3 de mayo de 2014 - 21:40

Veinte años del túnel del Canal de la Mancha

A pesar de las resistencias iniciales y de los problemas financieros que tuvo la empresa, en la actualidad ni parisinos ni londinenses se imaginan su vida sin ese cruce de 38 km por debajo del mar.

Los miedos a una invasión de animales rabiosos, de terroristas o de inmigrantes clandestinos, se apoderaron de los británicos antes de la inauguración del túnel del Canal de la Mancha el 6 mayo de 1994 pero, después de 20 años, se han disipado.

Los detractores del proyecto en la orilla norte del canal que separa Francia de la isla de Gran Bretaña, temían un recrudecimiento del narcotráfico, la aparición de un hongo en el vergel de Kent e, incluso, una plaga de arañas francesas. Las hipótesis más dramáticas eran las relativas a un hundimiento de galerías subterráneas debido a inundaciones, terremotos, atentados o incendios.

El 10 de febrero de 1986, ocho años antes de la inauguración, el secretario de Estado de Transportes, Nicholas Ridley, se dirigió en estos términos a los diputados escépticos: “¿Llegará la rabia? ¿Nos invadirán los rusos por el túnel? ¿Debe Gran Bretaña seguir siendo una isla? Entiendo estos argumentos emocionales pero no creo que sean racionales.

En 2014, los partidarios del túnel citan al dramaturgo William Shakespeare para subrayar que hubo "mucho ruido y pocas nueces".

Es cierto que hubo un incendio en una lanzadera de carga en noviembre de 1996. O el intento concertado de cientos de indocumentados de adentrarse en el túnel el 26 de diciembre de 2001. Pero exceptuando algunos incidentes, fallos y retrasos aislados, el balance es globalmente positivo.

Veinte años atrás circulaba una broma que decía que en caso de niebla en el canal, los británicos consideraban que el continente estaba cortado de Inglaterra.

Hoy, esos mismos isleños viven mal una huelga o una interrupción del tráfico. La prensa se hizo ampliamente eco de la ira de los londinenses "atrapados" tras la suspensión de las conexiones ferroviarias y aéreas durante el invierno de 2009. En 1994, 75% de ellos señalaban en los sondeos que no contemplaban cruzar a Francia bajo el mar.

Psicólogos y psiquiatras opinaban sobre los eventuales traumas que provocaría un anclaje al continente.

Prodigio constructivo

El túnel o canal de la Mancha,  fue un prodigio de la ingeniería en el que participaron 12.000 personas y una epopeya financiera. Desde un punto de vista técnico, el túnel ferroviario submarino más largo del mundo, con cerca de 38 km bajo el mar (de un total de 50), es toda una hazaña de la ingeniería. Pero las finanzas estuvieron a punto de estropearlo todo, con los problemas entre constructores y concesionarias, los sobrecostos y los retrasos, que incidieron en la explotación comercial.

Las obras duraron seis años y movilizaron a 12.000 ingenieros, técnicos y obreros calificados. La tarea era inmensa: excavar los tres túneles (uno para cada sentido de la circulación y un tercero de servicio en medio), construir las dos terminales, efectuar los montajes electromecánicos y las pruebas y finalmente entregar las primeras lanzaderas.

La vía, de uso exclusivamente ferroviario, sólo acepta vehículos a bordo de las lanzaderas, “ya que es muy difícil ventilar un túnel”, explica Michel Lévy, director del grupo de ingeniería Setec, que trabajó en el proyecto del lado francés para el que se utilizaron once perforadoras.

El túnel, que costó 15.000 millones de euros, ha sido utilizado por 330 millones de pasajeros. Es la vía férrea más utilizada del mundo y los días punta circulan hasta 400 trenes.

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