La mítica propiedad Robin Williams en las montañas de Mayacamas, bautizada como Villa Sorriso, tardó cuatro años en hallar un comprador. El complejo, diseñado a medida a principios de los 2000, debió resignar casi la mitad de su valor inicial para destrabar una compleja operación inmobiliaria.
La residencia principal cuenta con cinco dormitorios y diez baños revestidos de piedra caliza. En su interior esconde lujos como tres habitaciones de seguridad, una sala de cine para doce personas, ascensor y bodegas climatizadas para obras de arte.
El verdadero motivo de una rebaja millonaria
El prolongado estancamiento de la venta revela cómo funciona el mercado de las grandes extensiones personalizadas. Williams admitió en vida que sufría presiones financieras por sus divorcios, lo que motivó la salida al mercado en 2012. Al ser una propiedad tan específica, el valor puramente residencial se licuó; el mercado de superlujo no se mueve por la fama del constructor, sino por el rendimiento real de sus activos.
Aquí radica el giro final de la transacción. Quienes pusieron los 18,1 millones de dólares en efectivo no buscaban un santuario de Hollywood, sino expandir un negocio agrícola. Los compradores fueron los productores franceses Alfred y Melanie Tesseron, dueños de Château Pontet-Canet en Burdeos.
Viñedos activos en lugar de mitos de Hollywood
Para estos productores, el verdadero tesoro de la finca de 640 acres estaba en el suelo. La propiedad alberga más de 18 acres de viñedos activos con variedades de Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Petit Verdot, además de olivos centenarios y un estanque natural.
La adquisición marcó el desembarco de la familia Tesseron en la viticultura de California, transformando un refugio privado de celebridad en un polo de producción vitivinícola. Así, el legado de la "Villa de las Sonrisas" encontró un destino comercial lejos de la espectacularidad de los precios iniciales.