9 de agosto de 2026 - 16:12

En 1976, una bióloga de 26 años acampó sola bajo un nido artificial de águila y uno de los polluelos que crió se convirtió en padre de unos 70 más

Para salvar a la especie de la extinción por el pesticida DDT, Tina Morris alimentaba a las crías en secreto con una horquilla para evitar que se domesticaran.

Tina Morris acampó sola junto a una torre con un nido artificial a unos 10 metros del suelo, en el refugio Montezuma, Nueva York. Su tarea diaria consistía en escalar la estructura para alimentar a las aves. Entre ellas estaba M3, un águila rescatado en Michigan con una pata rota que se convertiría en el símbolo de un milagro biológico.

El gran desafío de Morris no era solo subir la comida, sino hacerlo sin que los animales asociaran al ser humano con el alimento. Si esto ocurría, se producía la impronta, un fenómeno por el cual los polluelos se domesticaban y perdían la capacidad de sobrevivir solos en la naturaleza. Para evitarlo, se utilizó una técnica llamada hacking, que consiste en criar aves en un entorno controlado antes de liberarlas. La bióloga se ocultaba de la vista de las águilas y usaba una horquilla de asado atada a un palo largo para dejarles peces y restos de animales atropellados en el nido, de forma que las crías crecieran creyendo que la comida aparecía de forma natural.

¿Cómo se convirtió M3 en el símbolo de la recuperación del águila calva?

Tras dejar el nido, Tina Morris tuvo que rastrear a las águilas por el refugio, rescatando incluso a una que cayó en un pantano. Aunque el proyecto continuó bajo control estatal, el legado de su esfuerzo se consolidó décadas después: M3, identificado por su anillo número 03142, se adaptó perfectamente a la vida salvaje y vivió unos 35 años. Durante ese tiempo, se estima que engendró alrededor de 70 polluelos, impulsando de forma directa la recuperación de su especie en la región.

En la década de 1960, apenas quedaban 417 parejas reproductoras de águila calva en la parte continental de Estados Unidos debido a la pérdida de hábitat, la caza y los efectos del pesticida DDT, que debilitaba los cascarones de los huevos. Gracias a la prohibición de este químico y a programas experimentales como el de Montezuma, hoy la población supera los 300.000 ejemplares. El destino de M3 terminó trágicamente cuando fue atropellado por un vehículo, pero su descendencia sigue sobrevolando los bosques neoyorquinos como prueba viviente de que el esfuerzo solitario de una joven bióloga valió la pena.

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