13 de septiembre de 2026 - 08:00

Pruebas PISA en Mendoza: especialistas advierten que el problema educativo es mucho más profundo

Los resultados muestran a la provincia por encima del promedio nacional en algunas áreas, pero los expertos consultados piden no convertir la evaluación en una competencia de “mejor o peor”. Tecnología, metodologías de enseñanza, clima escolar, familias y condiciones de trabajo docente aparecen entre los factores que explican el escenario.

Los resultados de las pruebas PISA volvieron a poner a la educación argentina frente al espejo. Mendoza muestra algunos indicadores mejores que el promedio nacional. Para los especialistas consultados, sin embargo, reducir la discusión a si la provincia está “mejor” o “peor” que el país sería perder de vista el problema de fondo.

“Creo que estos últimos resultados, a nivel general de la República Argentina, venimos una vez más bajando”, sostiene María Ana Barrozo, ex directora de Educación Secundaria de la UNCuyo. Y agrega: “Pensar que esto lo podemos atribuir a una sola razón o una sola variable que explique esta situación, creo que no, de ninguna manera”.

Para la especialista, hay una falla estructural del sistema educativo argentino que se arrastra desde hace tiempo. “Si vos me decís, en ambos sectores hay una falla estructural del sistema educativo argentino”, señala, y ubica el problema en “20 o 25 años de un sistema educativo nacional que no está pudiendo, por múltiples razones, mejorar sus propuestas de aprendizaje”.

Mendoza y el efecto de las políticas sostenidas

Dentro de ese panorama, Mendoza ofrece algunos motivos para el análisis. Barrozo considera que la provincia puede mostrar una mejora vinculada con las políticas que viene desarrollando en lectoescritura.

“Creo que en Mendoza la Dirección General de Escuelas ha hecho algunas cosas muy interesantes”, afirma. Y precisa que no se trata solamente de poner en marcha un programa de lectura, sino de “trabajar también y concientizar a los docentes, formar a los docentes, trabajar con los equipos directivos, con la supervisión y también hacer responsable a la familia”.

Ese trabajo, sostiene, puede explicar en parte la leve mejoría mendocina. Pero advierte que los resultados de una política educativa necesitan tiempo. “Lo que hacemos hoy en educación, si sostenemos políticas interesantes, buenas, los resultados los empezamos a ver de aquí a tres o cuatro años”, dice.

Claudio Gonzalo Peña, director de la escuela José Vicente Zapata, comparte una mirada optimista, aunque reconoce que queda mucho por hacer. “Desde las instituciones educativas y desde la Dirección General de Escuelas se ha estado priorizando esto con distintas líneas y distintos proyectos, como comprensión lectora. Muchos proyectos con Matemática”, explica.

“Creemos que la mirada es más optimista, en el sentido de que pienso que hemos mejorado, pero hay mucho por hacer”, sostiene Peña.

No es solo un problema argentino

Jaime Correas, ex titular de la Dirección General de Escuelas, pide cautela a la hora de interpretar PISA. “Las pruebas PISA han dado peor en todo el mundo”, señala. Por eso considera equivocado convertir los resultados en una discusión de “un poco mejor, un poco peor”.

“Hay un problema serio del sistema educativo que es planetario”, afirma. Y agrega que la evaluación debe servir para detectar dónde están las dificultades: “Hay que tomar esos elementos y tratar de ir a cada uno de esa cadena que es un proceso educativo, a ver qué se puede arreglar y qué se puede mejorar”.

El investigador especialista en Educación Alejandro Castro Santander coincide en que hay que observar varias escalas al mismo tiempo. “No solamente la curva mendocina, la curva argentina, la curva latinoamericana, sino la mundial”, plantea. Y advierte que el descenso internacional es “tremendo”.

Pero también encuentra particularidades. “No es solamente tecnología”, remarca. A su juicio, hay un “factor descuidado”: el clima escolar y la convivencia.

“Donde aparecen temas relacionados con la discriminación, con la violencia, etcétera, eso evidentemente se ha elevado y ha mostrado también que junto con el deterioro que han tenido en los aprendizajes los chicos, esto ha estado también acompañándolo”, explica.

El celular: ni prohibición ni barra libre

La tecnología aparece en todas las conversaciones, aunque con matices. Correas considera equivocada la discusión planteada como un enfrentamiento entre quienes quieren tecnología y quienes quieren eliminarla.

“Que tiene que haber tecnología en la educación, no cabe la menor duda. Que ya está la tecnología, te guste o no te guste, tampoco”, sostiene. El verdadero debate, agrega, es “cuándo la tecnología y de qué manera”.

Para Correas, las nuevas herramientas capturan una parte importante de la atención. “Aprender ciertas cosas requiere de estar muy concentrado, de estar en eso, de repetir, de ejercitar mucho”, explica. Y advierte: “No todo está hecho. Hay cosas que hay que hacerlas”.

Su conclusión sobre los teléfonos es concreta: “No celular cuando corresponda, no presencia de celular cuando no corresponda”.

Peña coincide en que los extremos no funcionan. “El prohibirlo no está bueno, pero tampoco que esté, porque ahí es donde vemos que está impactando en el rendimiento de nuestros estudiantes”, afirma. Para el director, el camino es regular su utilización a través de las normas de convivencia.

El desafío de un aula cada vez más diversa

Peña incorpora otro elemento que aparece poco en la discusión pública: el aula ya no es homogénea.

“Hoy en día ya no es un aula, un grupo de estudiantes homogéneo”, explica. La diversidad es muy grande y eso obliga a que el docente modifique sus estrategias. Para él, “ahí es la capacidad de innovación y de creatividad del docente, que es una variable que hay que trabajar mucho”.

También plantea que las evaluaciones deberán adaptarse a esta nueva realidad: “En un futuro se tiene que rever el diseño de este examen, que es un examen igualador o el mismo para todos”, sostiene.

La escuela, mientras tanto, tiene que seguir priorizando la comprensión lectora y buscando formas de motivar a los estudiantes.

De memorizar a aplicar

Graciela Bertancud, de la Fundación Tomás Alba Edison, lleva el debate hacia las metodologías de enseñanza. Considera que Mendoza viene haciendo esfuerzos: “La provincia está implementando políticas hace años para levantar esos resultados y se ha logrado mover la aguja mínimamente”.

Pero entiende que hace falta un cambio más profundo. “No pasa solo por el contenido que estamos dando, sino por las metodologías que vamos a tener que empezar a utilizar”, sostiene.

Su propuesta apunta a metodologías “más ágiles”, capaces de desarrollar pensamiento crítico y de fijar conocimientos mediante la práctica. “¿Cómo se fijan los conocimientos? Cuando uno puede utilizar el conocimiento que adquirió en algo. O sea, haciendo”, explica.

Bertancud es particularmente crítica con las formas tradicionales: “Hoy estamos enseñándole a chicos con metodologías de 1810 y en realidad lo que hoy necesitamos es generar espacios y contextos más acordes a los tiempos de ellos”.

Para la especialista, la tecnología no debe quedar afuera de esa transformación. “Los chicos van a tener que trabajar en un mundo tecnológico, entonces ¿qué está haciendo la escuela? No los está formando para el mundo que tienen que enfrentar”, plantea.

Una responsabilidad que excede a la escuela

El diagnóstico termina siendo necesariamente multicausal. Barrozo menciona docentes con muchas horas de trabajo, problemas salariales y familias preocupadas por llegar a fin de mes. Bertancud agrega el papel de los padres y cuestiona que muchas veces se delegue toda la responsabilidad educativa en la escuela.

“¿Cuál es el primer formador del ser humano? La familia”, sostiene. Y reclama mayor acompañamiento, lectura y tolerancia frente al esfuerzo y la frustración.

Al mismo tiempo, rechaza que el problema se cargue sobre los docentes. “No pasa por la culpa del docente”, afirma. “El docente hace y responde a los mandatos que da la política educativa”.

Correas resume buena parte de la discusión desde otro lugar. Advierte que están en riesgo capacidades como la comprensión lectora y el pensamiento crítico porque “hay cosas que requieren de una elaboración, de una profundización, de un ir encadenando y viendo una cosa con la otra”.

Y utiliza una imagen para explicar por qué no existen soluciones inmediatas: “Es como desarrollar un músculo. Vos no te ponés en una máquina y al otro día tenés el músculo de un deportista de alto rendimiento. Tenés que hacer el ejercicio adecuado”.

PISA, entonces, puede ser un indicador. Pero las respuestas que reclama no caben en una tabla. Implican revisar qué se enseña, cómo se enseña, cómo se convive en las escuelas, qué lugar ocupan las tecnologías y cuánto acompañan las familias. Y, sobre todo, sostener esas decisiones el tiempo suficiente para comprobar si efectivamente producen mejores aprendizajes.

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