Cuando Mary Flood conoció a Jake, un Labrador negro de apenas diez meses, su futuro estaba muy lejos de una misión federal de rescate. El perro había sido encontrado abandonado y presentaba una pata rota y una lesión importante en la cadera, pero después de recuperarse comenzó un proceso de entrenamiento que terminaría llevándolo a algunos de los mayores desastres de Estados Unidos.
Flood formaba parte de Utah Task Force 1 y ayudó a convertir a Jake en un perro especializado en búsqueda y rescate.
En 2001 logró la certificación correspondiente de FEMA, justo el año en el que su preparación sería puesta a prueba en una escala difícil de imaginar.
Trabajó durante 17 días entre los escombros del World Trade Center
Después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, Jake viajó junto a Utah Task Force 1 a Nueva York.
Su despliegue en Ground Zero duró 17 días, durante los cuales trabajó buscando sobrevivientes y restos humanos dentro de un ambiente lleno de polvo, estructuras destruidas y materiales peligrosos.
El National September 11 Memorial & Museum conserva además una pieza inspirada específicamente en Jake dentro de sus registros. La descripción oficial recuerda tanto su participación en las operaciones del World Trade Center como sus posteriores misiones en otros desastres.
Los perros fueron una parte importante de la respuesta al 11-S. Cientos trabajaron en las zonas afectadas, algunos buscando personas y restos y otros ofreciendo apoyo emocional a rescatistas y familiares.
Cuatro años después volvió a trabajar tras el huracán Katrina
Jake no se retiró después de Nueva York. En 2005 volvió a ser desplegado junto con su equipo después del huracán Katrina, uno de los desastres naturales más devastadores de la historia reciente estadounidense. También participó posteriormente en tareas relacionadas con el huracán Rita.
Su formación iba mucho más allá de encontrar personas entre edificios derrumbados. Durante su carrera tuvo certificaciones relacionadas con avalanchas, rastreo, búsquedas en zonas agrestes y rescates acuáticos, lo que le permitía trabajar en situaciones muy distintas.
Después de rescatar, empezó a enseñar a otros perros
En sus últimos años, Jake también ayudó a entrenar perros más jóvenes y a sus guías, utilizando su experiencia para enseñar búsquedas en terrenos difíciles.
Además participó en campamentos para personas que habían sufrido quemaduras y en otras actividades de acompañamiento.
Su historia resulta especialmente llamativa por el contraste entre el comienzo y el final de su recorrido: el perro encontrado herido y abandonado terminó convertido en uno de los animales recordados por su trabajo después del 11-S.
Jake murió en 2007, a los 12 años, después de desarrollar un hemangiosarcoma. No existe evidencia suficiente para afirmar que su cáncer haya sido causado por el trabajo en Ground Zero, algo que debe diferenciarse de las investigaciones realizadas sobre la salud de los perros que estuvieron allí.