11 de agosto de 2026 - 19:35

El cuarto lago más grande del mundo lleva 60 años liberando 748 toneladas de dióxido de carbono

El cuarto lago más grande del mundo perdió cerca del 90% de su volumen desde la década de 1960. Sus sedimentos revelan la cantidad de dióxido de carbono.

Durante décadas, la desaparición del mar de Aral fue asociada principalmente con la pérdida de agua y el impacto sobre las comunidades de Asia Central. Sin embargo, el retroceso dejó al descubierto algo que permanecía oculto bajo el lago: enormes cantidades de sedimentos cargados de materia orgánica y carbono.

Una investigación reciente puso cifras a ese proceso y descubrió que el antiguo fondo del lago no quedó ambientalmente inactivo. Parte del carbono almacenado durante miles de años comenzó a interactuar con el aire y terminó llegando a la atmósfera, mientras otra porción fue movilizada por las tormentas de polvo.

Los científicos evalúan recuperar parcialmente determinadas zonas del mar de Aral o rehidratar sectores concretos de sus sedimentos.

Los científicos evalúan recuperar parcialmente determinadas zonas del mar de Aral o rehidratar sectores concretos de sus sedimentos.

El fondo que quedó expuesto comenzó a liberar carbono

El mar de Aral se encuentra entre Kazajistán y Uzbekistán y comenzó a reducirse drásticamente durante la segunda mitad del siglo XX. La principal causa fue el desvío de los ríos Amu Daria y Sir Daria para ampliar la superficie destinada a la agricultura en una región donde el agua ya era un recurso limitado.

  • Con el descenso del nivel del lago, grandes extensiones de su antiguo fondo quedaron expuestas. Allí había sedimentos acumulados durante miles de años, con materia orgánica que había permanecido bajo el agua.
  • Al entrar en contacto con el oxígeno, parte de ese material comenzó a descomponerse. Ese proceso liberó carbono en forma de CO y convirtió al antiguo fondo del lago en una fuente adicional de emisiones.
  • Los investigadores estimaron que unas 748 megatoneladas de CO fueron liberadas desde la década de 1960. El ritmo no fue constante: aproximadamente la mitad de esas emisiones ocurrió durante los primeros 15 años después de que los sedimentos quedaran expuestos.

Con el paso del tiempo, la cantidad de carbono disponible para este proceso disminuyó y las emisiones comenzaron a reducirse.

Las tormentas de polvo también transportan parte del carbono

El fenómeno no se limita a las emisiones directas hacia la atmósfera. El estudio señala que aproximadamente una quinta parte del carbono sigue otro recorrido y permanece asociado a partículas de polvo.

El antiguo fondo del mar de Aral se transformó en una extensa superficie seca y vulnerable a los fuertes vientos de la región. Cuando se producen tormentas, los sedimentos pueden levantarse y desplazarse a través del aire.

La vegetación también interviene en este proceso

En algunas zonas se plantaron saxaúles, especies capaces de soportar las condiciones extremadamente secas del área. Su crecimiento permite recuperar una parte del carbono, aunque el efecto todavía es reducido.

Según las estimaciones de la investigación, la revegetación actual compensa menos del 1% de las pérdidas de carbono.

El problema podría continuar porque todavía existen sedimentos que permanecen parcialmente cubiertos por agua. Los científicos calculan que alrededor de 605 megatoneladas de CO siguen almacenadas en esos materiales que aún no se han secado completamente.

La lógica es evitar que el carbono que todavía permanece almacenado quede expuesto al aire.

La lógica es evitar que el carbono que todavía permanece almacenado quede expuesto al aire.

El antiguo lago todavía tiene una historia que contar

La desaparición del mar de Aral no terminó cuando el agua retrocedió. Décadas después, los sedimentos que quedaron expuestos continúan participando en procesos que afectan al ambiente de la región y al balance de carbono.

Las 748 megatoneladas de CO calculadas por los investigadores muestran la dimensión de una consecuencia que durante mucho tiempo quedó fuera del foco. Al mismo tiempo, las 605 megatoneladas de CO que todavía permanecerían almacenadas representan una parte del problema que podría evitarse si determinados sectores vuelven a recibir agua.

El caso también muestra cómo una alteración de un ecosistema puede generar efectos que se prolongan durante generaciones. Para los científicos, recuperar algunas zonas del antiguo mar de Aral no sería solamente una cuestión de devolver agua al paisaje, sino una posible estrategia para limitar nuevas emisiones procedentes de sus antiguos sedimentos.

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