A media mañana y con el termómetro en aumento, 15 muchachos se sacan el calor y parte del aburrimiento, bañándose debajo del grueso chorro de agua fresca que cae desde el caño con que se llenan los camiones regadores municipales.
A media mañana y con el termómetro en aumento, 15 muchachos se sacan el calor y parte del aburrimiento, bañándose debajo del grueso chorro de agua fresca que cae desde el caño con que se llenan los camiones regadores municipales.
Ese grupo de pibes y no tan pibes, junto a otros 40 más forman parte de la avanzada ricotera que ya instaló sus carpas y sus banderas en el parque Agnesi, de San Martín, a la espera del recital que el Indio Solari dará muy cerca de allí, en el autódromo Jorge Ángel Pena, dentro de una semana, en la noche del próximo sábado.
"Me vine a dedo desde Santa Fe", dice Gastón cuando uno le pregunta y mientras invita un trago de vino servido en una botella plástica cortada por la mitad, el muchacho habla de su largo viaje con la naturalidad de quien podría contar una escapada al almacén; y es que no es la primera vez que Gastón hace cientos de kilómetros para oír al Indio allí donde el ex Redonditos haya decidido convocarlos.
Esa peregrinación sin condiciones hacia los pies del mismo escenario es la suerte que Gastón comparte con el resto de la gente que vive en el acampe y con los miles que van a llegar en los próximos días, todos con historias similares o no tanto y algunos con tanto trajín encima que les faltan dedos en las manos para contar viajes y anécdotas.
"La primera vez que lo vi al Indio fue en el 88, en el teatro San Martín de Mar del Plata, yo tenía 13 años y desde entonces, nunca me perdí un show", dice Mariano y enumera de memoria una veintena de fechas y lugares.
Cerca de allí y a la intemperie, cuatro muchachos encajan apretados sobre un viejo colchón como lo harían las piezas de un tetris y pese a todo, duermen profundo, las cabezas de algunos junto a los pies de los otros.
"Llegué hace pocos días y acá me hice amigo de alguna gente y me reencontré con otros que también vinieron el año pasado", cuenta uno mientras atraviesa con un alambre un bollo de pan del día anterior y lo acerca al rescoldo de un fuego que ardió toda la noche.
En el lugar hay una decena de carpas y un par de motos, una de ellas con el motor en el suelo juntando tierra: "Vengo de San Luis y llegué con la moto a las tosidas, la desarmé pero no le encuentro la falla", dice Roberto y completa: "Igual, ahora no importa porque ya estoy acá, después de la 'misa' del Indio veré cómo la arreglo".
También hay una vieja bicicleta de estilo inglés encadenada a un palo y uno trata de imaginar quién habrá sido el antihéroe que pedaleó un aparato tan pesado y desde donde habrá venido, pregunto pero en el acampe no recuerdan quien es el dueño; más allá unas cuantas mochilas desparramadas y un pibe que ensaya un juego de malabares con tres botellas de colores.
Dice que con esa prueba de circo piensa ir a los semáforos de la ciudad para juntar los $500 de la entrada al recital. Se tiene mucha fe porque ya lo ha hecho antes.
Es curioso, toda esta gente es la primera en llegar de miles que lo harán en los próximos días, pero ninguno de ellos parece tener el dinero para la entrada, aunque eso no los preocupa y sólo viven el momento: lo primero era llegar a la ciudad elegida para el recital y se llegó, punto.
"Ya veremos... entrar a escuchar al Indio seguro vamos a entrar, Patricio Rey proveerá", asegura entre risas un cordobés que se arrima y pregunta si por casualidad tengo hielo para agregarle a su bidón con vino; le digo que no tengo hielo, que estoy allí por una nota para el diario pero no se da por vencido e insiste: "¿Y plata para el hielo?".
Mientras tanto, cerca de allí el municipio de San Martín está terminando su parte del trabajo: ya dio forma a un nuevo puente en el ingreso al autódromo, por donde cruzará aquella parte del público que llegue en micros, y también amplió la red de agua potable y de luminarias en todo el predio del Agnesi; este fin de semana, la comuna entregará el control del autódromo a los organizadores del show y así, como ocurrió el año pasado, a partir del lunes el lugar quedará cerrado a los curiosos y en cuatro días un ejército de hombres montará el escenario, las torres de luz, video y sonido, además de los paredes de fenólico que delimitarán el predio. El viernes es posible que haya prueba de sonido.
También está cerrada la inscripción que a comienzos de la semana abrió la comuna para anotar kioscos de venta de comida y bebida; desde el área de Desarrollo Económico explicaron que en cuatro días se inscribieron 250 puestos y que se van a ubicar en los dos caminos laterales de ingreso al parque.
En el Agnesi ya es mediodía y parte de la pequeña comunidad ricotera no ha resuelto qué almorzará: a un costado y mientras ensaya el trenzado de unas pulseras que intentará vender más tarde, una chica vigila una olla tiznada que hierve sobre unas brasas, aunque el cacharro solo tiene agua y falta que alguien consiga y eche alguna verdura.
"Anoche comimos un flor de asado que no sé de dónde salió y ahora nos está faltando comida, pero ya algunos amigos fueron a 'batallar' algo para cocinar", dice Nicolás, que llegó desde Paraná y completa: "El pueblo es bueno y colabora, por eso no hay que preocuparse porque siempre habrá algo para comer y tomar mientras esperamos al Indio". Le pregunto si se hace larga la espera: "No, para nada, la espera con los pibes es parte de la mística ricotera".