28 de septiembre de 2026 - 19:14

Una escuela rural de San Martín lucha contra el abandono y su director está entre los tres mejores de Argentina

Ariel Bizzotto es el responsable de la Escuela 1-591 Luis María Drago, de Colonia Gómez. Fue seleccionado entre más de 200 postulaciones de todo el país para el Premio Santander al Liderazgo Escolar.

Ariel Bizzotto tiene 48 años y hace siete que dirige la Escuela 1-591 Luis María Drago, ubicada en Colonia Gómez, en el distrito de Montecaseros, San Martín. Todos los días sale de su casa en Maipú y recorre unos 120 kilómetros para llegar hasta el establecimiento rural. Ahora, su trabajo quedó entre los tres proyectos finalistas del Premio Santander al Liderazgo Escolar, una iniciativa de Santander Argentina junto con Fundación Varkey que recibió más de 200 postulaciones de todo el país.

La escuela que dirige Bizzotto tiene actualmente 69 alumnos. La matrícula, sin embargo, fue muy diferente. Según recuerda el director, hace entre diez y quince años llegó a tener unos 170 estudiantes. La explicación está en una transformación que excede a la escuela: la falta de agua fue dejando atrás numerosas fincas y obligó a muchas familias a buscar otras fuentes de trabajo.

“Hay muchas fincas abandonadas, muchas casas abandonadas, los niños se están yendo”, cuenta Bizzotto. El paisaje de Colonia Gómez, explica, cambió con el tiempo. Donde antes había establecimientos productivos y familias vinculadas al trabajo rural, hoy quedan terrenos y viviendas sin uso.

La escuela quedó en medio de esa transformación. Para llegar, Bizzotto recorre desde San Martín otros 12 kilómetros por camino de tierra después de atravesar la zona de Montecaseros. Los alumnos, a su vez, llegan desde distintos puntos rurales. La institución organiza cinco recorridos de transporte escolar y buena parte de los estudiantes vive a más de dos kilómetros.

Pero para Bizzotto la escuela no puede limitarse a acompañar esa realidad. “Acá los niños vienen felices”, dice. El establecimiento funciona como lugar de aprendizaje, pero también como un espacio en el que los chicos desayunan, almuerzan, reciben útiles, libros y acompañamiento de sus docentes.

La situación económica de algunas familias está presente. Hay padres sin trabajo estable y adultos que realizan changas. También hay tres alumnos cuyos tutores son sus abuelos, debido al fallecimiento o abandono de sus padres. Bizzotto aclara que esos casos no representan una problemática generalizada de la comunidad y destaca el papel de esos abuelos como responsables de los chicos.

Uno de los desafíos cotidianos es garantizar la alimentación. La escuela recibe 60 raciones para una matrícula de 69 alumnos y, según explica el director, las cocineras deben organizarse para que la comida alcance para todos.

“No por ser una escuela rural vamos a darle menos”

Bizzotto insiste en una idea que atraviesa su manera de entender la educación rural: los alumnos deben recibir los mismos contenidos que cualquier estudiante de una escuela urbana. “Acá no vulneramos la educación de los niños. Acá es una escuela como si fuera del centro”, sostiene.

Los docentes trabajan con el diseño curricular provincial y, aun cuando existen grados múltiples, buscan que todos los alumnos incorporen los contenidos previstos. En la escuela hay docentes que tienen tres grados juntos. Para Bizzotto, esa modalidad puede convertirse incluso en una herramienta de aprendizaje, porque los estudiantes de diferentes edades comparten contenidos y experiencias.

Después de terminar la primaria, los alumnos continúan sus estudios en escuelas de la zona y, según el director, muchos logran incorporarse sin dificultades. “Acá tengo niños brillantes”, afirma. El hecho de que los chicos no tengan teléfonos celulares en la escuela también aparece, en su mirada, como una particularidad frente a lo que ocurre en establecimientos urbanos.

De una víbora a un centro de salud

Cuando Bizzotto llegó a la Luis María Drago, se encontró con una necesidad que excedía las cuestiones pedagógicas. En una de sus primeras experiencias en el establecimiento, un alumno le advirtió que no se acercara a un arco porque había una víbora. El episodio lo llevó a pensar en una situación más amplia: qué ocurriría si alguno de los alumnos necesitaba atención médica de urgencia.

“Acá hay que hacer algo”, se dijo entonces. Comenzó a realizar gestiones y, entre fines de 2024 y comienzos de 2025, llevó el reclamo hasta la coordinación del área de Salud de San Martín. Incluso ofreció una parte del terreno de la escuela para levantar allí un centro de salud.

La respuesta llegó después de varias gestiones. Un día recibió un mensaje: un camión estaba por llegar con materiales para comenzar la construcción. La sala permitió resolver una dificultad concreta para las familias. Antes, algunos padres debían trasladarse hasta San Martín y pasar la noche en el hospital para conseguir al día siguiente un turno médico para sus hijos.

Las opciones de transporte tampoco eran sencillas: los colectivos tienen horarios limitados y trasladarse hasta otros centros de atención podía resultar complicado para quienes no cuentan con movilidad propia. Por eso, para Bizzotto, la construcción del centro de salud fue una de las respuestas más concretas a las necesidades de la comunidad.

Atardecer en la escuela 1-591 Luis María Drago, Montecaseros, San Martín.

Atardecer en la escuela 1-591 Luis María Drago, Montecaseros, San Martín.

Un premio por proyectos que empezaron mucho antes

Bizzotto se enteró de su postulación recién el 7 de agosto. Una antigua maestra suya de séptimo grado, con quien mantiene contacto, conocía el trabajo que estaba realizando en la escuela y decidió presentar su candidatura.

Uno de los proyectos que incluyó fue el de hidroponía, que llevó a los alumnos hasta la instancia nacional de la Feria de Ciencias. La idea surgió de una dificultad concreta de la zona: un suelo árido y con problemas de salinidad que dificulta los cultivos. “Muchas familias no podían cultivar una lechuga, por ejemplo, porque no les iba a salir”, explica.

Los alumnos comenzaron entonces a investigar alternativas y desarrollaron un proyecto de cultivo sin suelo. La postulación también contempló otras iniciativas, como las gestiones para conseguir el centro de salud y un programa destinado a mejorar la asistencia escolar.

En este último caso, la escuela comenzó a entregar premios mensuales a los alumnos con asistencia destacada. Bizzotto asegura que, con el acompañamiento de las familias, la asistencia mejoró un 80%. “Antes faltaban los niños porque no querían venir, porque no querían caminar, porque los padres quizás no los querían mandar”, explica.

La propuesta buscó convertir la asistencia en un objetivo compartido y, al mismo tiempo, generar un incentivo para los alumnos. Para Bizzotto, el resultado más importante es que los chicos volvieron a encontrar una razón para estar todos los días en la escuela.

Qué haría con los $5 millones

Los tres directores finalistas recibirán una beca de formación en liderazgo y el ganador será anunciado el 17 de noviembre, en Buenos Aires. El premio consiste en $5 millones que deberán ser destinados a un proyecto de mejora de la escuela.

Bizzotto evita adelantarse al resultado. Dice que ya está satisfecho con haber llegado a la instancia final entre más de 200 postulaciones. Pero tiene claro qué necesita su escuela. Uno de los primeros objetivos sería mejorar el piso exterior, que presenta sectores deteriorados y puede provocar caídas.

También quiere reemplazar los materiales plásticos que cubren actualmente algunas ventanas por vidrios y colocar bancos en el patio para que los alumnos puedan salir a leer y compartir actividades al aire libre. Además, considera necesario renovar los juegos del jardín, algunos de los cuales tienen más de 20 años y ya presentan problemas.

“Eso sería un buen proyecto: mejorar la escuela, no porque sea una escuela rural va a estar abandonada”, resume. El cierre perimetral que hoy tiene la institución también fue parte de un proceso iniciado por el propio director.

Antes, el predio permanecía abierto y era utilizado por personas ajenas a la comunidad durante los fines de semana. Hubo roturas de vidrios y daños en distintos sectores. Ahora Bizzotto piensa en otra etapa: que los alumnos puedan apropiarse todavía más del lugar.

“Que los chicos en la sombrita tengan un lugar para sentarse a leer, para sentarse a compartir un momento de lectura afuera”, imagina. El proyecto que piensa para la escuela no tiene que ver solamente con arreglar paredes, ventanas o pisos, sino con generar nuevos espacios para los alumnos.

Cada mañana, mientras todavía está oscuro, vuelve a hacer el mismo recorrido. Sale a las 5.50 desde Maipú, llega a San Martín cerca de las 6.40 y después continúa hacia Montecaseros y Colonia Gómez. Son 120 kilómetros diarios.

Para Bizzotto, sin embargo, la distancia forma parte de una tarea más amplia: mantener abierta una escuela en una zona donde la falta de agua ya expulsó a muchas familias y transformó el paisaje.

“Lo más importante es que la DGE conozca, que el Gobierno conozca, que hay escuelitas rurales, que les damos y les brindamos lo mejor a nuestros niños como si fuera una escuela urbana”, dice.

La Luis María Drago ya está entre las tres finalistas. Para su director, ese reconocimiento tiene un valor que va más allá del premio: puso el nombre de una pequeña escuela de Colonia Gómez en una instancia nacional.

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