5 de enero de 2013 - 01:41

Venezuela: sin Chávez, se debilita la alianza con Cuba

El secretismo alrededor de la la enfermedad del presidente venezolano deja al descubierto el temor por el vínculo económico de la isla.

La paradoja de la enfermedad de Hugo Chávez es que el extraordinario secretismo que la rodea acabó por exhibir casi bajo el sol las siluetas de la lucha interna que ha existido siempre en los cimientos de la “revolución” bolivariana.

La información a cuenta gotas del agravamiento del comandante, buscaría hacer común la idea de que el fundador de este modelo no volverá a timonearlo y no estará el próximo jueves 10 para asumir su cuarto mandato consecutivo. Pero esas dosis homeopáticas de la verdad se sueltan al ritmo de los acuerdos que tejen esos bandos que emergen con multiplicada potencia ante un futuro en el que todo está en riesgo. No sólo en Venezuela.

Cuba, el principal socio del chavismo, se encuentra con que ha reiterado con Caracas el mismo error de dependencia que llevó a la isla a la quiebra a comienzos de los ’90 cuando estalló la Unión Soviética. El efecto de aquel tsunami fue que la economía cubana se estrujara cerca de 40% con los autobuses tirados por yuntas de bueyes por la falta de combustible.

La nomenclatura cubana no había previsto que la URSS podía fallecer. Que tal cosa estaba en la realidad, como sucede ahora sin plan B con la enfermedad de Chávez. La eventual muerte del presidente venezolano desnuda los límites del relato absolutista bolivariano pero abre, también, una peligrosa grieta geopolítica en todo el Caribe.

La cumbre de la cúpula venezolana del jueves en la capital cubana para acordar la transición no fue la prueba de la colonización de Caracas por La Habana, como simplificó algún sector de la oposición antichavista. Más bien a la inversa, ese encuentro fue producto de la necesidad y de la debilidad. Venezuela ha estado sosteniendo a Cuba con una ración de 10.000 barriles diarios de petróleo a precios irrisorios y créditos de hasta un cuarto de siglo al 1% que le permitieron a la isla aliviar, aunque no resolver, la crisis que sufre su economía y controlar a una población con altos niveles de frustración, como reconoció el propio Raúl Castro.

Chávez se preocupó de que esa asistencia fortaleciera a los sectores más conservadores de la isla para desflecar el ímpetu de los aperturistas, entusiasmados con un esquema de libre mercado como el que impuso la comunista Vietnam para salir de la pobreza. Lo último que quería la Venezuela chavista era que su socio y ejemplo revolucionario emulara el pragmatismo asiático recibiendo en sus narices a Wal Mart y a Starbucks. Es legendaria la leyenda de las furias del “raulismo” con Chávez por esa deriva que condenó a la retórica su plan de reformas económicas.

El poder bolivariano, sin embargo, no es homogéneo como se supone ni tampoco lo es la preferencia por Cuba, especialmente en estas épocas de necesidad y de alta inflación. Uno de los blancos de los críticos internos es el programa Petrocaribe, la iniciativa estrella del chavismo que tiene en su vértice a La Habana y distribuye crudo a precios irrisorios en un mercado de 70 millones de personas de América Central y El Caribe. Son US$ 7 mil millones de asistencia que podrían desaparecer de un instante al otro.

El más duro de esa línea “pragmática” es el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, un ex militar que amasó una fortuna en estos 14 años de chavismo y es uno de los rostros de la llamada boliburguesía. Cabello tiene control sobre el partido gubernamental y los cuarteles y es a quien le toca asumir la presidencia provisional si Chávez no lo hace el 10 de enero, y organizar y llamar a nuevas elecciones.

Frente a esta notable emergencia, La Habana respalda a Nicolás Maduro canciller, vicepresidente y sucesor designado por Chávez. Y amplió la influencia a un amplio grupo de los más fieles, conocidos en Venezuela como “los cubanos”, que incluye al hermano mayor del presidente Adán Chávez y a legisladores como la esposa del propio Maduro, la procuradora Cilia Flores. Hoy sábado es un día clave en este tejido porque el Congreso unicameral renueva su dirigencia. En el tironeo se especuló con el relevo de Cabello por Blanca Rosa Eckhout, vicepresidenta de la Asamblea y muy allegada al mandatario enfermo, o por el diputado Fernando Soto Rojas, que desató una controversia al homenajear al guerrillero procubano colombiano Manuel Marulanda “Tirofijo”.

Todo parece indicar, sin embargo, que Cabello seguirá en su sillón porque, además, cuenta con el previsible voto de la oposición (68 de las 165 bancas) que se monta así en la interna del oficialismo. La cumbre el jueves en La Habana responde con realismo a ese escenario. No es casual que en esa mesa haya estado Cabello y el halcón cubano Ramiro Valdés, a quien Chávez convirtió en asesor en temas de seguridad, lo que generó disgusto en la oficialidad venezolana donde, recordemos, el jefe del Legislativo pisa fuerte. Cabello y Maduro aparecieron luego juntos en un acto en Caracas compartiendo el micrófono en una clara señal de que hubo humo blanco.

Ese pacto abre diversos escenarios, entre ellos la probable postergación, con aval del Supremo colonizado por el chavismo, de la fecha de asunción. Eso se haría ignorando la Constitución que, es cierto, habilita (Art. 234) hasta 180 días para las ausencias temporales del mandatario. Pero Chávez termina su mandato el 10 y no tendría ese privilegio porque no sería presidente si no asume el siguiente período. Cabello y Cilia Flores adelantaron ya lo flexible del criterio al sostener que el 10-E es un mero formalismo.

Posponer esa fecha permitiría que Maduro siga como vice hasta ordenar la casa, se anuncie lo que deba anunciarse y se llame a elecciones. Esa demora conviene a la oposición, que viene de dos derrotas consecutivas y no podría vencer inmediatamente al hombre bendecido por el líder desaparecido.

Pero ese ordenar la casa es un desafío complejo. Para ganar las elecciones de octubre pasado Chávez emitió dinero sin límites y dejó un rojo fiscal de más de 20% del PBI. La tensión económica es tal que el dólar paralelo cotiza a 19 bolívares contra 4,3 del oficial. Hace dos años un escenario igual fue atacado con una devaluación de 50%, una corrección durísima en un país que todo lo importa, incluyendo los alimentos. Pero si habrá nuevamente elecciones, ese camino no es posible hoy porque además Maduro no tiene el peso de su mentor para frenar el enojo popular frente al ajuste. Es una encrucijada. Por eso la plata que va a Cuba tienta a varios de quienes quieren salir de ella.

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