22 de octubre de 2026 - 17:04

Cuando los minutos cambian la historia frente a un ACV: relatos en primera persona de sobrevivientes

Un reconocido médico que supo qué hacer a tiempo y una mujer de 78 años que recuperó su rutina sin secuelas. La importancia de la red de atención rápida.

Tener un accidente cerebrovascular (ACV) es, quizás, una de las situaciones más inquietantes para la salud: porque no da aviso de cuando puede suceder y por lo que se vive luego. Abrupto, imprevisto y atravesado por una profunda incertidumbre, suele actuar en silencio: no da síntomas previos y, cuando los manifiesta, el episodio ya está en marcha. A eso se le suma el temor inevitable a las secuelas y a un prolongado proceso de rehabilitación.

En Argentina se registra un ACV cada 10 minutos, lo que representa entre 55.000 y 60.000 casos al año. Se estima además que unas 365.000 personas mayores de 40 años han sobrevivido a un episodio de este tipo. Frente a este panorama, la premisa en el sistema de salud es implacable: cada segundo cuesta cerebro.

1er Foro Provincial de ACV Mendoza. Foto: Daniel Caballero

1er Foro Provincial de ACV Mendoza. Foto: Daniel Caballero

Cuando se produce un ACV, por cada minuto que se pasa sin atención mueren 2 millones de neuronas. En contrapartida, cada 15 minutos ganados se reduce un 4% el riesgo de mortalidad. De allí la importancia de aceitar los sistemas de respuesta y por lo cual se consolidó la Red de ACV en Mendoza. Esto sumado a los avances de la ciencia que hoy permiten, mediante la administración de medicina inyectable, frenar el proceso en cuestión de segundos.

Estos ejes formaron parte del 1er Foro Provincial de ACV Mendoza, realizado este jueves en la Legislatura provincial y organizado por la Subdirección de Gestión de Salud. Allí, especialistas locales analizaron la respuesta sanitaria, pero el momento más emotivo de la jornada llegó con la voz de sus protagonistas: dos pacientes que atravesaron la experiencia, relataron qué sintieron en ese instante crítico y cómo siguió su vida. Porque aunque los indicadores son clave para evaluar la situación y el sistema, no alcanzan para dimensionar lo que se experimenta en carne propia.

“Les dije: 'Llévenme al hospital, no se paren en ningún lado”

El doctor Miguel Ángel Nicolás tiene 69 años y sufrió un ACV hace un año, poco después de jubilarse. Conoce el sistema sanitario desde adentro: trabajó durante 42 años en el Ministerio de Salud de Mendoza, donde fue jefe del servicio de guardia y jefe del departamento de clínica quirúrgica del hospital Lagomaggiore. Sin embargo, aquel día le tocó estar del otro lado.

"Yo tuve la suerte -y me gustaría que no fuese suerte, sino algo que vaya más allá de la suerte, que estuviera todo realmente coordinado- de tener la oportunidad que tuve. Yo hice un síndrome de Wallenberg, un infarto lateral bulbar derecho. Y lo hice distante de lo que creí que era uno de los centros para esto en la provincia, porque estaba en el Este, cerca de Santa Rosa", recordó.

El episodio abrupto y sin avisos: “En el momento que tuve el ACV, yo no sentí absolutamente nada. Estaba conversando con una persona, y de pronto me caí al suelo, sentado. Me di cuenta de lo que me estaba pasando; la secuencia fue muy rápida. Cerré los ojos porque me daba vuelta todo, entré en un estado nervioso, con vómitos, y cuando quise abrir los ojos ya tenía el ojo derecho afectado, también el oído derecho y se me empezó a caer la saliva de la boca”.

El doctor Miguel Ángel Nicolás tiene 69 años y sufrió un ACV hace un año,

El doctor Miguel Ángel Nicolás tiene 69 años y sufrió un ACV hace un año,

En medio del desconcierto, Miguel reaccionó. Pidió que le sacaran el teléfono del bolsillo y llamó a su esposa para alertar que lo llevaban con un cuadro de ACV. La intención de las personas que lo acompañaban era trasladarlo a un centro asistencial cercano, pero su instinto médico y la noción del tiempo salvaron su futuro.

"La gente me quería llevar a una salita para que me controlaran, y esto es lo que les quiero contar que me pareció muy importante: les dije: 'No, llévenme al hospital, por favor, que me está pasando un problema neurológico y no se paren en ningún lado'. Hoy pienso que si me hubieran llevado a la salita, si hubieran parado en algún lado, yo hubiese dejado de tener suerte. En un trayecto de 70 kilómetros tengo que poder tener acceso a esta calidad de atención en una provincia como esta. Bueno, no me acuerdo de más nada; me desperté en terapia intensiva", relató.

Qué pasa después del ACV

Despertó sin poder tragar, con insensibilidad y una turgencia en el lado derecho de la cara y en todo el lado izquierdo del cuerpo. "Con el correr de las horas me fui recuperando. No sé si conmigo perdieron tiempo o no porque no tengo conciencia de eso, pero me instalaron un residente en la unidad de terapia que estuvo conmigo 8 horas sin moverse. Me cansó, me hartó. Cada 10 o 20 minutos me hacía un examen. Estuve dos días y medio en terapia y después tres días en sala común".

A pesar de los estudios, no hallaron una causa arterial clara en un principio, lo que le generó un gran reto emocional. Lo único detectado fue que recientemente le diagnosticaron una fibrilación auricular (FA) intermitente, por lo que pasó de estar anticoagulado. "Me quedó el temor, aún siendo médico, de pensar cuándo me va a volver a pasar... Realmente no tuve ningún síntoma previo, ni una cefalea, nada. Era conversar así como estoy ahora y de repente caerme. ¿Cómo lo prevengo?”.

En su proceso destacó el valor del acompañamiento neurológico y del equipo de kinesiología: "Cuando empecé la rehabilitación con un kinesiólogo a quien le estoy sumamente agradecido, al principio me caía... Me sentía fracasado. Pero me apoyó muchísimo". Luego, al ser derivado con la kinesióloga Cerda, aun tenía nistagmus (movimiento involuntario del ojo) y mareos. Ella le dijo una frase determinante: "Doctor, yo no le voy a hacer rehabilitación, le voy a enseñar a vivir con esto... Le voy a enseñar algunos tips para que usted no se maree, aprenda a moverse y pueda hacer las cosas". Para él, esa perspectiva le cambió la vida.

Hoy, asegura que tiene una vida sin secuelas. El doctor Nicolás sigue atendiendo en su consultorio particular y deja un mensaje claro: "Esto necesita difusión. Hay que enseñarle a la población no solo el problema y cuándo llamar al 911, sino a dónde llevar a esa persona que está sufriendo un ACV para darle una chance más. Si a mí me hubiesen llevado a una salita, hubiese llegado en otro momento y la historia sería otra".

La inyección que le devolvió la vida a Ilda

El caso de Ilda Pasten (sin H), de 78 años, muestra la otra cara de la urgencia: la efectividad del tratamiento a tiempo. En abril de 2024, tras levantarse de dormir la siesta cerca de las 7 de la tarde, sufrió un ACV.

Ilda Pasten, de 78 años, muestra la  efectividad del tratamiento a tiempo. En abril de 2024, tras levantarse de dormir la siesta cerca de las 7 de la tarde, sufrió un ACV. No tuvo secuelas.

Ilda Pasten, de 78 años, muestra la efectividad del tratamiento a tiempo. En abril de 2024, tras levantarse de dormir la siesta cerca de las 7 de la tarde, sufrió un ACV. No tuvo secuelas.

"Mi hija me vio y me dijo: '¿Qué te pasa, mami?'. Yo le dije: 'No, nada', porque no me daba cuenta. Después no me acuerdo más. Ella vio que parece que se me quería torcer la boca, entonces llamó a sus hijas para que vinieran", contó Ilda sobre aquel día. Su hija, al estar en silla de ruedas e imposibilitada de trasladarla, coordinó de inmediato con su nieta mayor, quien la llevó de urgencia al hospital.

Ilda no recuerda el trayecto, pero sí el desenlace: "Me acuerdo únicamente cuando ya estaba recuperada un poco. A los tres días ya me habían dado el alta porque me pusieron una inyección con la que me recuperé, para la cual le pidieron autorización a mis nietas. Con eso me recuperé; si no, no estaría contando el cuento ahora”. Aseguró que volvió a su casa sin consecuencias: “El único medicamento que tomo es para el corazón".

Tras recibir la inyección, recibió el alta sin secuelas neurológicas. En su control posterior con el cardiólogo los estudios confirmaron que estaba bien. Hoy, aunque utiliza bastón por un problema de artrosis en las piernas y desviación en la columna, Ilda lleva una vida totalmente autónoma: hace las compras, cocina, limpia su casa y cuida de su hija con discapacidad.

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