28 de junio de 2017 - 00:00

¿Creencia es lo mismo que fe?

Hace tiempo que vengo rumiando, intelectual y afectivamente, la pregunta que encabeza esta nota. Hoy, deseo poner a consideración de los lectores lo que me digo a mí mismo sobre el tema.

Desde hace unos años, son cada vez más las voces, desde dentro del campo cristiano (también católico), que ponen en cuestión la lectura literal de las creencias, propugnando incluso un cristianismo post-religioso.

Se trata de las repercusiones inevitables del llamado "cambio de paradigma" que se produce en el paso de la pre-modernidad a la modernidad y post-modernidad.

Desde un nivel mítico de conciencia, las creencias -con las que se ha crecido y que han estado vigentes durante siglos- se aceptan en su literalidad; los cuestionamientos, si los hay, son parciales y minoritarios. Al decir "creencias", no me refiero únicamente a las de contenido religioso.

Se trata de "todas las cuestiones (culturales, políticas, científicas, económicas) aceptadas sin una conciencia crítica".

Una vez superada la conciencia mítica, desde el nuevo nivel racional, aquellas mismas creencias que antes habíamos aceptado sin dificultad, empiezan a resultar literalmente inasumibles. Eso explica que, antes o después, de manera inevitable, se haga presente la crisis: una conciencia crítica no puede aceptar, "en su literalidad", los dogmas de una determinada doctrina.

Las creencias surgen y se presentan como fuente de seguridad personal y de cohesión del grupo. Habitualmente, la persona pone su seguridad en sus propias creencias que, compartidas, explican y refuerzan la unidad del grupo. Se entiende, desde aquí, que el grupo no acepte o persiga a quienes las cuestionan.

En el caso de las creencias religiosas, estas son consideradas como apoyos "absolutos", por cuanto dicen provenir -nada menos- que del propio Absoluto o Dios. Se presentan, por tanto, como dadoras absolutas de sentido para la vida y para la muerte.

Sin embargo, esa oferta de seguridad tiene un precio elevado

Entre los riesgos que encierran las creencias habría que señalar los siguientes: dogmatismo, fundamentalismo, fanatismo, intolerancia, eliminación del otro diferente… Quien se cree portador de la verdad absoluta resulta siempre peligroso. Su propia sensación de "superioridad" se reflejará inevitablemente en un comportamiento extraño que puede ir desde el paternalismo hasta el proselitismo o la imposición. Todo ello, como es obvio, se acentúa hasta el extremo cuando se alcanza una situación de poder.

Pero, basta tomar un mínimo de distancia para apreciar que esas creencias se mantienen únicamente mientras existe la fe en ellas; es decir, retirada la fe o la adhesión, las creencias caen.

¿Qué valor real pueden tener y qué apoyo seguro podrían ofrecer unas creencias que, para mantenerse, necesitan la adhesión de quienes las aceptan?

En algunos casos, al ver cuestionadas sus creencias, la persona puede adoptar una "actitud integrista", atrincherándose en sus propios puntos de vista y rechazando, del modo más radical, todo aquello que sea fuente de cuestionamiento. En el extremo opuesto, puede haber quien, al descubrir el carácter relativo de aquellas creencias a las que había atribuido un valor absoluto, decepcionado y frustrado, "opte por el escepticismo o el cinismo más amargo".

¿Y la fe?

Debo decir, en primer lugar, que la fe no es "algo" que se tiene (en la cabeza, en la mayoría de los casos), sino que es un "modo de vivir". Un modo de vivir que se puede definir como "seguir a Jesús de Nazaret".

Seguirlo como "nuestro camino", "nuestra verdad" y "nuestra vida". Es depositar la confianza de toda nuestra existencia -que incluye nuestro ser, nuestro sentir, nuestro pensar y nuestro actuar- en el modo de vida y en la conducta que llevó Jesús.

Jesús se presenta como camino que conduce y acerca al Padre de todo y de todos, al misterio profundo de nuestra vida. Dios no se impone. No fuerza a nadie con pruebas ni evidencias. El Misterio último es silencio y atracción respetuosa. Jesús puede ir transformando nuestra vida como alguien que, desde lo más profundo de nuestro ser, infunde en nosotros un germen de vida nueva. Germen que se va desarrollando en la medida en que nuestra existencia sigue las huellas que Él nos dejó con su vida.

De poco sirven los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia y la moral, si en el corazón de los seguidores de Jesús no arde la "experiencia interior" de Dios. Muchos de quienes nos decimos cristianos, vivimos  -casi siempre- en la corteza de la vida. Todo nos está presionando para movernos con apuro, sin detenernos en nada ni en nadie. Se nos está olvidando qué es saborear la vida desde dentro, desde donde venimos y hacia donde vamos.

En los templos y en las catequesis se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo los creyentes escuchamos la presencia callada de Dios en lo más hondo del corazón? ¿Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios dentro de nosotros? Al tiempo que "hacemos bajar" esa presencia a la realidad concreta que vivimos cada día. Es contradictorio intentar sentirnos cerca de Dios si no lo demostramos con lo que hacemos. Ya lo advirtió Jesús: "el árbol bueno se conoce por los buenos frutos".

Hay dos hechos que no es difícil comprobar en este nuevo milenio en el que vivimos desde hace unos años. Por una parte, está creciendo, en la comunidad humana, la expectativa y el deseo de un mundo mejor. No nos contentamos con cualquier cosa: necesitamos progresar hacia un mundo más digno, más humano y dichoso

Por otra, está creciendo -al mismo tiempo- el desencanto, el escepticismo y la incertidumbre ante el futuro. Hay tanto sufrimiento absurdo en la vida de las personas y de los pueblos, tantos conflictos envenenados, tales abusos contra el planeta, que no es fácil mantener la fe y la esperanza.

Nunca entenderemos ni viviremos la fe cristiana si no nos acercamos a Jesús como el camino a seguir, la verdad a practicar y la vida que merece ser vivida.

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