“Señor presidente: Estoy profundamente agradecido por su bienvenida en nombre de todos los estadounidenses. Como hijo de una familia de inmigrantes, me siento feliz de ser un invitado en este país, que en gran parte fue construido por estas familias”.
Cuando el papa Francisco soltó esas palabras, en un pausado, pero estudiado inglés, la mendocina Ada Bermejo estalló en lágrimas en el Jardín Sur de la mismísima Casa Blanca.
“Lloré porque Argentina también lo recibió como a un inmigrante, gracias a eso él se pudo desarrollar y luego llegó a Roma como Papa. Eso pasó porque una tierra le dio cabida como inmigrante”. Y se preguntó: “Si este país (por EEUU) le diera cabida a todos los inmigrantes como nosotros, ¿cuánta más producción, cuántos más representantes y gente poderosa podría tener? Nos están negando crecer”.
En ese momento, que jamás imaginó en La Dormida, su pueblo natal, Bermejo comprendió que su misión, de casi dos años y que incluyó una peregrinación de 63 kilómetros desde Baltimore (Maryland), había concluido. “El 25 de agosto de 2013 en la Ermita de la Caridad del Cobre en Miami, fuimos a pedir la bendición para poder acercarle una carta al Papa antes de que fuera al Congreso y pedirle que abogue por nosotros, que sea la voz que no tenemos”. Como no estaban seguras de que se la pudieran dar en la Casa Blanca, otro grupo de madres argentinas se ubicó en la ruta del papamóvil con una bandera de la Villa 21 de Buenos Aires. Obviamente, llamaron la atención de Bergoglio, quien le pidió a su seguridad que le acercaran la misiva que las Dreamer’s Moms prepararon para él.
Esta mendocina, que junto a la chaqueña Alejandra Saucedo le dieron forma a este colectivo de mujeres, se ilusiona: “Ojalá que mañana (por hoy), el Papa hable de inmigración en el Congreso para que el tema se reactive y no se olvide. Tengo mucha fe y esperanza de que lo hará. Incluso, podríamos tomar palabras de su mensaje para reflotar el tema, que está estancado en la Corte”.
Al hacer un balance de estos últimos días, Bermejo confesó que “nunca se imaginó que iba a vivir algo así”, y mucho menos en su añorada Santa Rosa.
En total, las Dreamer’s Moms se demoraron 4 días para unir caminando los 160 km entre York (Pensilvania) y la capital estadounidense, mientras que Bermejo se unió en Baltimore el pasado domingo.
Aunque esta misión se terminó, Bermejo remarcó que la lucha continúa porque está en juego el porvenir de millones de jóvenes que quieren desarrollarse en este país, como sus hijos: “Hay injusticias que si uno se queda callada o sólo quejándote con los vecinos, no se solucionan. Entonces, hay que organizar a la gente, elevar una petición junto a tus vecinos si el problema es el barrio, o en la ciudad. Hay que reunirse con las personas adecuadas y las cosas se van solucionando”.