24 de julio de 2026 - 00:30

Final del Mundial de Fútbol: Muchas cosas para reflexionar y aprender tras una derrota

Un análisis sobre el partido Argentina-España realizado por un argentino radicado en Suecia, que fuera jugador de fútbol (arquero) de Almagro en la década del ’70.

Durante el desarrollo del Mundial de fútbol, me propuse suspender el juicio hasta la finalización del evento, sin dejarme llevar por el entusiasmo de las victorias ni el derrotismo que producen los contratiempos. Resultó ser una decisión acertada. Si hubiera analizado el rendimiento de la selección inmediatamente después de la victoria ante Inglaterra, mi opinión habría sido solamente positiva. Lamentablemente, luego de la final, me ha quedado un sabor amargo en la boca y, me atrevo a decir, una gran decepción de la que me costará recuperarme. Se pueden perder partidos, pero esta derrota fue distinta. Esta selección, la misma que nos ha dado tantas alegrías, me ha generado esta vez una profunda tristeza, y no precisamente por lo futbolístico, que es lo que menos importa. Se perdió ante un rival muy superior. Pero se perdió de una manera deplorable. Me explayaré sobre eso al final de este texto. Analizemos primero lo que exhibió la selección en el campo de juego.

Las dos selecciones finalistas juegan con el mismo estilo: el tiqui-taca español (o de la Naranja Mecánica de Cruyff) que De la Fuente rediseño dándole más ritmo y velocidad. Pero las distancias técnicas y de calidad entre las dos selecciones son abismales. España pasa el balón infinidad de veces, intenta asegurar su tenencia, etc., como Argentina. Pero lo hace hacia adelante y con velocidad, llevado por sus mediocampistas y los marcadores laterales (en la final, Cucurella y Porro). Y, sobre todo, lo hacen con gran precisión en los pases. Tienen jugadores mucho más técnicos que nosotros. Me planteo, por lo tanto, si tenemos material humano para jugar ese tipo de juego. Aun respondiendo afirmativamente a este interrogante, a Scaloni parece faltarle completar un curso de posgrado con De la Fuente, su profesor hace unos años en la escuela de técnicos. Durante el entretiempo, “Dibu” Martínez opinó que “sólo los miedosos (utilizó otro término más colorido) no juegan para adelante”. Es difícil no vincular esa manifestación de disconformidad con el planteo táctico de la final con sus declaraciones posteriores, al manifestar que tal vez sea hora “de dar un paso al costado”.

También le falta a Scaloni completar algún cursillo de liderazgo. Los ejemplos de sus falencias en esa área son varios. Se le reconoce haber formado un grupo de jugadores mancomunado y unido, que – más que un equipo de fútbol – son un grupo de amigos que juegan a la pelota. Irónicamente, tal vez esa camaradería le haya costado caro a la selección. Tengo la impresión de que a Scaloni le ha temblado la mano al momento de dejar afuera de la convocatoria a ciertos nombres del 2022 que hoy ya no dan la talla (Montiel, Otamendi, Nahuel Molina) y a otros que, aun dándola, no estaban en condiciones físicas de jugar el Mundial (“Cuti” Romero, Tagliafico) debido a lesiones. Está muy bien armar un grupo homogéneo y unido, pero con la condición de que el conductor mantenga la actitud del cirujano que corta en donde hay que cortar, sin sentimentalismo o apego personal. En ese sentido, le falta crecer como entrenador y como profesional. He escuchado a algún periodista sueco decir que lo bueno del plantel argentino es que Scaloni es casi de la misma generación que sus jugadores. Opino lo contrario: el entrenador debe ser mayor que sus jugadores, porque eso establece, aún sin ser percibido, una necesaria distancia y autoridad. ¿Ejemplo? Scaloni dijo en un par de conferencias de prensa antes de la semifinal con Inglaterra -parando muy bien los intentos sensacionalistas de algunos periodistas- que "éste es sólo un partido de fútbol; importante, sí, pero no quieran atribuirle otra dimensión, porque no me parece bueno". De esa manera, intentó quitar la carga política de la semifinal para proteger y llevar tranquilidad a sus jugadores. Sin duda, Scaloni merece ser elogiado por esa muestra de profesionalismo. Pero ¿qué hicieron "sus" jugadores? Desplegaron en la cancha una bandera sobre las Malvinas. No importa en realidad lo que cada uno de nosotros opine sobre ese gesto. Habrá quien apruebe esa conducta, y habrá quienes opinen que no se deben llevar consignas políticas al campo de juego, porque si lo hacemos, tendremos que aceptar luego otras consignas, contrarias a los ideales democráticos e igualitarios. Porque, si no estamos dispuestos a hacerlo, ¿quién decidirá cuáles son las consignas “correctas” a expresar en una cancha de fútbol y cuáles no? ¿Si se permite una, no se deberían entonces permitir todas?

Pero el simple hecho de que los jugadores hayan desoído la opinión de su entrenador sobre esta cuestión es síntoma de un liderazgo débil o, al menos, compartido (¿con Messi?). La bandera de Malvinas fue una desautorización pública de los jugadores a su entrenador.

Otra evidencia concreta de falta de liderazgo es no haber sabido crear un clima de combatividad leal en el equipo, sin que la misma degenere en actitudes y conductas agresivas. El espectáculo que han dado Paredes, Molina y Roberto “Ratón” Ayala ha sido bochornoso y empalidecen los logros de un gran equipo. ¿No vio Scaloni venir esas reacciones en los días previos? ¿No notó una actitud en exceso agresiva en alguno de sus jugadores, como para poder neutralizarla a tiempo? Un líder debe estar atento a esos fenómenos y tiene la responsabilidad de instalar en sus jugadores la convicción – en realidad, los valores – de que hay conductas que no son aceptables. Scaloni perdió a todas luces el control del plantel en ese aspecto. Ése fue el mayor fracaso de esta selección. Y esa decepción, ese dolor, lastima muchísimo más que la derrota deportiva ante un rival superior.

Tuvo mucha razón De la Fuente cuando, luego de finalizado el partido, le dijo al oído a su alumno Scaloni: "Lio, eres muy joven, tienes muchos más años de fútbol por delante que yo. Hoy era justo que fuera para nosotros". Scaloni crecerá como entrenador y como persona, y espero que continúe siendo el entrenador de Argentina (entre otras cosas, Scaloni jamás hubiera dejado al Diego fuera del Mundial ’78). La vida misma hará que, en un futuro no muy lejano, ya no pertenezca a la misma generación de sus dirigidos. Se volverá, como todos, más viejo. Y, tal vez no como todos, también se volverá más sabio.

(*) El autor es argentino y desde hace décadas vive en Suecia. En su juventud fue jugador de fútbol (arquero) de Almagro, década del ’70. Es docente de la Facultad de Filosofía Práctica. Universidad de Estocolmo.

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