—¿Cómo empezó todo?
—Mi familia materna estaba vinculada al teatro. Mis abuelos, desde jóvenes, hacían teatro itinerante. Iban por los pueblos y llevaban en carretas las escenografías, los vestidos y todo lo necesario para representar las obras. Después, ya instalados en La Plata, formaron parte de distintos elencos del Teatro Argentino y de otros teatros de la zona. En mi familia también había cantores y músicos, por lo tanto el tocadiscos siempre estaba encendido. Siempre había música. Yo escuchaba sobre todo la música beat de los 60, pero tenía que esperar que nadie estuviera usando el tocadiscos para poder poner lo que quería. Eso terminó siendo una gran escuela para conocer géneros muy diferentes: música clásica, ópera, folklore, música popular, tango, boleros y, cada tanto, aquella música juvenil que tanto me interesaba. En las fiestas familiares era el encargado de agarrar el combinado. A veces lográbamos tener dos combinados, de modo que cuando terminaba una canción ya estaba saliendo la otra. Así empezaron aquellos bailes familiares, sobre todo en las fiestas de fin de año, cuando se hacían los brindis con las mesas en las veredas y la familia se reunía a escuchar música. Incluso se bailaba en la calle.
—¿Eso fue antes de venir a Mendoza?
—Sí. Vine a Mendoza en 1972, siendo muy joven. Fue un desarraigo durísimo. Una de las cosas que tenía a mano era una radio Spika. Pasaba horas buscando, sobre todo de noche y hasta la madrugada, distintas emisoras. A veces por onda corta, otras por onda media o amplitud modulada. Incluso empecé a armar mi propia antena en el techo para conseguir mayor ganancia y llegué a escuchar emisiones transoceánicas.
—¿Y cuándo aparece concretamente el oficio de DJ?
—Mi primer paso fue en 1976, hace 50 años. Me invitaron como auxiliar del disc jockey que estaba en Sketch, en Chacras de Coria. Ahí uno aprendía desde limpiar el disco hasta escuchar, mirar y acompañar. En algún momento te decían: “Bueno, ahora poné estos temas. Antes de que termine esto tenés que hacer esto otro”. Y así empecé. Después vinieron sucesivos lugares. Poco a poco dejé de ser solamente el auxiliar y empecé a asumir otras tareas, hasta que llegaron desafíos más importantes. En 1984 me convocaron para la reinauguración del legendario Al Diablo.
—Hay una época que parece casi legendaria de las discotecas mendocinas. ¿Qué recordás de aquellos años?
—Al Diablo tuvo históricamente un prestigio y una calidad muy particulares. Ya desde los 70 habían pasado por allí artistas internacionales. Me han contado que estuvieron Los Plateros, Dionne Warwick, María Creuza y muchos más. Yo no estuve en aquellos primeros momentos, pero todo eso fue construyendo la historia de las primeras grandes boites de Mendoza. Después, en 1988, me invitaron a inaugurar Let's Go, en Chacras. Fue una apuesta muy poderosa para aquel momento.
—¿Cómo era el trabajo del disc jockey de aquella época?
Hay una diferencia entre el término DJ y disc jockey. El disc jockey era la persona que operaba con discos y tenía que trabajar con todos los soportes que existían en ese momento. Su tarea era elegir las mejores canciones para generar un momento placentero en quienes estaban en la pista. Tenía que elegir qué canción iba después de cuál y en qué momento era oportuno hacerlo. Y tenía que adaptarse a lo que estaba ocurriendo: la cantidad de público, el estado sociocultural y el contexto social. Era un trabajo absolutamente sensorial y perceptivo.
—¿Había que saber improvisar?
—Totalmente. El trabajo era minuto a minuto. Había que percibir cómo estaba el público, cómo empezar y cómo darle continuidad. Hoy la tecnología facilitó muchísimo las cosas. Antes había que movilizar baúles de música y todo el equipamiento. Hoy podés ir con una computadora, un controlador o incluso un pendrive. Pero eso no significa que una época haya sido mejor que otra. Son situaciones diferentes. Lo que sigue haciendo la diferencia es el buen gusto, la pasión y la obsesión por hacer lo mejor posible en cada momento. Y, fundamentalmente, la sensibilidad.
—¿Esa experiencia de haber vivido distintas épocas sigue teniendo valor?
—Muchísimo. Los que llevamos décadas trabajando no sabemos solamente qué canciones fueron exitosas. Sabemos cuáles fueron las canciones que movilizaron emocionalmente a nuestro mercado. Una canción pudo haber sido número uno en Estados Unidos o un éxito en cualquier rincón del planeta, pero la pregunta es: ¿qué pasó acá? Conocer la plaza y haberla vivido te da un valor agregado muy importante. La experiencia de haber vivido distintas décadas es fundamental. No se trata solamente del éxito de una canción, sino de qué pasó, cómo se vivió y qué significó para la gente.
—Hoy muchos DJs se presentan como artistas o productores. ¿Cómo ves esa transformación?
—Soy muy respetuoso y creo que tenemos que tener la misma consideración por quien ejecuta un instrumento, por una banda o por un solista. El error fue instalar una competencia entre músicos y DJs. El DJ no toca música: programa canciones, las elige, genera climas y atmósferas, y desata emociones. El músico crea canciones. Hoy se habla de muchos DJs como productores porque efectivamente producen. Y cuando se los llama artistas es porque hay una manifestación artística, sonora.
—El DJ pasó de estar en un rincón a convertirse muchas veces en la figura central de una fiesta.
—Sí. Durante mucho tiempo estuvo en un rincón. Con los años pasó a ser un actor importante y después directamente ocupó un rol central, con escenarios y toda una parafernalia tecnológica. Es quien va manejando emocionalmente a un grupo que lo está siguiendo. Los que vivimos décadas atrás a veces decíamos: “Nos equivocamos, nacimos demasiado temprano”, porque hoy muchos DJs son considerados casi rockstars. Y no está mal.
—¿Y qué lugar ocupaba la competencia entre DJs?
—En los 70 y los 80 éramos como una pequeña cofradía. Éramos pocos y algunos muy encumbrados. Para mí era difícil entrar porque era muy joven. Tuve la suerte de contar con el padrinazgo de algunos grandes referentes de aquella época, como Salvador Rincón, Iván de Sousa y Humberto Paz. De ellos aprendí muchísimo. Hace poco tuve la suerte de estar con Alejandro Pont Lezica, a quien conozco históricamente y con quien he compartido muchas veces.
—Con la inteligencia artificial. ¿Qué lugar queda para el factor humano?
—Creo que la tecnología puede ayudarnos en muchas tareas, pero la comunicación debe seguir siendo humana. Hasta ahora la tecnología no pudo reemplazar la espontaneidad, el cambio y las entrevistas que se hacen con inmediatez. Puede facilitarnos las comunicaciones a distancia, generar podcasts o entrevistas pactadas con alguien que está en otro continente, pero sigue existiendo una diferencia. La radio, justamente, tiene tres grandes virtudes: la máxima inmediatez, la credibilidad y el hecho de ser un medio gratuito. Hoy la radio también se transmite online, puede incorporar cámaras, hacer streaming e interactuar con las redes sociales. Ha sufrido muchos embates tecnológicos, pero sigue funcionando. Yo creo que debemos ser custodios de algo fundamental: somos seres humanos.
—¿Y cómo entra la radio en tu historia?
—Esta radio (Red 101) comenzó en 1988 y ya lleva 38 años ininterrumpidos en el aire. La FM surgió en un momento en que las nuevas tecnologías permitían hacer una transmisión con una inversión económica mucho menor que la que requería una estación de amplitud modulada. Además, tenía un rango dinámico de sonido muy superior. Eso permitió que las estaciones de frecuencia modulada fueran rápidamente aceptadas porque ofrecían una calidad de sonido que no era posible en AM.
—¿Tu experiencia como DJ tuvo que ver con el nacimiento de Red 101?
—Muchos de los que trabajamos como disc jockey terminamos vinculados con la radio porque existe una relación muy fuerte entre la música y la comunicación. La experiencia de todos estos años también está relacionada con saber qué música funciona, en qué momento y para qué público. Esa sensibilidad es parte del oficio.
—A lo largo de estos 50 años también inauguraste varios lugares.
—Sí. Después de Al Diablo y Let's Go vinieron otros lugares. Inauguré Disc Crazy, en San Martín; Kaulen, en el Valle de Uco, y otros espacios. Después hice una matiné en el centro de Mendoza que terminó teniendo doble turno los sábados, tarde y noche. Fue Factory, frente al Universitario Central. Fue una experiencia muy importante porque recuperamos y pusimos en valor un edificio que podría haber sido destruido. Y la última experiencia fue inaugurar mi propio negocio: Fórum, en la bodega Tomba, en Godoy Cruz.
—¿Hay alguna experiencia que recuerdes especialmente?
— En el año 2000, pasando al lado del Aconcagua, tuve una especie de epifanía en la que aparecieron en mi mente ideas, letras y palabras de agradecimiento. Eso terminó siendo el motor para crear un aviso institucional de Red 101 que fue elegido como mejor aviso de radio de la Argentina. El concepto era “Mendoza, tierra de milagros”. Porque en esta tierra han ocurrido muchos milagros: el milagro de la vida, el milagro de la epopeya sanmartiniana… Cuando veo un árbol o un alimento producido en Mendoza, veo que en el fondo hay mucho esfuerzo, mucho sacrificio de todos los que estaban y los que vinieron a esta tierra, y deberíamos reconsiderar que esos autóctonos y esos inmigrantes se rompieron el alma. Por eso creo que Mendoza es un lugar mágico.
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—¿Alguna comida que te guste mucho?
—Tengo un paladar bastante abierto. Me gusta disfrutar de todas las cosas que se hacen con cariño y con amor. Sobre todo cuando uno está cerca de la gente que la hace, o uno comparte, este, pasan esas cosas. Y aclaro que para mí el asado no es una comida, sino un deporte.
—¿Por qué?
—Es algo que hay que entrenar y estar, sobre todo con mis amigos, mis viejos amigos de rugby.
—¿Un lugar de Mendoza que elijas?
—Hay varios lugares que son icónicos para mí. Uno, el más importante: pasar por el Aconcagua para mí es emocionante, sea por tierra o por avión. Es algo memorable. También me emociona mucho el curso del río Uspallata, una emoción hermosa. Y otro lugar que me parece mágico es el Cerro de la Gloria. Fue el primer cerro que pude subir cuando vine a Mendoza y no me voy a olvidar nunca de la emoción de estar ahí.
—Siendo como sos un programador musical, ¿hay algún estilo de música que te guste más?
—Soy un degustador de paladar amplio y muy open mind. Me gustan todos los géneros musicales; trato de encontrar qué me atrae, qué siento cuando lo escucho. Tal vez lo que más me emociona son los mantras y todos los sonidos de onda espiritual. Me producen sensaciones que no sabría detallar en palabras.
— ¿Qué canción del folclore mendocino elegís?
—Hay muchas que son muy emotivas, por ejemplo “Virgen de la Carrodilla” me genera estados emocionales muy poderosos. Y todo lo que son, como le dicen, cuestiones telúricas, que son de la tierra.