Dos pedazos de Europa en el norte de África: en Ceuta y Melilla, frente a las soleadas costas españolas donde muchos europeos pasan sus navidades, la miseria y la guerra ejercen una presión migratoria sin precedentes sobre una España abrumada.
Dos pedazos de Europa en el norte de África: en Ceuta y Melilla, frente a las soleadas costas españolas donde muchos europeos pasan sus navidades, la miseria y la guerra ejercen una presión migratoria sin precedentes sobre una España abrumada.
Estas dos pequeñas colonias españoles en el norte de Marruecos suman 32 km2 en los que viven 170.000 personas.
Ceuta está frente al estrecho de Gibraltar, estratégico punto de entrada al Mediterráneo. Aquí la llamada del islamismo suena con fuerza y desde uno de sus barrios más pobres, El Príncipe, partieron varios yihadistas.
Unos 400 km al este se encuentra, también en la costa, Melilla, más cercana a Argelia.
Son dos territorios que Marruecos considera como suyos y que España no quiere ceder en ningún caso. Son también las únicas fronteras terrestres entre África y la Unión Europea. Cada semana, cientos de inmigrantes intentan escalar las altas vallas metálicas que rodean ambas ciudades, vigiladas respectivamente por unos 600 guardias civiles.
Más que nunca constituyen un punto de entrada para candidatos al asilo que huyen de los conflictos de Siria, Libia, Irak, Mali o Sudán. O simplemente, de la miseria y falta de oportunidades en numerosos países subsaharianos.
Los intentos de paso no dejan de aumentar, afirman las autoridades: en 2014, casi 20.000 personas trataron de saltar la valla de Melilla y unas 2.000 lo lograron.
“La presión es máxima”, se queja el delegado del gobierno español en Melilla, Abdelmalek el Barkani. Pero “lo que ocurre aquí repercute no solamente aquí sino que repercute a toda la Unión Europea. Necesitamos una política común de inmigración”, afirma.
“Se nos desborda totalmente", admite un guardia civil.
Todos los métodos valen: niños y adultos se introducen entre la carga de los camiones, bajo los vehículos, escondidos en el interior de asientos vacíos, bajo el salpicadero y sobre el motor.
En Melilla, los más fuertes intentan escalar la valla fronteriza con Marruecos, tristemente famosa por una fotografía en la que se ve a un puñado de inmigrantes encaramados a la alambrada, frente a un campo de golf donde unos hombres parecen jugar en la más completa indiferencia. Se quedan ahí hasta caer de cansancio, o por los golpes de las fuerzas de seguridad.
Abu Diarrisso, un marfileño de 22 años, lo ha logrado. "¡Hay que ser fuerte, deportista, un león!", exclama este inmigrante que habló en Melilla, orgulloso de ser el único que logró cruzar de un grupo de 200 subsaharianos.
En Ceuta, en febrero, unos quince inmigrantes murieron ahogados intentando llegar al enclave a nado, una tragedia en la que la actuación de la guardia civil fue duramente criticada.
Como ocurrió también a raíz de un video filmado el 15 de octubre por la ONG de defensa de los derechos humanos Prodein que mostraba a los agentes golpeando a un inmigrante en Melilla antes de devolverlo, inconsciente, a Marruecos, sin intentar saber más sobre él ni darle auxilio.