El pollo es uno de los ingredientes más usados en la cocina diaria, pero también uno de los que más fácil puede quedar seco o sin sabor. Hay un truco simple, barato y muy efectivo que mejora la textura y el gusto en minutos. No es vino, no es caldo industrial ni una salsa comprada: es agua caliente.
Agregar ¼ de taza de agua caliente a la sartén mientras cocinás el pollo ayuda a que la carne quede más jugosa, tierna y pareja, incluso en pechugas, que suelen secarse rápido.
El vapor que se genera evita que el pollo pierda humedad y permite que se cocine sin endurecerse.
Este truco funciona tanto para pollo en cubos, bifes de pechuga, supremas enteras o incluso muslos deshuesados.
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Cómo usar el truco paso a paso
Sellá el pollo primero, con un poco de aceite, a fuego medio, hasta que esté dorado por ambos lados.
Agregá sal, ajo o las especias que uses habitualmente.
Sumá ¼ de taza de agua caliente directamente a la sartén.
Tapá y bajá el fuego, dejando que se cocine con vapor durante unos minutos.
Destapá al final, para que el líquido se evapore y el pollo vuelva a dorarse levemente.
El resultado es un pollo blando, jugoso y fácil de cortar, incluso sin salsas ni marinados previos.
Por qué siempre funciona
El agua caliente:
Evita el golpe térmico, que endurece la carne.
Genera vapor, que cocina de forma más suave.
Ayuda a distribuir mejor el calor dentro del pollo.
No tapa el sabor, como sí pueden hacerlo algunas salsas.
Además, permite recuperar un pollo que ya estaba quedando seco, algo clave en la cocina diaria.
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Un consejo extra que suma sabor
Si querés potenciar el resultado, podés reemplazar parte del agua por:
Un chorrito de limón al final, no al inicio.
Un poco de caldo casero, si tenés.
Hierbas frescas, como romero o tomillo, agregadas con el agua.