Hoy, 9 de febrero, se cumple un nuevo aniversario del nacimiento del meteorólogo Bernardo Rázquin, quien trascendió los límites de su querida Mendoza al resto del país con sus pronósticos del tiempo, cuando los sistemas de predicción no estaban suficientemente desarrollados y su actividad asemejaba más a una acción de chamanes que de profesionales de la materia.
Es conocido popularmente por sus aciertos en los pronósticos en base al comportamiento de las hormigas, su amor a nuestro terruño, sus incursiones en la montaña, ya sea como meteorólogo (principalmente del Ejército) o acompañando expediciones arqueológicas con destacados profesionales como el doctor Juan Schobinger. Todo ello lo transformó en un ser querido por la gente sencilla, a la que llegaba con un lenguaje comprensible, de la que interpretaba sus vivencias del clima, la naturaleza y sus avatares como los sismos, en relación a la vida de una provincia como la nuestra, en la que saber que iba a pasar, era fundamental para las actividades diarias, principalmente en el campo, donde algunos decían que el tiempo le hacía caso.
Esta visión de su persona es compartida por quienes lo conocieron, escucharon sus comentarios en radios y diarios locales, o lo cruzaban por la calle en sus diarias caminatas (no usaba auto ni transportes públicos) a quienes nunca retaceó un saludo o un comentario amable.
Pero esta visión popular no muestra la profundidad de Rázquin, ya que detrás de esta imagen por cierto valedera, existió un ser humano de una valía que supo enfrentar la vida a partir de su nacimiento en una familia de inmigrantes (navarro por padre y andaluza por madre), sencilla y numerosa por lo que tempranamente salió a vender leche del tambo de su padre. Con estudios primarios incompletos, típico de aquel entonces, se vio obligado a desarrollar distintas actividades, entre ellas mimbrero, oficio de gran creatividad en la que manifestaba sus habilidades manuales, de lo que supo dar clases en una actitud que será un continuum en su vida: enseñar lo que sabía, cualquiera fuera el tema. Poco conocido es su amor por la música clásica, ya que era un asiduo concurrente a los conciertos de la orquesta de la UNCuyo, universidad en la que trabajaba.
Su sensibilidad de espíritu, curiosidad y creatividad era acompañada de una gran capacidad de observación de la naturaleza, amor por su terruño y su historia. Él se sentía por sobre todo mendocino y su fuente de conocimiento fue entender a Mendoza, la tierra que sentía vibrar en su ser. Necesitaba contemplarla, descubrirla, entenderla, desmenuzarla, para lo cual se valió de la lectura de todo lo que podía conseguir o llegaba a sus manos. Se transformó en un autodidacta, pero no ingenuo, ya que tuvo dos inspiradores de fuerte presencia en la Argentina de la primera mitad del siglo XX: Martín Gil y Florentino Ameghino. Ambos profesionales con una vida austera, escaso reconocimiento en vida que crearon una figura ética del científico como trabajador, silencioso, perseverante, orientado al bien común, pensando la ciencia como parte del proyecto nacional no como un lujo intelectual, con la legitimidad del saber hecho fuera del centro de Buenos Aires o el eurocentrismo, el valor del registro paciente de la naturaleza y con la idea de que el territorio argentino habla científicamente si alguien aprende a escucharlo.
Tal era la admiración que sentía por Ameghino, que los 18 de setiembre, día de su natalicio y fecha en que se festeja el Día del Arqueólogo, convocaba a algunos amigos, hacía vestir elegantemente a sus cuatro hijos y convocaba a la corneta de los bomberos para rendirle homenaje en el busto que se ubica en la plazoleta que lleva su nombre en calle Salta y Costanera. Allí plantó en su memoria una araucaria que sobresale por su actual porte.
Rázquin en su condición de autodidacta era criticado por su falta de método y de formación científica, pero no se sentía menos. Por el contrario, era seguro y persistente y hasta desafiante en su visión como sus inspiradores Gil y Ameghino. En una entrevista del medio Testimonios BA sobre las críticas a sus métodos que le hacían meteorólogos formados y a su falta de formación científica, respondió: “Bueno, ¿sabe lo que decía Sarmiento?, que los títulos no acortan las orejas. Por eso, muchos cráneos terráqueos, hablando en criollo, meten la pata….”. Ello nos muestra la defensa que hacía de su método de observación directa del cielo, la naturaleza y el comportamiento de los animales encarnando una sabiduría empírica y paciente. Tanto Ameghino como Gil coincidían en que la autoridad científica nace del método, no del cargo o del título. Ameghino sostenía que este tipo de observación científica no tradicional reivindicaba la mirada del observador “común” con sentido crítico y experiencia.
A fines de la década del 40 se reunió un grupo de entusiastas aficionados a la astronomía encabezados por Rázquin y Luis Cabut, quienes con la idea de conformar la Asociación Científica de Mendoza, se presentaron a la sociedad con una ilusión humanista y de afición al conocimiento: (…) “deben tomarse en cuenta toda observación que signifique un aporte a las ciencias y es un deber despertar vocación científica superior que conduce a la superación del individuo(…) se realiza una comunión espiritual que aviva el sentimiento de comunidad y que la ciencia no distingue escalas sociales para su desarrollo, y exige tan solo la acción de cerebros en plena actividad”.
Era una agrupación abierta para aficionados y destacados profesionales del medio, los que llegaron a tener 63 asociados, todos procedentes de distintos estratos sociales y desigual formación cultural. Si bien no se descarta que pudieran haber existido tensiones entre la visión profesional y amateur de sus integrantes, predominó una relación y coexistencia equilibrada entre ambas visiones, conforme sus estatutos originales, los que propiciaban poner a disposición de la población los instrumentos y el conocimiento necesario de disciplinas que en apariencia estaban alejados del trabajo de todos los días para ofrecer una comprensión práctica de la vida (“De Mendoza hacia el cosmos”, pág. 47-49-54-56, Pachero, 2013). Dicha agrupación tuvo altibajos en su actividad y de los participantes profesionales surgieron avances académicos en ciencia e investigación que en muchas de ellas tuvo la presencia de don Bernardo.
En sus observaciones merece la atención al movimiento de los astros y su correlación con los hechos terrestres, en especial el comportamiento de las erupciones y manchas solares, lo que tuvo a nivel mundial su punto cúspide con los objetivos del Año Geofísico Internacional en el año 1957. Era tal su convicción de la influencia del sol en la vida terrestre, que llegó a hacer un culto tomar sol todos los días, sin medir las consecuencias que tuvo en su salud.
Rázquin no tuvo en su vida ningún condicionamiento intelectual, político o religioso y fue respetuoso de todas las cosmovisiones. Fue un libre pensador, de la meteorología, astronomía, arqueología y hasta llegó a incursionar en la ufología, con una visión holística de la creación, más allá de los algoritmos que dominan la ciencia actual. Tuvo su propio método: la observación paciente y asociación empírica de todos los fenómenos que realizaba con instrumental básico (un teodolito prestado y larga vista con un vidrio ahumado).
Lamentablemente no dejó constancia escrita de su método, pero sí un legado que no por falta de saber científico validado, ha perdido vigencia como un camino posible a incursionar.
* El autor es arquitecto. Sobrino de Bernardo.