Investigadores suecos monitorearon a 1.600 adultos mayores durante doce años para determinar si la pérdida de olfato es un signo de alarma a la hora de prevenir la demencia. El estudio, publicado por EOS Wetenschap, revela que la velocidad a la que se pierde la capacidad de oler predice el deterioro cognitivo futuro con mayor precisión que el estado actual del sentido.
El análisis consistió en someter a los participantes a pruebas periódicas con 16 fragancias de uso cotidiano, tales como naranja y rosa, durante un lapso inicial de seis años. Posteriormente, el equipo científico realizó un seguimiento de una década para observar quiénes desarrollaban cuadros clínicos de demencia o pérdida de memoria.
¿Cómo influye la edad en el riesgo de demencia por pérdida del olfato?
Los datos permitieron clasificar a los sujetos en tres grupos: "los que permanecen" con un olfato estable, los "descendedores graduales" y los "descendedores rápidos". Los resultados mostraron que estos últimos tienen un riesgo seis veces mayor de padecer demencia en comparación con quienes conservan su capacidad sensorial sin variaciones significativas durante el envejecimiento.
La investigación puntualiza que este indicador resulta especialmente crítico en el grupo de adultos menores de 78 años. En este rango de edad, la pérdida acelerada de la función olfativa actúa como una advertencia biológica más nítida. En cambio, en personas de edad más avanzada, este fenómeno suele confundirse con procesos normales de envejecimiento o patologías adyacentes no relacionadas con el cerebro.
¿Puede la pérdida del olfato confirmarse como señal de demencia?
El estudio aclara que el debilitamiento del olfato no garantiza un diagnóstico irreversible. Factores externos como alergias estacionales, tabaquismo, pólipos nasales o infecciones virales como el COVID-19 alteran temporalmente la detección de aromas. El síntoma se vuelve motivo de consulta médica cuando el paciente detecta que el café o los perfumes pierden intensidad de forma repentina y persistente.
La comunidad científica propone integrar estos exámenes de olfato en las revisiones rutinarias de geriatría. La premisa es que, así como el personal médico mide la presión arterial o el colesterol, la capacidad de identificar olores ofrece información clínica valiosa. Esta herramienta permitiría una vigilancia más estrecha de la salud cerebral junto a las pruebas de memoria tradicionales y cognitivas.
El seguimiento de la higiene olfativa se presenta como un complemento a los tests de enfoque. Detectar que el olfato se vuelve "plano" durante la preparación de alimentos puede ser la primera señal física de un cambio interno. El estudio sugiere que la atención temprana a estos cambios en la nariz permite una mejor preparación clínica ante el avance del deterioro neurológico.