema educativo que enseñara a escapar de algo. La literatura nos muestra que los grandes personajes de la historia siempre han enfrentado el sinsabor, la injusticia, la traición, la discriminación; en fin, tantas manifestaciones del lado oscuro del corazón y de la mente. Pero precisamente, el enfrentar y no escapar, es lo que los ha hecho grandes.
Escapar significa dejar que parte del mundo lo gobiernen los “miserables”, expertos en oscuridades, los que no merecen un lugar en la historia que trasciende, aunque humanamente tengamos que convivir con ellos, aunque sin caer en sus códigos de actuación.
La educación nos permite transitar hacia la libertad identificando lo oscuro y lo lúcido; lo que es injusto y lo que es justo; al vendedor de mentiras y al que lucha sostenidamente en busca de la verdad.
Es por ello que necesitamos más que nunca una educación capaz de penetrar en los recovecos de la mentira y de la verdad: científica y cultural, descifrando o deconstruyendo los actos que van conformando nuestro diario vivir. Y el único camino que lo permite es la cultura, el saber, tareas fundamentales de la educación.
No decepcionemos a las nuevas generaciones, instruyámoslas para que no se escondan o naturalicen fenómenos o hechos de dudosa reputación.