El astrofísico mendocino Marcos Santander cenando con Francis Halzen.
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Se trata de partículas subatómicas que pueden aportar información sobre algunos de los fenómenos más extremos del universo.
El detector está instalado bajo la superficie helada antártica, a una profundidad que llega aproximadamente hasta los 2 kilómetros, y ocupa un volumen de alrededor de 1,5 kilómetros cúbicos.
“IceCube se encuentra en la Antártida, en una superficie completamente de hielo, y se encarga de capturar y analizar partículas subatómicas que vienen del cosmos”, explica Santander a Los Andes.
Para construirlo fue necesario perforar el hielo. Pero no lo hicieron con una perforadora tradicional.
Mediante una manguera de alta presión se utiliza agua caliente para perforar el hielo y generar agujeros de entre 2 y 3 kilómetros de profundidad.
Por allí se introducen los cables que contienen los sensores y se conectan a dispositivos para detectar los neutrinos y analizarlos. Luego, todo vuelve a congelarse, pero los cables y sensores ya quedan dentro de este “cubo de hielo” -de allí el nombre del laboratorio-.
“IceCube cuenta con 86 cables, cada uno equipado con 60 detectores de luz extremadamente sensibles. Los sensores quedan distribuidos en el hielo y separados aproximadamente 15 metros entre sí”, describe el doctor en física mendocino.
El laboratorio IceCube en el Polo Sur.
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Este gigantesco bloque de hielo extremadamente transparente, de aproximadamente 1,5 kilómetros cúbicos de capacidad, funciona como laboratorio y detector.
Hacer astronomía con neutrinos
Cuando un neutrino logra interactuar con la materia, produce partículas secundarias que generan una señal luminosa. Los sensores distribuidos en el hielo captan esos destellos y permiten reconstruir el recorrido de la partícula.
“Nos permite detectar neutrinos y captar la luz, averiguar de dónde viene esa luz”, sintetiza Santander, quien cuenta que esta experiencia marca una nueva y diferente forma de hacer astronomía.
“La idea de IceCube es hacer astronomía, pero en vez de lentes normales utilizamos estos neutrinos para observar. Es la primera vez que se implementa”, explica, con orgullo y entusiasmo, Santander.
La posibilidad de observar el universo de esta manera permite estudiar fenómenos que no podrían conocerse de la misma forma mediante los instrumentos tradicionales. Los neutrinos, por sus características, pueden atravesar grandes cantidades de materia y llegar hasta la Tierra desde regiones muy lejanas del cosmos.
Tarda en llegar, y al final hay recompensa
Los primeros resultados de IceCube, sin embargo, no fueron demasiado alentadores.
Cuando Santander comenzó su doctorado, en 2009, la detección de neutrinos de muy alta energía todavía era un enorme desafío.
“Los primeros resultados de la detección de neutrinos venían de rayos cósmicos que chocaban con la atmósfera, pero no eran de muy alta energía”, recuerda.
Foto de una reunion reciente del proyecto IceCube en Uppsala, Suecia.
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Hasta que 2013 se convirtió en un momento bisagra en la vida del laboratorio antártico.
Ese año, un análisis permitió detectar los primeros neutrinos de alta energía, un paso decisivo para comenzar a utilizar estas partículas como una nueva herramienta para estudiar el universo.
Y es precisamente el hallazgo de neutrinos de alta energía de origen astrofísico y la visión de usar el hielo profundo del Polo Sur para capturar las llamadas “partículas fantasma” lo que le valió a Halzen ser galardonado con el Premio Nobel de Física 2026.
La academia considera que este aporte abre una nueva era en la astronomía de neutrinos para estudiar el cosmos y eventos violentos como, por ejemplo la explosión de estrellas.
“Es muy lindo tener a alguien cercano galardonado. Lo merece mucho y viene trabajando en esto desde hace más de 40 años. Estoy muy orgulloso de él en particular y de todo el camino realizado. Pudimos terminar el observatorio en la Antártida y operarlo”, acota, con entusiasmo.
Una vida apasionada con el cielo
Mucho antes de convertirse en investigador y de participar de uno de los grandes experimentos científicos de la física contemporánea, Santander ya miraba las estrellas desde la quinta de su familia, en Real del Padre.
“El tema del cielo me atrapó desde siempre. Como muchos de los que empiezan con esto, empecé por vocación. Empecé mirando el cielo y un día dije: ‘¿por qué no dedicarme a esto?’”, rememora el investigador mendocino.
Y aquella pregunta le abrió la puerta al cosmos.
Captura de un zoom del que participaron el astrofísico mendocio Marcos Santander y el ganador del Nobel.
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Primero, Santander estudió Ingeniería Electromecánica en la UTN de San Rafael. Pero su curiosidad por el universo siguió creciendo y finalmente hizo un doctorado en Física en la Universidad de Wisconsin, en Estados Unidos.
En el camino apareció el Observatorio Pierre Auger, en Malargüe, que tuvo un papel fundamental en su formación.
“Aunque estudiaba Ingeniería Electromecánica, desde siempre me había gustado el tema del espacio y la astronomía. Me ofrecí como voluntario para trabajar en el Pierre Auger”, recuerda.
Comenzó a colaborar como estudiante y aficionado a la astronomía en 2001. Después se incorporó formalmente al observatorio y trabajó allí entre 2005 y 2009.
“El Auger es un lugar que aprecio mucho. Me abrió a un mundo que no conocía, el de la ciencia básica y la investigación”, resume.
El vínculo del ganador del Nobel con Mendoza
Halzen estuvo en Malargüe en 2023, vinculado a la evaluación internacional del Observatorio Pierre Auger. Su participación formó parte del proceso que permitió que el proyecto continuara funcionando y tomando datos durante otra década.
Observatorio Pierre Auger, en Malargüe
Santander aclara que no llegó a trabajar directamente con el investigador belga durante su paso por Auger.
Pero su historia personal con el espacio de ciencia malargüino es profunda, casi tanta como la que presenta la colocación del IceCube.
Porque en el Pierre Auger comenzó, siendo estudiante y aficionado, y allí se terminó por acercar a la ciencia que terminaría convirtiéndose en su profesión.
Dos observatorios, una misma búsqueda
Mientras IceCube está especialmente diseñado para estudiar neutrinos, el observatorio ubicado en Malargüe detecta rayos cósmicos, partículas subatómicas mucho más conocidas, entre ellas los protones. Pero existe una conexión entre ambos experimentos.
“El principio de detección es similar”, explica Santander. Y aclara que, en ambos casos, los científicos no observan directamente la partícula que llegó desde el espacio, sino las señales que genera al interactuar con la materia.