Durante gran parte del siglo XIX las luchas internas y la guerra imposibilitaron al Estado nacional ocuparse de "la Frontera". En forma paliativa destinaron recursos a las tribus "comprando paz". Rosas fue un gran conciliador otorgando a los aborígenes recursos de la Provincia de Buenos Aires para frenar sus incursiones. La costumbre se mantuvo hasta la Campaña llevada a cabo por Roca, durante la presidencia de Avellaneda.
Los jefes aborígenes recibían provisiones en cantidad -dinero, uniformes militares, ropa en general y diversos artículos de uso cotidiano-, a cambio de no invadir. Llegaron a pedir indemnizaciones. Namuncurá solicitó al Estado argentino ocho mil pesos, para compensar la ejecución de un enviado de su hermano.
En una carta de Juan Calfucurá leemos:
"[verán] mis Capitanes que ya estamos de arreglos y así que no tendrá que haber invasión cuando vean mis Capitanes que recibo mi Ración.
Señor tengo un cautivo que se llama Antonio pero éste me ha costado cien vacas y un par de espuelas bien grandes y un par de riendas de plata y un sobre de todo así es que doy a saber que si le interesa ese cautivo me dé diez mil pesos papel y dos pares de riendas (… ) Señor recibí todo lo que me manda que le doy las gracias sólo las botas ninguna me ha venido así que espero me mande cuatro pares de Botas Granaderas pero que sean lindas: dos del número cinco y dos del número seis y un recado todo completo y un poncho de paño fino que no sea como los ponchos que me ha mandado que no sirven que los he dado todo; así espero este favor de Ud..."
De esta correspondencia -y de tantas similares- puede inferirse la existencia de un claro margen extorsivo, desnudo en la frase: "No tendrá que haber invasión cuando vean mis Capitanes que recibo mi Ración". Impacta sobre todo el comercio que hacían con las personas. En Buenos Aires se creaban asociaciones que reunían fondos con el fin de comprar la libertad de familiares cautivos.
Más allá de estos "pactos" no existían garantías y muchas veces las tribus atacaban, de todos modos. Pero claro, no sólo ellos rompían los pactos.
Mientras tanto, las poblaciones fronterizas vivían en vilo esperando el siguiente ataque aborigen. Los días de sangre y horror nunca tardaban en llegar. Los malones saqueaban, mataban, violaban y destruían. Profesaban tanto odio al cristiano que, como no podían llevarse las cosechas, desparramaban el contenido de los graneros e incendiaban todo. Pero el mayor daño no fue material. Una cautiva de Villa Mercedes relató:
"… sentimos un tropel como si el cerro se viniera abajo: salgo corriendo al patio y vi que rodeando casi toda la casa había como 200 indios gritando ¡Matando cristiano!
Yo atiné sólo a decir ¡Dios me salve! Y disparé para el lado de la barranca, pero no había corrido ni 50 metros cuando un indio me agarró de las trenzas y me levantó en el aire, y me puso atravesada sobre la cruz de su caballo (… ) De mi mamá no supe más nada. Después, de vuelta a mi rancho a los cuatro años, me anoticié que la habían matado los infieles (… ) En ese malón llevaron mucha hacienda más, robando y matando; en algunos casos mataron a niñitos que aún no caminaban: los tiraban para arriba y 3 o 4 indios por juguete decían: 'Ensartando pichi-botón (niño)', y los clavaban con la lanza…"
La vida de quienes caían en manos indígenas se transformaba en un infierno. Abismo del que algunos llegaron a ser rescatados por nuestro Ejército, bajo la dirección de Julio Argentino Roca. Siempre escuchamos criticar la Campaña del Desierto esgrimiendo frases como "la historia la cuentan los que ganan". Curioso considerar que los cautivos ganaron algo y silenciarlos porque sus padecimientos no encajan con lo que algunos prefieren contar.