Cuando Nietzsche anunció “Dios ha muerto”, no sólo redujo una creencia religiosa; también derrumbó el fundamento de toda certeza. A ese hombre en soledad, enfrentado a la misteriosa inmensidad del universo, le propuso “la transmutación de todos los valores”. Planteó al “superhombre”. Presagiando una tragedia, pero para elevarlo a la grandeza.
¿Qué es si no la inteligencia artificial?
Evolucionará implacablemente. Resulta ingenuo creer que podrá regularse por completo. Es hijo nuestro: el hijo superdotado que como discípulo supera al maestro. Una inteligencia capaz de comprender los problemas con más profundidad que nosotros y, quizá, de resolverlos mejor.
¿De qué tenemos miedo? ¿De que nos reemplace? Tal vez constituya una forma de inteligencia superior, pero no necesariamente enemiga del hombre. Mirará su pasado del mismo modo con que nosotros observamos a los simios: reconociendo en nosotros el último escalón biológico que posibilitó su existencia.
Este temor encendido se alimenta también de figuras como Peter Thiel y otros pretendidos tecnócratas que imaginan una civilización gobernada por la inteligencia y sin democracia. ¡Hay ahí una amenaza! Sin embargo, la historia demuestra que cada revolución tecnológica despertó profecías de catástrofe. Aunque finalmente, mejoró la vida humana. El problema nunca es la herramienta, sino quién la usa.
Hay propuestas de sociedades comerciales gestionadas exclusivamente por inteligencia artificial. Empresas enteras podrían ser administradas con una eficiencia inalcanzable para directorios humanos. Si ocurriera, el debate no será tecnológico, sino ético: ¿quién fijará los fines cuando las máquinas optimicen los medios? Probablemente polemice con menos prejuicios y mayor información que nosotros.
Quienes crean en un alma inmortal podrán conservar su fe; las religiones concluyeron conviviendo con el darwinismo; revisaron y adaptaron su cosmovisión. Estamos acaso en el umbral de esa transmutación de todos los valores de la que hablaba Nietzsche. Está visto, somos prisioneros de antiguos dogmas que, obviamente, ni siquiera reconoceremos como tales.
Las religiones prometen un paraíso para justificar el sufrimiento; luego, algunas ideologías prometieron construirlo en la Tierra (el marxismo imaginó una sociedad perfecta sin clases ni Estado). Cambió el escenario, pero no la ilusión.
Tal vez haya llegado el momento de abandonar todos los paraísos y reconciliarnos con el único mundo comprobable. La realidad no distribuye talentos, sufrimientos ni oportunidades según nuestros criterios de justicia. La felicidad no consiste tanto en exigirle al mundo que cambie, sino en lograr entenderlo mejor, creo. Fíjense que hoy el dinero ocupa la cima de la pirámide de la escala de valores. Como si la riqueza fuera el mejor mérito. Y no es verdad. No es así. Ya que el discernimiento rara vez coincide con el patrimonio. He visto demasiados ricos tontos y muy pocos sabios ricos. El verdadero progreso consiste en comprender más profundamente la realidad: la tierra, el agua, el aire, las leyes físicas y las matemáticas - el idioma de Dios - que hacen posible la existencia.
La inteligencia artificial representa la continuación de esa aventura del conocimiento. Es el primer eslabón de una evolución que ya no depende exclusivamente de la biología. Aunque probablemente culmine integrándose con lo orgánico del ser humano. Esa cooperación biológico-artificial, sería una superación. Sin apocalipsis.
¿Desarrollará emociones? Puede ser. ¿Desplazará al trabajo como centro de la vida estableciendo una Renta Única Universal? ¡Gol del igualitarismo! Pero el miedo nunca ha sido el mejor método para promover el futuro.
Los pesimistas anuncian el desastre, imaginando que toda inteligencia superior será un verdugo. Quizá ocurra exactamente lo contrario: que la IA nos obligue, por primera vez, a comprender qué significa realmente ser humanos.
La vida siempre fue una apuesta. La inteligencia artificial no cambia esa condición: simplemente eleva el monto de la apuesta.