La Inteligencia Artificial golpea a los jóvenes

El riesgo no está solo en la destrucción de trabajo, sino en el “tiempo perdido” entre lo que desaparece y lo que todavía no existe. Si la IA elimina trabajo en dos o tres años y la creación de nuevas categorías laborales demora una década, habrá un período entero en el que millones de jóvenes quedarán sin horizonte.

    La entrada acelerada de la IA no solo está transformando la economía: está alterando la estructura social con cambios rápidos y creciente incertidumbre. El problema no es la tecnología en sí misma, sino la contradicción entre lo que promete y los resultados que comienzan a observarse. En el centro de este conflicto están las nuevas generaciones, que enfrentan consecuencias tan profundas y excluyentes que terminan empujándolas a buscar respuestas, muchas veces en posiciones políticas extremas.

    La historia demuestra que esto ya se vivió. La revolución industrial del siglo XVIII tardó décadas en reorganizar el empleo; la transición del campo a la fábrica tardó medio siglo. Incluso internet necesitó casi veinte años para acomodar sus impactos. La IA, por el contrario, comprime ese proceso a una velocidad no vista antes. Y lo hace perjudicando a quienes, por formación y expectativas, sienten con mayor intensidad el golpe: jóvenes entre 14 y 29 años, con estudios suficientes para comprender las barreras que despiertan bronca e impotencia. Antes, las generaciones contaban con salidas: en el siglo XIX, la emigración masiva hacia América funcionó como escape; en el siglo XX, el Estado fue un gran empleador. El camino tradicional —formar una familia— también se fue disolviendo entre las nuevas generaciones. Cambió la manera de imaginar la adultez: menos hijos, más mascotas y más tiempo en el hogar paterno por la imposibilidad de acceder a la vivienda o afrontar un alquiler. Las tasas de matrimonio entre menores de 30 años están en mínimos históricos. La IA, al tensionar aún más el mercado laboral, profundiza esas tendencias.

    Jack Goldstone, Gunnar Heinsohn y Richard Cincotta, destacados científicos sociales y demógrafos, desarrollaron, a principios de los años 90, la “teoría del auge demográfico juvenil” (conocida en inglés como Youth Bulge Theory). Buscaban demostrar que cuando un país acumula una gran proporción de jóvenes adultos y las instituciones y el mercado no logran absorberlos, la probabilidad de conflicto aumenta. Y puede reflejarse de diferentes maneras y con distintos grados de complejidad a través de variados medios: redes sociales, movimientos religiosos, manifestaciones, entre otros, incluyendo posiciones políticas de mayor polarización.

    Argentina no escapa al auge demográfico juvenil. De los 47,5 millones de habitantes, un cuarto de la población tiene entre 14 y 29 años. El desempleo ronda el 16 %, y entre mujeres jóvenes es aún mayor. Pero el dato que inquieta es otro: la precariedad creciente del empleo disponible. Contratos breves, informalidad y sueldos que no alcanzan para proyectar una vida adulta. El trabajo informal crece; el formal, no. Es una generación que vive en la sala de espera de la frustración, que se agudiza cuando el joven proviene de la pobreza porque será más afectado por la escasez de empleos, precisamente aquellos más básicos donde la IA hace la primera limpieza. Un reciente informe de la Universidad de Buenos Aires demuestra que un 50 % de los argentinos de 18 a 29 años vive en condiciones de vulnerabilidad social. Advierte sobre los altos índices de informalidad laboral y sobre un fuerte deterioro de la salud mental, marcado por elevados niveles de ansiedad y depresión. Aun así, la mayoría de los jóvenes percibe que la educación es la herramienta para un futuro mejor.

    El riesgo no está solo en la destrucción de trabajo, sino en el “tiempo perdido” entre lo que desaparece y lo que todavía no existe. Si la IA elimina trabajo en dos o tres años y la creación de nuevas categorías laborales demora una década, habrá un período entero en el que millones de jóvenes quedarán sin horizonte. Los optimistas sostienen que la IA terminará generando más empleos de los que destruye, como ocurrió con la máquina a vapor o con internet. Es probable que así sea. Pero el problema no es el destino final, sino el recorrido hacia ese futuro. Si la destrucción que produce la IA es inmediata y la creación de trabajo y adaptación es a paso de tortuga, el vacío social será potencialmente desestabilizador.

    En países como Argentina, la penetración e impacto de la revolución de la IA no es prioridad para que se implementen políticas públicas de transición y mitigación. Falta, en el gobierno de Javier Milei y en la discusión pública, una postura honesta sobre esa transición para afrontar la transformación digital impulsada por la IA: cuánto durará, quiénes la sufrirán primero y qué acciones pueden amortiguar el golpe. Oscilamos entre la fascinación tecnológica y el miedo apocalíptico, sin detenernos en el tramo intermedio que es donde se juega el equilibrio social. Es necesario un acuerdo político y una alianza entre el Estado, las instituciones y las empresas para imaginar, pensar y tomar decisiones en tres temas principales que permitirían preparar y adaptar a los jóvenes: La educación (las universidades siguen formando para tareas que la IA ya puede realizar); la creación de nuevas categorías laborales (Estados, empresas y emprendedores deben identificar y redefinir el rol del trabajo en sectores emergentes, no solo invertir en la tecnología en sí); y la claridad sobre los plazos (el peor error es prometer que “todo estará bien”, entregar títulos y dejar que los jóvenes descubran solos que el mercado no los necesita).

    La realidad demográfica ya está definida. La IA avanza sin frenos. El desafío es determinar cómo Argentina puede incentivar nuevas oportunidades a través de políticas de educación y capacitación que permitan una transición ordenada entre la inteligencia humana y la artificial.

    * El autor es especialista en estrategia y desarrollo de negocios - heraclito.com

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