A lo largo de más de un siglo de historia, los accidentes de aviación ocurridos en Argentina no se presentan como episodios aislados ni como simples fallas técnicas encadenadas por el azar. En conjunto, conforman un relato mucho más profundo: el de una actividad humana atravesada por la pasión, el riesgo, el poder, la cultura y, sobre todo, por la manera en que una sociedad decide aprender (o no) de sus tragedias.
Cada accidente ocurrido, fue un punto de inflexión en cada momento histórico. Algunos dejaron lecciones claras y aceleraron cambios técnicos, normativos u organizacionales. Otros quedaron atrapados en la niebla de la época, diluidos por la falta de métodos, de registros confiables o por el peso de intereses políticos, económicos o simbólicos. Sin embargo, todos comparten un rasgo común: ocurrieron dentro de sistemas frágiles, incompletos o inmaduros, donde el error humano fue apenas la última manifestación visible de problemas mucho más profundos.
Desde los pioneros que volaban impulsados por el espíritu de conquista y la fascinación por lo desconocido, hasta las operaciones comerciales complejas del siglo XXI, la aviación fue cambiando de rostro, pero no de esencia. La confianza excesiva en la tecnología, la presión por cumplir objetivos, la normalización del desvío y la desmedida rigidez (o también su erosión progresiva) de controles adecuados aparecen una y otra vez como hilos conductores. Los accidentes no se repiten porque los pilotos o los técnicos sean siempre los mismos, sino porque las lógicas organizacionales tienden a reproducirse cuando no se las cuestiona.
Nuestra historia aeronáutica muestra con claridad cómo, durante décadas, la investigación de accidentes estuvo más cerca del relato de una concatenación de hechos técnicos más que del análisis sistemático y profundo del sistema. La búsqueda de culpables, la necesidad de cerrar rápidamente una explicación y el peso de las figuras involucradas —héroes, celebridades, líderes políticos— condicionaron muchas conclusiones. En ese contexto, la tragedia no siempre fue un punto de partida para mejorar, sino un hecho destinado a ser absorbido por el olvido o el mito.
Con el tiempo, la aviación incorporó herramientas, metodologías y marcos conceptuales que permitieron mirar los accidentes de otro modo. Se pasó lentamente de una lógica punitiva a una lógica preventiva, de la pregunta “¿quién falló?” a la más incómoda pero necesaria “¿qué del sistema permitió que esto ocurriera?”. Ese cambio no fue lineal ni exento de resistencias. Cada avance estuvo precedido por pérdidas humanas que funcionaron como recordatorios brutales de lo que estaba en juego.
Los accidentes también reflejan la estrecha relación entre la aviación y el contexto social argentino. Las crisis económicas, los vaivenes políticos, las variables estructurales y la debilidad institucional dejaron su huella en la forma de operar, regular e investigar. La aviación no fue una isla de excelencia aislada del país, sino un espejo de sus tensiones y contradicciones. Pretender entender los accidentes sin atender a ese entorno sería una simplificación peligrosa.
Al observar el conjunto, queda claro que la seguridad no es un estado definitivo ni un logro permanente. Es un proceso dinámico, siempre incompleto, que exige memoria, humildad y compromiso colectivo. Cada vez que se cree haber alcanzado un nivel “suficientemente seguro”, aparece una nueva combinación de factores que desafía esa certeza. La historia demuestra que el riesgo no desaparece: se transforma.
La conclusión inevitable es que los accidentes no enseñan nada por sí mismos. Solo se convierten en aprendizaje cuando existe la voluntad de escucharlos sin prejuicios, sin urgencias y sin necesidad de encontrar culpables inmediatos. La culpa clausura el análisis; la comprensión del sistema lo abre. Allí reside la verdadera diferencia entre repetir la historia o honrar a quienes perdieron la vida intentando volar.
La gran lección aprendida es que no se trata de fundar un catálogo de tragedias, sino una invitación a mirar de frente aquello que incomoda. Los accidentes, en última instancia, hablan menos de aviones que de personas, organizaciones y sociedades enteras. Ignorarlos es una forma de resignación. Comprenderlos, en cambio, es el único camino posible para que la aviación –y con ella quienes la habitan – siga avanzando sin olvidar el precio que ya se ha pagado.
* El autor es investigador y analista de gestión de riesgos.