Si sos mamá reciente o estás cerca de una, seguro escuchaste frases como “Lo vas a malcriar”, “Se va a acostumbrar a los brazos” o “Déjalo que llore”. Estos comentarios, que suelen repetirse con frecuencia desde el entorno familiar, están profundamente arraigados en la cultura, pero no por eso son verdaderos. De hecho, la ciencia asegura lo contrario: en los primeros años de vida, un bebé no puede ser malcriado. Porque lo que necesita no es menos brazos, sino más cuidado, contacto y presencia.
¿Cuidado excesivo o necesidad vital?
La idea de “sobreproteger” a un bebé tiene una connotación negativa ya que se asocia con obstaculizar su autonomía o volverlo dependiente. Y aunque ese debate puede tener lugar en etapas más avanzadas de la infancia, cuando el niño ya tiene cierta capacidad de exploración o de autorregulación, en los primeros años la situación es completamente distinta.
Durante esta etapa, el bebé es física y emocionalmente dependiente. Su sistema nervioso está en desarrollo, no sabe calmarse por sí solo y el llanto es su única forma de pedir ayuda. En este contexto, atender sus necesidades con afecto y disponibilidad no solo no es perjudicial, sino que es esencial para su desarrollo. Desde la teoría del apego hasta la neurociencia afectiva, múltiples investigaciones coinciden: el contacto constante, la respuesta sensible y el vínculo cercano fortalecen su seguridad emocional y su capacidad de regulación futura.
Cuidar no es excesivo
Estudios en psicología evolutiva han demostrado que los bebés con cuidadores atentos y afectivos desarrollan un apego seguro, lo que predice una mejor salud emocional a lo largo de la vida. Además, el contacto físico reduce el estrés del bebé y ayuda a su maduración cerebral. En cambio, dejarlo llorar sin consuelo no enseña a calmarse: enseña a desconectarse. Lo que parece tranquilidad es, en realidad, una respuesta de indefensión.
Aun así, vivimos en una cultura que idealiza la independencia temprana. Se espera que los bebés duerman solos o no “se acostumbren a los brazos”, pese a que biológicamente son incapaces de autorregularse. En muchas otras culturas, en cambio, el contacto constante es la norma. Y lejos de generar dependencia, ese apego seguro es lo que luego permite mayor autonomía emocional.
Pero hay otro punto clave: las madres no solo cuidan, también necesitan ser cuidadas. Detrás de frases como “lo vas a malcriar” a menudo se esconde una falta de apoyo, la presión por volver a la rutina o una sociedad que juzga más de lo que acompaña. En lugar de emitir opiniones, es más útil preguntar: “¿Querés que te acompañe mientras lo tenés en brazos?”, “¿Querés descansar un rato y me quedo yo?” o simplemente validar: “Estás haciendo lo mejor que podés, y eso está muy bien”.
Como afirma la ciencia: no estás malcriando, estás acompañando.