13 de agosto de 2026 - 20:15

Por qué jugar de adultos puede ayudarnos a mantener una mente más joven, según expertos

Jugar durante la adultez puede favorecer la creatividad, mantener la mente activa y recuperar una forma más espontánea de relacionarnos con el mundo.

Cuando somos chicos, jugar es una parte natural de la vida. No necesitamos justificar por qué queremos correr, inventar una historia, jugar a la escondida o pasar horas con un juego de mesa. Con los años, sin embargo, muchas personas abandonan esa espontaneidad.

Las obligaciones laborales, las responsabilidades familiares y las preocupaciones cotidianas hacen que la vida se vuelva cada vez más estructurada. Y entonces aparece una idea bastante instalada: “ya estoy grande para eso”.

Una persona adulta puede encontrar ese mismo disfrute cocinando algo nuevo, jugando al truco con amigos, armando un rompecabezas, bailando, haciendo jardinería, pintando, andando en bicicleta o simplemente improvisando una actividad sin preocuparse demasiado por su utilidad.

La cuestión no es volver a ser chicos, sino recuperar parte de esa curiosidad que teníamos cuando todavía no necesitábamos que todo tuviera un propósito.

Lo importante no es empezar joven, sino la clave está en seguir los ejercicios.

Lo importante no es empezar joven, sino la clave está en seguir los ejercicios.

El juego también alimenta la creatividad

La curiosidad infantil tiene una característica particular: no acepta fácilmente que las cosas sean simplemente como son.

Un chico puede mirar un objeto cotidiano y preguntarse para qué sirve, qué pasaría si lo usa de otra manera o cómo podría transformarlo. Esa capacidad de hacerse preguntas también aparece en la creatividad científica y artística.

Albert Einstein es uno de los ejemplos más conocidos de una mirada que buscaba imaginar posibilidades antes de quedarse con las respuestas establecidas. El pensamiento creativo necesita precisamente ese espacio para experimentar, equivocarse y probar alternativas.

En ese sentido, jugar es una forma de experimentar sin que el resultado tenga que ser perfecto. Un adulto que dibuja aunque no se considere artista, aprende a tocar un instrumento sin aspirar a convertirse en músico profesional o empieza a sacar fotos simplemente porque disfruta hacerlo está ejercitando una actitud similar.

Recuperar el juego no significa dejar de ser adulto

Ser adulto implica asumir obligaciones y tomar decisiones. Pero eso no significa que cada momento del día tenga que estar orientado a producir, resolver problemas o cumplir objetivos. El juego introduce una pausa en esa lógica.

Puede aparecer durante una partida de truco después de un asado, mientras se juega al fútbol con amigos, durante una tarde de mate y cartas o cuando alguien se prende a bailar una canción que escucha en una reunión.

No hace falta volver a la rayuela para recuperar el espíritu lúdico. Lo importante es permitir actividades que generen disfrute sin exigirles una utilidad inmediata.

Los hijos y los nietos pueden abrir esa puerta

La llegada de hijos o nietos también puede convertirse en una oportunidad para recuperar esa dimensión de la vida.

Los chicos no necesitan demasiado para convertir un momento cotidiano en un juego. Una caja puede transformarse en un auto, una sábana en una carpa y una caminata por la plaza en una aventura.

Participar de esas actividades permite que los adultos vuelvan a experimentar el mundo desde una perspectiva menos rígida. Pero el beneficio no depende exclusivamente de tener hijos o nietos. Una persona puede recuperar su curiosidad a cualquier edad, incluso si vive sola o no tiene niños cerca.

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