Recordar una dirección después de haber ido una sola vez, reconocer un barrio por sus edificios o armar mentalmente un camino alternativo cuando una calle está cortada son capacidades que durante décadas se practicaron casi inevitablemente. Antes de los teléfonos con tecnología GPS, llegar a un lugar desconocido obligaba a prestar atención a calles, puntos de referencia, mapas impresos y orientación general.
Por eso, quienes nacieron aproximadamente entre 1970 y 1990 atravesaron su infancia, adolescencia o buena parte de su juventud antes de que las aplicaciones de navegación paso a paso se volvieran omnipresentes.
Es razonable pensar que tuvieron más oportunidades cotidianas para ejercitar esos mecanismos, aunque ningún estudio científico haya definido a esa franja como “la última generación con orientación espacial”.
Qué ocurre en el cerebro cuando una persona busca su propio camino
La navegación espacial está estrechamente vinculada con el hipocampo, una región cerebral fundamental también para distintos tipos de memoria.
Un estudio realizado con recorridos por Londres encontró que, cuando las personas debían navegar utilizando su conocimiento del entorno, la actividad del hipocampo variaba de acuerdo con las características de las calles y las posibles rutas, mientras otras regiones participaban de la planificación ante desvíos.
En otras palabras, orientarse no consiste solamente en “saber dónde queda algo”. Obliga al cerebro a actualizar la posición, observar referencias, recordar conexiones y anticipar decisiones.
Cuando una aplicación indica exactamente cuándo doblar, parte de ese trabajo deja de ser necesario.
Más uso de GPS se relacionó con peor memoria espacial
Una investigación publicada en Scientific Reports evaluó a 50 conductores habituales y comparó su experiencia acumulada usando GPS con diferentes pruebas de navegación.
Quienes declaraban una mayor utilización a lo largo de su vida mostraban peor memoria espacial cuando posteriormente tenían que navegar sin asistencia. En un seguimiento tres años después, aunque sobre una muestra reducida, un mayor uso adicional del GPS también se vinculó con una caída más pronunciada en determinadas pruebas dependientes del hipocampo.
Otro trabajo de 2024, con 249 participantes, encontró que una mayor dependencia percibida del GPS estaba asociada con peor rendimiento objetivo de navegación, menor percepción del propio sentido de orientación y más ansiedad espacial.
Pero no significa que la tecnología esté “arruinando” la orientación de todos
La evidencia todavía tiene límites. Otro estudio de 2024, realizado con más de 800 participantes, no encontró una relación significativa entre dependencia autoinformada del GPS y desempeño de navegación, lo que demuestra que la cuestión no está completamente cerrada.
Además, utilizar el GPS para conocer el tráfico o verificar una ruta no equivale necesariamente a seguir pasivamente cada indicación.