1 de abril de 2026 - 11:18

Boris Cyrulnik, neurólogo, sobre los 60 años: "Esta etapa es exigente pero profundamente reveladora".

El creador del concepto de resiliencia detalla cómo la pérdida de roles sociales obliga a una reconstrucción interna basada en vínculos y coherencia personal.

Al cumplir los 60 años, se produce una transformación silenciosa que el neuropsiquiatra Boris Cyrulnik denomina "el sobresalto". No se trata de un colapso físico, sino de un momento donde las certezas de toda la vida pierden autoridad. Este cambio invita a dejar de lado la resistencia para priorizar el sentido íntimo.

Cyrulnik describe este período como un despojamiento interior. Durante décadas, la existencia se estructura en base a funciones: somos útiles por lo que hacemos o por las responsabilidades que asumimos. Al llegar a los 60, esos marcos suelen debilitarse o desaparecer, y la sociedad comienza a mirar al individuo con una mezcla de indiferencia y cortesía. Es ahí donde surge la pregunta sobre quiénes somos realmente cuando el ajetreo disminuye.

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El desvanecimiento de los roles y la nueva mirada social

Este proceso no es una caída, sino un tránsito exigente que requiere una lucidez nueva. El futuro deja de ser infinito y se vuelve precioso y concreto. Muchos intentan negar esta etapa aferrándose a conductas juveniles o cayendo en una huida precipitada, pero el verdadero desafío consiste en hacer un inventario íntimo para distinguir lo esencial de lo secundario.

El mecanismo detrás de esta crisis radica en el agotamiento de la estrategia de resistencia pura. Durante la juventud, la fuerza y la ambición impulsan el avance, pero al acercarse a los 60, el cuerpo y la mente revelan sus límites. La supervivencia ya no puede sostenerse solo en el rendimiento; necesita sentido. Este sentido nace de la coherencia interior, que surge cuando las acciones diarias se alinean con la identidad real y no con guiones impuestos por terceros.

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Vínculos visibles e invisibles como sostén vital

A esta edad, las conexiones se vuelven una condición esencial para el equilibrio. Cyrulnik distingue entre vínculos visibles, como la familia y los amigos cercanos, y conexiones invisibles. Estas últimas son la relación con la propia historia, la cultura y los valores que brindan pertenencia a algo más grande. No es la soledad física lo que daña, sino la soledad relacional: el sentimiento de no ser reconocido por quien uno es realmente.

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Las heridas del pasado también cobran un protagonismo renovado. Lo que antes se enterró bajo el trabajo o la crianza de los hijos ahora resurge en los momentos de silencio. La resiliencia no implica que el dolor desaparezca, sino que se transforme en un recurso de sabiduría y empatía. Narrar la propia trayectoria permite integrar esos fragmentos dolorosos y liberar energía psíquica para el presente.

Finalmente, la lentitud se presenta como una lección de madurez. Bajar el ritmo permite recuperar la presencia en cada encuentro y aceptar la finitud como un marco que hace cada día único. La reconciliación con la propia historia libera la tensión de luchar contra lo que no se puede cambiar, permitiendo saborear la realidad sin la necesidad constante de demostrar vitalidad a través de la agitación.

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